00

1290 Palabras
Olivia Cada vez que era llevada por mi abuelo al ático de mi casa sabía con anterioridad en qué terminaría eso y sinceramente no es algo que me gustara, de hecho lo odiaba. Una vez más mi abuelo me tomó de la mano y le dijo a todo el mundo que me llevaría a comprar golosinas, porque era mi fiesta de cumpleaños. Estaba cumpliendo siete años aquel día. Llegaron a mi casa unas compañeras de curso para festejar conmigo y apenas ellas se fueron mi abuelo tomó la oportunidad y me llevó al oscuro ático, una vez más. Yo siempre había sido una niña muy inteligente y astuta y por lo mismo entendía que eso estaba mal, que mi abuelo me hacía cosas feas, que a los niños no había que hacerle. Mamá me recordaba siempre que no debía dejar que nadie tocara mi cuerpo, que nadie tenía el derecho de tocar mis partes íntimas, pero mi abuelo siempre decía que no era nada malo lo que él me hacía, que todo estaba bien y yo no sabía que creer. Lo único que podía hacer era llorar y rogar porque el momento tuviera fin. —Es un juego, Ollie —decía él con una sonrisa siniestra, mientras me subía a una mesa llena de polvo que estaba guardada en el ático por años y me dejaba sentada ahí. Recuerdo cómo, sin poder evitarlo, comenzaba a llorar en el mismo instante en que sus manos atacaban mi cuerpo. Tenía mucho miedo de él, sentía terror por lo que me quería hacer. Todo empeoró cuando aquel día me sacó la polera por encima de la cabeza y me observó con adoración. Nunca olvidaré como sus ojos brillaron ante mí, con deseo. Era un cazador y yo era su presa. En ese momento cerré los ojos con fuerza, rogándole a Dios que eso se acabara para siempre y que nunca más tuviera que vivir esa misma situación. Un horrible sentimiento comenzó a nacer en mí ese día, una oleada de odio se alojó en mi corazón. Ese hombre que decía ser mi familia me hacía daño cada vez que podía y lo pero era ver que disfrutaba tanto con mi dolor. Aquel día yo cumplí siete años, pero también cumplía meses de sufrir en manos de mi abuelo. (...) Al día siguiente desperté adolorida, me dolía cada parte del cuerpo y tenía leves flashbacks de mi abuelo haciendo cosas malas conmigo el día anterior. Recuerdo claramente que días antes él me había dicho que nadie quería a las niñas soplonas y lloronas, que todo lo que él me hacía era por amor y que por eso no debía decirle a nadie de lo que ambos hacíamos. No pude evitar toda la conmoción y comencé a llorar con profunda tristeza, estaba muy confundida y solo quería estar refugiada en los brazos de mi mamá. —¡Mamá! —grité fuerte. Ella apareció en mi habitación y se me acercó con preocupación marcada en el rostro. Mamá tiró de mí y me rodeó con sus brazos, con una enorme fuerza. Por un momento me sentí protegida, pero luego todo se derrumbó cuando me observó con tristeza y dijo: —Otra vez tuviste pesadillas, cariño. Me quedé en silencio, poniendo en tela de juicio lo que ella decía y cuestionándome todo lo que vivía cada vez que mi abuelo me tocaba con sus enormes manos. ¿Lo que mi abuelo me hacía era producto de un mal sueño?, ¿No era real? —¿Fue un sueño? —pregunté con la esperanza de que sí sea así y que todo haya sido producto de una pesadilla. —Sí cariño, lo fue —mamá acarició con dulzura mi cabello y luego dejó un beso sobre mi frente. Se alejó de mí y tomó mi mochila—. Vamos, hay que ir al colegio. Mamá comenzó a guardar mis materiales escolares en la mochila y yo me quedé estática mirando todo lo que ella hacía. Aún estaba confundida con todo lo que había sucedido el día anterior y esperaba que como decía mami, solo haya sido una pesadilla. En pocos minutos mamá me ayudó a vestirme con el uniforme del colegio y noté como en sus ojos se coló la preocupación al ver un moretón en una de mis piernas, pero no dijo nada. El silencio continuó ese día y también por muchos años más. (…) Recuerdo muy bien aquel día en que suspendieron las actividades escolares en mi escuela y mamá debía trabajar, por lo que me llevó hasta la casa de mi abuelo, para que él me cuidara. Papá no existía en mi vida, por lo que mi única figura paterna era aquel hombre que tanto daño me provocaba día a día. Recuerdo aquel día a la perfección, por más que intente borrarlo de mi memoria. Mi abuelo me llevó hasta la habitación que en algún momento solía compartir con mi abuelita, quien había fallecido hace un par de años atrás, y estando ahí me miró directo a los ojos, indicándome que me quite la ropa. Comencé a llorar de inmediato, me tiré al suelo y recuerdo haber gritado hasta que la garganta me dolió por el esfuerzo ejercido. —¡Tú no me amas! —repliqué con fuerza. Llevé ambas manos a mi rostro, secando mis lágrimas. Sentí como mi abuelo se acercó a mí y me tomó con fuerza de un brazo, obligándome a levantar mi cuerpo del suelo. —Ollie, las niñas malas no se van al cielo —reprochó con fastidio. Lo miré al rostro y me sentí demasiado débil y expuesta frente a él—. Yo sí te amo, tanto así que esto que hacemos nos unirá de por vida. Es amor puro, Ollie. Sentí pánico y solo rogaba que esa pesadilla acabara, porque después de todo esto no era más que un mal sueño, como decía mi madre. —Eres una pesadilla —solté en voz alta, intentando convencerme de aquello. De pronto sucedió algo imprevisto, mi abuelo cayó al suelo, a mi lado. Lo vi moverse con desenfreno, como si estuviese temblando y llevó una mano a su pecho, mientras se retorcía en el suelo de la habitación. Su rostro estaba contraído y se notaba de lejos que estaba sufriendo. Años después lo entendí, ese día mi abuelo sufrió un infarto al corazón frente a mis ojos. Los doctores dijeron que se podría haber salvado si es que hubiese llegado al hospital a tiempo, pero nada lo aseguraba. En ese momento, cuando me di cuenta que algo estaba mal y llamé a urgencias, ya era muy tarde. Él estaba muerto frente a mis ojos y yo no podía hacer nada. Por un momento creí que ese día marcaba el comienzo de una nueva vida para mí, que la sombra de mi abuelo no me perseguiría más, pero no fue así. Toda mi vida estuvo marcada por su presencia, por su recuerdo. Es como si su rostro se hubiera tallado por siempre en mis retinas. El daño que provocó en mi caló tan profundo que día a día lo veía en mis sueños, incluso cuando estaba despierta podía recordar todo lo que me hacía. Vivía entre sueños oscuros, pesadillas en realidad, donde una y otra vez él me tocaba y obligaba a tocar sus parte íntimas, donde se aprovechaba de mí y me decía que eso estaba bien. Mi abuelo fue mi peor castigo en la vida y nada podrá hacerme cambiar de parecer. ADVERTENCIA: ESTE LIBRO CONTINE ESCENAS DE CONTENIDO CALIFICADO COMO +18. NO APTO PARA PERSONAS SENSIBLES. ACLARAR QUE ES SOLO FICCIÓN Y QUE NO BUSCO PROMOVER NADA DE LO QUE LEERÁN AQUI.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR