Me senté con las piernas cruzadas en una silla, sintiéndome como una gimnasta. Era algo exagerado, lo sé, pero era algo que no podía remediar. Uno de mis arrepentimientos era no haber ido de pequeña a clases de ballet. Cualquier postura, hecha por una bailarina, era más grácil. Pensaba que al sentarme a la manera india, yo poseía algo de esa gracia y para mí era más que suficiente. Tenía ganas de apuntarme a yoga. Era lo más cercano a poder ser grácil como la bailarina que podía haber sido. Abrí mi chocolatina como una gorda en una chocolatería. Con G casi nunca hacíamos una comida normal. Éramos un poquito disfuncionales. Mientras que yo escribía como una posesa, él mandaba correos electrónicos y leía muchos documentos que recibía cada mañana en algún sitio de la ciudad donde él los tení

