Entramos en su apartamento, también conocido como mi segunda casa. Literalmente. Se notaba que la decoradora de aquel sitio había sido yo. Mi esencia era palpable desde cada libro elegido cuidadosamente en la librería, en cada cuadro colgado en todas las paredes. Incluso el ambientador era el mismo que el mío. Yo había construido aquel sitio y por eso siempre lo cuidaba tanto, aunque Rob fuese un patán vago. Fui directa a la cocina. Lo bueno de las confianzas es que puedes hacer lo que te da la gana cuando te da la gana. Abrí el frigorífico de par en par y saqué la leche. Arrugué los labios intentando descifrar la razón por la que de repente la leche semi desnatada se había convertido en leche de soja. No era muy quejica. Me daba igual qué leche tomar, pero el no era como yo. ¿Habría más

