Despertarse con un dolor punzante en la mejilla no es el mejor despertador del mundo, eso se los aseguro. Prefiero mil veces el pitido incesante de mi móvil. La mejilla me ardía y la sentía caliente, tanto por dentro de mi boca como por fuera. La cabeza me latía con un dolor imposible, de esos cuadrados que marean. El costado me molestaba al respirar, como si me hubiesen golpeado allí. Casi seguramente se me estaba formando un moratón del tamaño del Cañón de Colorado allí. Cuando finalmente abrí los ojos, que me pesaban como dos puertas blindadas de banco, vi a mi alrededor un variopinto grupo de personas. En realidad eran 4. Dos de ellos eran más jóvenes, de entre 26 años y 30 más o menos. Uno de ellos tenía pinta de agradable, pero en aquella habitación de hormigón gris no podía confiar

