No quiero ir a Italia, no quiero huir como si tuviera que ver en lo que sea que ha causado este revuelo. Aleksander al ver que sigo estática, me empuja por atrás, ordenando que camine rápido hasta el exterior donde abordaremos el auto. No tengo opción, sigo caminando. A través de mi torrente sanguíneo se desplaza una sobredosis de adrenalina. Me siento en una persecución, pero no hay un bueno, todos son malos que van contra sí. Me pregunto si estaremos a salvo, que Aleksander vea tanto por el retrovisor me alerta, me pone los vellos de punta. A ciencia cierta nada es seguro, conduce tan rápido que temo ocurra un accidente. Cierro los ojos, le pido al cielo que lo fatídico no pase. —¡¿Por qué iremos a Italia?! —exclamo sollozando. Ni siquiera disminuye la velocidad en la curvas. El co

