CAPITULO *1*
**ALESSIA**
El silencio de la Villa Castelli no era paz; era el sonido fúnebre de un imperio que se desmoronaba. Caminé por el gran salón, donde antes las risas y el tintineo de las copas de cristal llenaban el aire, pero ahora solo quedaba el rastro del polvo sobre el mármol despojado. Habían confiscado todo: las pinturas renacentistas, los muebles de herencia, incluso la dignidad que mi padre había portado como una corona durante décadas.
“Es irónico cómo el mármol se siente mucho más frío cuando no tienes un centavo para pagar la calefacción”, reflexioné, abrazándome a mí misma mientras observaba la lluvia golpear con furia los ventanales que daban al lago de Como.
Mi padre estaba en una habitación de hospital, custodiado por hombres que esperaban el momento exacto para llevarlo a una celda de la que nunca saldría con vida. El fraude del que lo acusaban era un laberinto sin salida, una trampa perfecta tejida por alguien con mucha paciencia y un odio visceral.
Un rugido potente interrumpió mis lamentos. Los faros de un vehículo de alta gama barrieron la oscuridad del jardín, iluminando las estatuas decapitadas por el abandono. No era un coche de la policía. Era algo mucho más peligroso.
Escuché el sonido de la puerta principal abrirse. El intruso no llamó; entró con la confianza de quien posee las llaves del infierno. Los pasos, lentos y pesados, resonaron en el vestíbulo, acercándose a mi posición con una parsimonia que me erizó el vello de la nuca.
—Deberías haberte marchado con el servicio, Alessia. Quedarse a ver las cenizas de un incendio es una forma innecesaria de m********o —sentenció una voz profunda, cuyo timbre me produjo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
Me tensé al instante. No necesitaba girarme para saber quién estaba detrás de mí. Ese aroma a sándalo, tabaco caro y poder absoluto solo le pertenecía a un hombre.
—Esta sigue siendo mi casa, Dante Cavalli. No recuerdo haberte invitado a entrar —le espeté, tratando de que mi voz no temblara, aunque por dentro mis cimientos se sacudían.
“Miente, Alessia. Sabes perfectamente que él es el dueño de cada centímetro que pisas”, me recriminé en silencio, sintiendo el calor de su presencia acortando la distancia entre nosotros.
Dante se detuvo justo a mi espalda. Podía sentir su respiración cerca de mi oído, un recordatorio constante de que, para él, la distancia personal era un concepto que no existía cuando se trataba de mí.
—Te equivocas en dos cosas, piccola. La primera: Esta propiedad dejó de ser tuya en el momento en que compré la última de tus deudas esta mañana. La segunda… —hizo una pausa deliberada, y pude jurar que estaba disfrutando de mi miedo—. Yo no necesito invitaciones para reclamar lo que me pertenece.
Me obligué a girarme, enfrentando la tempestad que emanaba de su figura impecable. Dante vestía un traje oscuro que parecía absorber la escasa luz de la estancia, una armadura de sastre que ocultaba al animal salvaje que yo sabía que vivía bajo su piel. Sus ojos grises, del color del acero templado, me recorrieron con una lentitud que me hizo sentir vulnerable, a pesar del abrigo que me protegía del frío.
—No soy una mercancía que puedas adquirir con tus millones, Dante —le recordé, apretando los puños para ocultar el temblor de mis manos.
“Dilo con firmeza, aunque sea una mentira piadosa. No permitas que note cómo se me parte el alma ante su escrutinio”, me insté a mí misma, clavando mis pupilas en las suyas con un desafío que apenas lograba sostener.
Él soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que rebotó en las paredes desnudas de la mansión. Dio un paso más, invadiendo mi espacio vital hasta que el aroma a lluvia y a su loción embriagadora inundó mis sentidos. Extendió una mano y, con una delicadeza que resultaba insultante, apartó un mechón de cabello de mi rostro. Su tacto fue como una descarga eléctrica sobre mi piel gélida.
—Todo en este mundo tiene un precio, Alessia. El problema de los Castelli es que siempre creyeron que estaban por encima de la factura —comentó con una voz aterciopelada que escondía una amenaza letal—. Tu padre no solo debe dinero; debe vidas. Malversación, fraude, lavado de activos… La lista es tan extensa como la sombra que voy a proyectar sobre ti a partir de este instante.
Un nudo de angustia se instaló en mi garganta, dificultándome el habla. Sabía que la situación era crítica, pero escucharlo de sus labios lo hacía real, tangible y destructivo.
—¿Qué es lo que buscas realmente? Si ya posees la villa y las corporaciones, ¿por qué estás aquí atormentándome? —le inquirí, retrocediendo hasta que mi espalda chocó con una columna de piedra pulida.
“Él no busca justicia, busca una compensación que los tribunales no pueden otorgarle. Desea cobrar una deuda que no aparece en los libros de contabilidad”, comprendí al observar el destello de posesión absoluta en su mirada depredadora.