Adrien
Normalmente, acostumbraba a quedarme después de clase. La mayoría de las veces, alguno de mis alumnos venía con alguna pregunta o aclaración sobre lo aprendido ese día, pero aquella vez ni siquiera me despedí de ellos. Es más, creo que fue la clase más corta hasta la fecha.
Salí atropelladamente del recinto y encargué el cierre de la escuela al vigilante de la entrada. La clase de hoy había sido un completo desastre y la culpa había sido solo mía, por estar con la cabeza puesta en una cría que estaba metida en mi casa.
No podía mentir, no me fiaba de ella. Y no era por el hecho de tomarla por alguna ladrona, sino porque viendo su comportamiento, la condenada era capaz de escapar de la casa con el pie herido. La idea de que alguien pudiera verla salir de allí me estaba matando, y como nos descubrieran, la cosa se pondría muy fea para los dos.
Confiaba en que al menos los empleados que vigilaban la mansión la detuvieran.
Aparqué mi coche en el recinto reservado únicamente para los residentes del barrio y caminé hacia la entrada de mi casa. No tuve que dar más de un toque para que mi ama de llaves me abriera y lo hizo antes de darme tiempo a dar el segundo.
—Señor Agreste, ha llegado temprano hoy—dijo, con una espléndida sonrisa.
—¿La has visto salir?—pregunté, mirándola fijamente a los ojos. No me andaría con rodeos—A la chica. La dejé reposando en el salón de entrenamiento.
—Que yo sepa no ha pasado por aquí—dijo mi empleada, llevándose una mano al mentón, dubitativa.—Ni siquiera la he visto bajar por las escaleras.
Fruncí el ceño y sin esperar más respuesta, subí los escalones de dos en dos, encaminándome hacia la sala de entrenamiento.
«Al menos mis advertencias han servido de algo»
O al menos eso creí, porque cuando irrumpí en la estancia, la silla donde debía estar, estaba completamente vacía, al lado de la toalla que había enrollado alrededor de su tobillo.
—No me jodas—maldije para mis adentros, esforzándome por no buscarla a voces por toda la casa.
Recorrí la estancia con la mirada, buscándola por todas partes.
La empleada no la había visto salir, así que tenía que estar por aquí cerca y la muy cabezota estaría rondando con el pie mal.
Me eché mi cabello hacia atrás , resoplé por lo bajo y caminé con decisión a la habitación donde solía dejar el uniforme. Iba a encontrarla y entonces esa niñata me iba a escuchar.
Llevé una de mis manos al picaporte y sin el menor reparo, abrí la puerta irrumpiendo en la habitación.
Entonces, mis ojos se encontraron con unos azules abiertos de par en par y cuando bajaron la mirada, se encontraron con una figura casi desnuda por completo.
Un cuerpo níveo y de piel perfectamente esculpida.
Mis pies se quedaron pegados al suelo y por un momento creí que no sería capaz de apartar la mirada de la mujer que tenía delante de mis narices.
Marinette
Me mordí el labio inferior y sacando todas y cada una de mis fuerzas, me puse en pie, sosteniéndome en una sola pierna.
—Ya verás Agreste—murmuré para mis adentros.—Vas a ver de lo que esta niña es capaz.
Intenté apoyar el pie en el suelo y pronto, un dolor agudo surcó mi tobillo.
—Vale—me dije a mí misma.—No tengo por qué ir andando.
Con cuidado, me agaché poco a poco hasta quedar de rodillas y desde allí fui arrastrándome y gateando hasta la otra punta de la habitación, allí donde estaba mi vestido.
No podía estar una hora entera allí parada sin hacer nada. El cochero estaba esperándome, ¿qué excusa iba a inventarme si desaparecía de repente? No, no iba a arriesgarme a perder la confianza de mi tía, o al menos a perderla más de lo que ya estaba.
Y sinceramente, prefería una regañina de Adrien antes que una de mi tía, sobre todo porque Adrien jamás me levantaría la mano.
Esbocé una mueca de dolor y haciendo fuerza con los brazos, me arrastré poco a poco hacia la habitación donde estaba mi vestido.
El plan era sencillo: llegaba a la habitación, me quitaba el uniforme de esgrima, me ponía mi vestido y me largaría de allí pitando—o al menos, lo intentaría—, la última parte aún tenía algunas lagunas, pero suponía que ya se me iría ocurriendo con la marcha.
Jamás había pensado que la maldita sala de entrenamiento fuese tan grande, porque a mi parecer, desde el suelo así lo parecía. No tenía ni idea de cuando tiempo llevaba arrastrándome por el suelo como una lagartija, pero a mi parecer fueron horas y horas. Cuando llegué a la puerta, me mordí el labio inferior y agarrándome al picaporte logré abrirla. Entré en ella de la misma forma que había utilizado para llegar hasta ella y utilicé la cama que había en medio para ponerme en pie.
—¡Al fin!—exclamé victoriosa, sentándome en la acolchada tela de la cama.
Me quité la parte de arriba del uniforme y la lancé por ahí sin miramiento al alguno. Esa había sido la parte sencilla, porque lo peor estaba por llegar, ¿cómo iba a quitarme los pantalones con el tobillo hinchado?
Miré mis piernas dubitativa y respiré hondo.
Daba igual si dolía un poco, tenía que soportarlo. Además, no podría llegar a casa gateando, ni mucho menos plantarme delante de mi tía arrastrada por los suelos.
Volví a ponerme en pie, sosteniendo todo mi peso sobre mi pierna derecha.
Parecía un pato mareado, haciendo equilibrismos y aventando los brazos de un lado a otro para no caerme. Estuve a punto de dejarme las narices en el suelo, y gracias a Dios estaba la cama para servirme de soporte.
Me saqué los pantalones a duras penas, bajándolos con dificultad y luego de una patada los tiré al suelo.
Nunca había tardado tanto en desvestirme, pero también debía decir que nunca me había alegrado tanto en conseguirlo.
Mi vestido estaba sobre el respaldo de una silla y para mi mala suerte justo al otro lado del cuarto.
—¿Es enserio? ¿En qué momento se me ocurrió dejarlo ahí?
Apoyándome en la cama y saltando a la pata coja fui hasta a silla. Sí, era un poco lamentable ir a saltos, desnuda a por un maldito vestido, pero aquello era cuestión de supervivencia.
—Venga...—gruñí cuando veía que me quedaba poco para alcanzarlo.—Solo un poco más...
Extendí mi brazo y logré agarrar el vestido, tambaleándome ligeramente.
—¡Et voilá!
De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe y mis ojos se encontraron con unos esmeraldas que se quedaron fijos en mi rostro.
Todo mi cuerpo se paralizó al instante y lo único que pude hacer fue agarrar con fuerza el vestido, incrustando mis manos en la tupida tela. Su rostro estaba perplejo, con una mezcla de confusión, angustia y enfado, pero... cuando sus ojos bajaron para posar en mi cuerpo su mirada se oscureció.
Mis ojos siguieron los suyos y fue entonces cuando caí en la cuenta de que prácticamente estaba desnuda con tan solo una fina tela que cubría mi entrepierna.
«Vaya»
Agarré el vestido más fuerte y por instinto oculté mi pecho con las mejillas tan roja como dos tomates. Y entonces, Adrien se echó hacia atrás y sin decir nada cerró la puerta con fuerza, haciendo retumbar la habitación entera.
Sentía que las piernas me temblaban y por un momento creí morirme de la vergüenza.
«¿Qué demonios acababa de pasar?»
¿Qué hacía aquí? ¿No se suponía que estaba dando clases de esgrima? ¿En qué momento apareció? ¿Y cómo es que había tardado una hora entera en quitarme un maldito uniforme?
Como sea, Adrien me había visto desnuda... ¿Cómo iba a mirarlo a la cara?
—Creí haberle dicho que se quedara sentada—me regañó al otro lado de la puerta.—Solo tenía que hacer una cosa y ni eso ha sido capaz de hacer.
«¿Qué?El tipo acababa de verme desnuda y se ponía a recriminarme, ¡qué cara dura!»
—¡Y yo creí haberle dicho que no pensaba quedarme de brazos cruzados!—reproché a voces, aguantando las ganas de aporrear la puerta. En lugar de eso, colé mi vestido por mi cabeza y me lo coloqué con torpeza.—¡No iba a esperar sin hacer nada, odio esperar!
—Se lo advertí, se lo dije de buenas formas para sonar convincente, pero al parecer ni eso sirve con usted
—¡Oh! ¡Qué bien! ¡Me encanta su actitud, va de hombre caballeroso y educado y luego no duda en entrar a una habitación cerrada donde una "señorita" se está cambiando—espeté de malas formas.
Escuché una risotada vacilante al otro lado de la puerta, lo que me hizo sentir un escalofrío.
—A ver, bonita—dijo, preparándose para quedar por encima de mí.—Lo primero de todo, ésta es mi casa y puedo pasar a las habitaciones que me de la gana. Lo segundo, se suponía que tendrías que estar sentada en esa silla, calladita y esperándome. Y tercero, no soy adivino como para saber que te estabas cambiando.
Vale, cuando era educado era muy frío, pero cuando se dejaba de cordialidades y sacaba las garras, daba mucho miedo.
Y sí, él tenía razón y odiaba con todas mis fuerzas que fuese así. Él me había ayudado con el tobillo y quería asegurarse de mi recuperación y yo... simplemente actué como una niña malcriada que pretendía escaparse de su casa con un pie más hinchado en un pez globo.
Odiaba perder y sobre todo odiaba sentirme una fracasada y eso era cómo me sentía en aquellos momentos, pero lo que no le daba derecho era hablarme de esa forma mucho menos después de haberme pillado desvestida.
Maldije en voz alta, furiosa por la situación, furiosa por mi maldito pie y furiosa con aquel maldito vestido que no era capaz de abrocharse ni a guantazos. Gruñí varias veces haciendo todo tipo de malabares con mis manos para lograrlo, una tarea muy difícil si las tenía heridas y vendadas.
Odiaba mi vida, me odiaba a mí misma y odiaba al hombre que estaba al otro lado de la puerta, haciéndose el listillo conmigo.
—Pues con todos mis respetos, profesor Agreste: ¡váyase a freír espárragos!—le recriminé, sabiendo que así solo lograba actuar como la niña pequeña por la que él me tomaba.
—Pues con todos mis respetos, señorita: se acabaron las clases de esgrima—dijo, imitando mi mismo tono de voz.—Búsquese a otro que aguante sus tonterías.
Hice un puchero con mis labios enojada, odiando el no saber que más decir, así que la habitación quedó en silencio por varios segundos.
«Se acabaron las clases»
Un nudo se cernió sobre mi corazón y por un momento creí caerme de bruces contra el suelo.
«¿De verdad me iba a dejar sin clases? ¿Iba a volver al principio de todo?»
Si dejo las clases, terminaré por ser la mujer que todos quieren que sea. Una buena para nada, excepto para hacer bebes y esperar sentadas a que nos den todo solucionado.
Las lágrimas comenzaron a agolparse sobre mis ojos y por un momento tuve la necesidad de hacerme pequeña hasta desaparecer. Era una fracasada que no valía para nada. No llevaba ni cinco clases de esgrima y ya me había torcido el pie.
Ni siquiera era capaz de abrocharme un maldito vestido sin la ayuda de mis empleados y en aquellos momentos no podía salir de aquella casa sin ayuda de alguien.
Con la dignidad por los suelos y el orgullo bajo tierra, me atreví a abrir la puerta, asomando mi cabeza con ojos brillantes por las lágrimas.
Adrien estaba apoyado contra la puerta, en silencio con la mirada fija en un punto de la pared de enfrente. En cuanto me vio asomada, giró su rostro y me miró con una expresión que no supe descifrar.
—¿P-Podría... Ayudarme con el vestido?— pregunté tímidamente a pesar de que acabábamos de discutir como un par de niños.
¿Era en serio? Eres simplemente "increíble" Marinette.
Él continuó mirándome, aún con la molestia reflejada en sus rasgos y sorprendido quizás por mis cambios de humor, de seguro tratando de descifrar si era bipolar a o algo por el estilo, sea lo que sea que estaba pensando, sirvió para que me ayudara con mi problema de cerrar la cremallera del vestido. Demasiado simple para que alguien lo hiciera por su propia cuenta, si claro, simple para quien no tuviera algo parecido a un tumor en el pie.
Adrien suspiró y sin decir ni una palabra asintió. Me hizo una señal con la mano indicándome que me acercara a él.
Con toda la delicadeza y tiempo del mundo, Adrien se colocó detrás de mi y cedió a mi pedido de cerrar el cierre del vestido para no estar más incómoda de lo que había estado minutos atrás cuando me vio desnuda. ¡Dios, que vergüenza!
Con las mejillas aún más rojas que el fuego avivado de la chimenea, le agradecí su ayuda y sin decir nada más, fui a saltos hasta las grandes escaleras, o al menos eso intenté. Apreté los dientes con fuerza tratando de tragarme el quejido de dolor.
—¿Necesita de ayuda, "señorita"? —preguntó con sorna mientras yo seguía con mi misión de llegar hasta el umbral de las escaleras sin irme de bruces contra el suelo.
Quería negarme, en serio estaba tentada a declinar la oferta, pero la punzada de dolor que sentí en mi pie me hizo pegarme una cachetada mental y tragarme mi orgullo.
Miré la inmensidad de las grandes escaleras y por un momento me imaginé a mí misma rodando cabeza abajo por ahí.
Esbocé una mueca y negué varias veces, eliminando aquella horrible imagen de mi mente.
Asentí.
—Se lo agradezco —mascullé con mi cabello n***o ocultando mis ojos de la mirada del hombre que en ese instante me agarró de la cintura y del hombro para ayudarme a caminar hasta las escaleras y lograr salir de allí de una buena vez.
Llevábamos solo tres minutos caminando sin decir ni una sola palabra, y el silencio que se prolongaba era demasiado abrumador para mi gusto. Al parecer él también lo notó y decidió hacer algo al respecto para cortar ese silencio.
—¿Siempre es tan impulsiva con sus acciones? —preguntó con seriedad y una voz más fría que el mismo hielo.
—Si ser impulsiva es no querer que la traten como a una completa inútil... si lo soy y con orgullo — debatí con la misma voz firme que él utilizaba para recalcar mis errores en las clases de esgrima.
Una pequeña risa cruda broto de su garganta antes de retomar la conversación.
—Hay una gran diferencia entre actuar como una persona independiente y actuar como una persona que se cree independiente. Te comportas como una niña —me recalcó para luego callarse con esa sonrisa de "Siempre tengo la razón".
—Ahora ya no me trata de "Usted"—le reproché con molestia caminando a la par de este — ?que le hizo creer que podía tomarse esas libertades conmigo Señor Agreste? creí que solo podía hablarme de "Tú" en las clases.
—Supuse que no estaría mal usar el "Tú" para decirle a la "Señorita" que tengo a mi lado, que deje de actuar como una niña malcriada — mascullo de repente apretando mi cintura con más fuerza de la necesaria.—Y ya dije que no me llame Señor, no soy un viejo, ¿vale? Tengo veinticinco años.
—¡Ay! ¡Eso me duele!— me quejé golpeándole el hombro para que dejara de apretar esa parte de mi cuerpo con brusquedad.
El soltó una risotada.
—¿Lo ves? Acabamos de hablar del tema y aún no actúas como tal —me replicó con ese ire burlón.
Retuve el aire en mis mejillas tal como lo haría una ardilla guardando sus nueces, para evitar soltar una palabrota no muy digna de una dama.
—Usted no tiene derecho a decirme como debo o no actuar, ¿No cree que tengo suficiente con mi tía? — inquirí tratando de no ver su rostro.
—Tengo todo el derecho del mundo linda, por si tu memoria te esta fallando, soy tu profesor de esgrima — me dijo como si fuera lo más obvio del mundo.
—En este momento no estamos en el salón de clases, y en este momento no es mi profesor, solo es el Señor Agreste, no tiene ningún poder sobre mi —le contradije orgullosa de encontrar una excusa para que dejara de meterse en mi vida.
—Lo quiera o no, sigo siendo mayor que usted, así que le suplicaría algo de respeto hacia sus mayores — murmuró casi imperceptible — es lo único que le exijo. ¿O es mucho pedir?
Quedé sin habla unos momentos, a pesar de que quería soltarle todo mi repertorio de insultos que había creado exclusivamente para mi tía y para esa zorra de Lila, debía aceptar que tenía razón, y yo no... como siempre.
A veces me preguntaba a mi misma si es que algún día podría actuar como mi tía quería que actuara, pero... a mi mente llegaban imágenes de chicas hablando sobre sus novios, maquilladas hasta quedar irreconocibles, actuar como dama en apuro al ver a un insignificante insecto, ser débil ante el género masculino... ¡No! Todo eso me molestaba, quería ser diferente a todo eso, saber que podría hacer notar que valemos mucho más que ser un simple adorno de compañía.
Y lo estaba logrando... ser como soy ahora, me había abierto las puertas para lograr entrar a esta clase de esgrima... si mi verdadero ser había logrado algo como eso, entonces aún existía una oportunidad de hacerme notar.
—No debe ser tan esquiva todo el tiempo ¿Sabe? — soltó Adrien de pronto ante el silencio que se había formulado.—cuando la vi por primera vez en mi clase de esgrima por un momento pensé que le faltaba un tornillo, eso debo aceptarlo —estaba ofendida, si. Pero me había dado cuenta que había empezado a hablarme de "Usted" nuevamente. Clara señal de que quería que estuviéramos en paz — pero, si lo que quería era que piense que usted es la chica más valiente al hacerse pasar por un alumno de esgrima y que nadie haya logrado darse cuenta, déjeme decirle que... lo ha logrado, y sinceramente, no creo que otra chica tenga las agallas de hacer lo mismo — el timbre de su voz era serio como el de siempre, pero sus palabras estaban cargadas de comprensión.
Me quedé callada durante varios segundos, asimilando sus palabras.
«¿Eso quería decir que estaba de acuerdo conmigo y mi comportamiento?»
Mis mejillas estaban rojas y no sabía si aún seguían así por lo ocurrido antes o por sus palabras.
—Entonces... ¿Ya no va a querer enseñarme esgrima?—musité avergonzada.
En lugar de responderme, me cogió en volandas, pillándome completamente desprevenida. Solté un pequeño sonido de sorpresa y me agarré a su cuello por instinto.
—¡Oye! ¿Qué está haciendo?—le pregunté, frunciendo el ceño.
—Hay que bajar las escaleras—dijo, como si fuese obvio.—Y ya me estaba cansando de seguir su paso. Es demasiado lenta.
—¡Oh! Pues ¿qué le parece? Si quiere me pongo a correr una maratón a la pata coja—ironicé, intentando no mirar hacia el frente. La inmensidad de su escalera de mármol daba mucho vértigo.—No me ha respondido a mi primera pregunta.—añadí, mirando su rostro.
Él se limitó a clavar sus ojos al techo, cómo si fingiera pensarlo.
—Tengo que pensármelo—dijo simplemente.
—¡Oh, venga!—insistí, removiéndome entre sus brazos y zarandeando sus hombros.—¡No tiene ningún derecho a cancelarlas! ¡No he hecho nada malo!
—No...—soltó una risotada irónica.—Solo me ha mandado a freír espárragos.
—Estaba enfadada—me excusé.
—¿Por qué? ¿Por qué la he pillado cambiándose?—preguntó, haciéndose el idiota.
—¡Pues sí! Si quiere le aplaudo—le espeté.—Por eso y por haberme dejado sentada en una silla sin nada que hacer.
—En ese caso perdóneme, princesa—ironizó, rodando los ojos.—Perdóneme por preocuparme por su salud.
Cuando llegamos al pie de las escaleras, él continuó caminando hasta la puerta principal. Al parecer no le importaba demasiado llevarme en brazos durante toda la casa.
—Llego en seguida—le indicó al ama de llaves, que nos abrió la puerta para permitirnos el paso.
La mujer respondió con un simple asentimiento y se limitó a volver a cerrarla.
Adrien me llevó por todo el recinto hasta su coche. Allí fue cuando me dejó en el suelo con cuidado, aún sosteniéndome de la cintura para no caerme. Abrió la puerta del coche y me ayudó a meterme dentro.
—¿Qué va a hacer?—le pregunté viendo como cerraba la puerta de mi lado y caminaba hacia la puerta del copiloto.
—Llevarla a casa—dijo en cuando se sentó a mi lado. Encendió el trasto y en seguida se escuchó el motor.—¿Tiene algún problema con eso también?
Lo fulminé con la mirada y me crucé de brazos molesta, prestando mi atención al cristal de delante.
—No—musité a regañadientes mientras él pisaba el pedal para emprender la marcha.
No podía rebatirle algo así, porque no tenía otra forma de volver a casa.
Lo peor vendría a continuación. Ya podía imaginarme a mi tía, corriendo de un lugar a otro y el cochero con las manos vacías.
Me esperaba su reacción al verme: una buena bofetada en toda la cara, cómo siempre hacía.
¿Y yo? ¿Qué diría para excusarme? ¿Qué vengo de clases de esgrima?
Me mordí las uñas con nerviosismo y fijé la mirada en las personas que pasaban por la calle.
Y para colmo éste maldito pie que no me deja caminar bien, y eso si era una buena faena, porque me limita las excusas que podría sonar medianamente confiables.
—¿Ocurre algo?—preguntó Adrien a mi lado.
Estaba con la mirada clavada en la calle pero aún así parecía tener cierto sentido para oler problemas.
—Temo por la reacción de mi tía—murmuré cabizbaja.
No perdía nada en contarle todo, de todas formas, él no pintaba nada en mis asuntos familiares.
—Esta mañana me soltó uno de esos discursitos sobre decir donde a donde voy y de donde vengo, obviamente no le digo nada de esto, pero...Normalmente suelo quedar con el cochero a una determinada hora y me temo que... ya debió haberse ido hace rato. No creo que ella se tome bien que haya regresado sin mí.
Suspiré, encogiéndome sobre mí misma.
—Cuando me vea aparecer con un tobillo mal, lo que se me va a torcer es la cara—confesé, imaginando su cara.
—Déjamelo a mí—dijo sin mirarme.—Yo hablo con ella.
—¿Qué?—me giré hacia él sorprendida.—¿No le irá a decir lo de las clases de esgrima?
—Claro que no—soltó como su fuese obvio.—Será algo así como una mentira piadosa.
Ante mi mirada estupefacta, ladeó su cabeza para observarme y creo que por primera vez desde que lo conocía, me pudo dedicar una sonrisa. Y no una de esas irónicas ni repletas de falsedad. Fue una sonrisa tierna y sincera.
Mis mejillas se volvieron a poner rojas y mi corazón bombardeó con fuerza mi pecho.
«Tranquilízate, Marinette. Es solo tu profesor y solo acaba de sonreírte, ¿qué hay de especial en eso?»
Volví a mirarlo de reojo, ésta vez con algo de disimulo, pensando en que aquella era la tercera vez que me salvaba la vida.