Adrien
Cuando llegamos a la mansión de la familia Cheng, me bajé del coche y fui hacia el otro lado para ayudar a la chica a salir.
La había notado muy tensa durante todo el trayecto. No hizo otra cosa más que mover las piernas nerviosa y morderse las uñas mientras miraba la carretera.
Y claro, cómo no. Le estaba temiendo a su tía.
No había tenido la oportunidad de hablar con aquella mujer, tan solo compartimos unos minutos en la gala de la pasada noche, pero pude comprobar por mi cuenta que esa vieja se las traía. No dudó en golpear a Marinette delante de todos en el salón y ni me atrevía a imaginar lo que podía hacerle estando ella sola.
Rodeé su cintura con cuidado y ella se apoyó sobre mis hombros. Así, caminamos hasta la gran puerta de madera que adornaba la fachada principal de la mansión. Noté como su cuerpo temblaba bajo la firmeza de su agarre y supe lo mucho que le aterraba dar la cara.
—Hablo yo, ¿vale?—murmuré cuando nos detuvimos frente a su puerta.—Yo me encargo de todo.
Levanté el brazo y con dos toques firmes golpeé la gran puerta volviendo a sujetar a Marinette para que no apoyara su pie.
Enseguida la puerta se abrió y una empleada con un distinguido uniforme apareció frente a nosotros.
Sus ojos se posaron primero en mí y después viajaron hacia la joven que tenía sujeta a mi lado.
—Señorita Marinette—exclamó la mujer aliviada.—Menos mal que está bien.
Al parecer, se fue de la lengua y habló más fuerte de lo que debió, pues pronto una mujer elegante y distinguida apareció en el umbral de la puerta.
Apartó a la empleada con brusquedad y se limitó observarnos primero a uno y después a otro. Cuando terminó su análisis, esbozó una sonrisa con su atención puesta en mí.
—Joven Agreste—me saludó.—Qué sorpresa más grata tenerlo aquí.
Le devolví la sonrisa con cortesía, sintiendo como los brazos de Marinette se cernían con más fuerza sobre mí.
—¿Y a qué se debe su presencia?—preguntó, posando sus ojos oscuros sobre Marinette.—Por favor no me diga que mi sobrina anda causando problemas otra vez...
La crudeza de su mirada me hizo hablar por primera vez poniendo en marcha la primera mentira improvisada que se me viniera a la mente.
—En realidad, debería ser yo el que tendría que pedir disculpas—dije, logrando que de nuevo me mirase a mí.—Me topé con su sobrina por el centro y apenas iba mirando por donde iba. La hice tropezar, cayó al suelo y se hizo daño en el pie.
La mujer arqueó las cejas.
—Creo que iba a reunirse con su cochero, ¿verdad?—miré a mi alumna y ella asintió dócil como un corderito.—Pero no iba a dejarla como estaba. Así que tuve que atenderla, aún así todavía tiene el pie un poco delicado.
—Oh... No hubiese sido necesarias tantas molestias, joven—dijo la mujer, restándole importancia con la mano.—El cochero se habría encargado de todo, sin problema.
—Bueno, fue mi culpa, así que me sentí responsable—dije sin pensármelo.
—Los Agreste sois todos tan considerados—alagó con una sonrisa.—Cada vez me soy cuenta de cuanto se parece a su padre.
—Tampoco exagere—dije.—Me atrevo a decir que me parezco más a mi madre.
—Oh... La señora Agreste... ¡Qué gran mujer! Tuve el honor de conocerla y déjame decirle que era una mujer fantástica.
—Gracias—agradecí cortante.
—¿Por qué no entra y se toma una copa?—me invitó a entrar, haciéndose a un lado.—Ya que me has traído a mi sobrina sana y salva, al menos deje que se lo agradezca en condiciones.
—Se lo agradezco, pero no puedo—dije—. Tengo clase dentro de media hora y ya llego tarde.
—Bueno, entonces tendremos que dejarlo para otro día—aseguró.
Llamó a dos empleados que pronto llegaron a la espera de cumplir órdenes.
—Ayudad a mi sobrina a llegar a su habitación.
—Deberían llamar a un médico. Yo no entiendo mucho de todo eso y aunque he hecho lo que he podido, es mejor que sea atendida en condiciones —aseguré, dejando con cuidado a Marinette en manos de los dos hombres que la ayudaron a sostenerse.
—Ahora mismo llamaré al médico de la familia—aseguró con firmeza.
Asentí con la cabeza, desplazando la mirada hacia la chica que acababa de dejar.
—De nuevo, muchas gracias por todo, muchacho. Poco más y me pongo a llamar a la policía.
Soltó una risotada y llevó una mano al picaporte.
—Cómo ya le he dicho. Le debo una invitación—dijo.—Así que ya nos pondremos en contacto.
—Ya le he dicho, no me debe nada—insistí, aún sin apartar la mirada de los dos tipos que ayudaban a mi alumna. Tampoco quería que se empeorase por alguna de sus estupideces o por la incompetencia de dos empleados.—Todo está bien.
—Insisto. ¿Éste sábado por la noche está libre para una cena?—preguntó sin quitarme ojo de encima.—Si quiere puede traer a esa joven que lo acompañó el otro día en la gala, así se sentirá más cómodo.
—Me lo pensaré—dije, simplemente.
—Está bien. Estaré al tanto de una respuesta.
Intenté sonreírle y con las manos metidas en mi uniforme de esgrima me di media vuelta con la cabeza puesta en aquella maldita cena a la que me acababan de invitar.
Las mentiras siempre tenían consecuencias.
Marinette
Queridos padres.
Mi estancia con la tía Cheng no ha sido precisamente un cuento de hadas, de hecho lo contrario. Ya la conocen, sigue igual de soberbia y manipuladora, pero supongo que me quiere... a su manera.
Como sea, comenzaré diciendo que mi sueño de estudiar esgrima se realizó, ¡Pueden creerlo! Mi profesor Adrien Agreste, es una persona un tanto estricta, pero sin duda es un excelente maestro, es tan ágil, valiente, guapo y muy amable, e ayudado a mantener al monstruo que mi tía lleva adentro cuando se enoja a raya.
Los hecho mucho de menos, deseo que vuelvan pronto para mi próximo cumpleaños, ya que la tía no es muy detallista en estas fechas, ¿Saben que me dio en mi cumpleaños pasado? ¡Un prendedor! Si, lo sé... lo que cuenta es la intención, es lo que ustedes siempre me repetían, ya los veo diciendo esa misma frase al leer esta carta.
Solo quiero que sepan que a pesar de que estén a varios kilómetros de distancia, los amo mucho... y deseo que vengan sanos y salvos a casa. Mientras tanto, continuaré con mis clases de esgrima en secreto, ya que cuando regresen, quiero que estén orgullosos de mi.
Los quiere con todo el corazón.
Su hija...
Marinette D. C
Dejé la pluma con la que escribía a un lado de la carta y me desplomé hacia atrás en la silla que estaba sentada.
Si no podría moverme en tres días como había indicado el doctor, por lo menos podría utilizar mi tiempo en escribirle una carta a mis padres contándoles de mi vida, mis padres... los extrañaba tanto, todo este tiempo sin ellos había sido una tortura, al menos tenía el consuelo de que se encontraban bien, ya que siempre recibía una respuesta de ellos por medio de las cartas que me enviaban.
Solté un sonoro suspiro de aburrimiento y me levante con cuidado de la silla arrimando mi mano sobre el escritorio para poder llegar a mi cama y recostarme un momento. Estaba muy cansada, escuchar las quejas de mi tía no era un buen pasatiempo que digamos, aunque Adrien me había ayudado a tapar la verdad con una mentirita blanca, eso no me había salvado del regaño de mi tía, como ya era costumbre.
—¡Rayos! — mascullé al llegar a la cama y lanzarme sobre ella, ahora tendría que ingeniarmelas de otro modo para llegar a la clase de Adrien sin que mi tía este husmeando por los pasillos y cada rincón de la mansión.
—¡Agh! — cabe recalcar que tampoco estaba muy contenta de que mi "queridísima" tía haya invitado a Adrien y a su... ¡Puaj! ¿Novia? Pues, a "esa".
Bueno, solo podía esperar a que las cosas mejoraran para estos tres días que estaría en cama por culpa de mi pie.
Solo debía hacer esto más simple para todos, acostarme a descansar.
¿Podía hacer eso, no?