VIII

4331 Palabras
Marinette Bajé las escaleras a toda prisa arrastrando mi pie como si fuese un apéndice extraño de mi cuerpo.      Había pasado toda una noche y el dolor aún no había desaparecido.      «Maldito seas Adrien»—maldije para mis adentros. «Dijiste que en unas horas desaparecería el dolor»      Esbocé una mueca cuando dejé caer demasiado peso sobre mi pie malherido y no pude evitar soltar un gemido de malestar.      Divisé al cartero a los pies de las escaleras. Venía todos los días para traer el correo, cómo facturas, impuestos, o cartas de trabajo de mi tío. Cosas aburridas que a mí no me incumbían, a no ser que se tratase del primer domingo de cada mes, el día en el que siempre recibía una carta de mis padres.      Aligeré la marcha, arrastrando mi pie a toda prisa cuando lo vi caminar para la salida de la casa, a la vez que estaba atenta por si mi tía aparecía por cualquier rincón. Si me pillaba corriendo por los pasillos con el pie aún herido, montaría un numerito.     —¡Espere!—grité justo cuando estaba bajando los últimos escalones.—¡Por favor, aguarde un momento!    En cuanto escuchó mi voz, el hombre se giró incrédulo, buscando a la dueña de la voz que le había gritado por todo el corredor.     Me dediqué a ir con la pierna arrastras y al verme, el cartero caminó hacia mí para ahorrarme el paseo.     —Que sea rápido, tengo prisa, señorita.    —Necesito que entregue esto—dije tendiéndole la carta.—Al mismo lugar de siempre, aunque la dirección está apuntada de todas formas.     El hombre me cogió la carta y me sonrió con amabilidad, pero justo cuando iba a meter la carta en su bolso, mi tía apareció a nuestras espaldas.      —¿Se puede saber qué haces fuera de la cama, jovencita?—inquirió, caminando hacia nosotros con los brazos cruzados. Miró primero al cartero y después el sobre que tenía entre sus manos.—¿Y acaso no tengo dicho que todo el correo que entra y sale de ésta casa tiene que pasar por mis manos primero?    «Maldición»     En eso tenía razón, mi tía era una maniática del orden y el control y todo lo que mi tío y yo manipulábamos tenía que pasar primero por su aprobación. La mayoría de las cartas que le enviaba a mis padres eran leídas por ella primero, pero muchas otras, las que consideraba más privadas las mandaba a escondidas, aprovechando los días que pasaba fuera de la casa.     Y en aquel caso, esa carta era de aquellas que debían ser mandadas a escondidas.     —Eh... Esto, el señor tiene prisa—dije con nerviosismo.—Ya sabes... Tiene mucho correo que repartir y no puede esperar a que leas una carta tan larga.     —Eso lo decidiré yo, Marinette—me debatió ella, mirándome con desconfianza.      —Esto... La señorita tiene razón—intervino el cartero, metiendo la carta en el bolso.—Hoy he empezado con una hora de retraso y el trabajo se me acumula.      Suspiré aliviada, bajo la atenta mirada de mi tía, que al escuchar las palabras del señor, sonrió con educación y asintió.     —Lo entiendo, señor—dijo con amabilidad.—No se preocupe, no le quitaremos un segundo más de su tiempo.      —Gracias—el hombre le devolvió la sonrisa e hizo una pequeña reverencia de cabeza.—Y no se preocupe por la carta de la niña, seguro que es para algún noviecito secreto.     Me guiñó un ojo, sonsacándome una pequeña risotada y se dio la vuelta para abandonar la gran mansión.     —Era otra carta para tus padres, ¿no es cierto?—me preguntó con seriedad.    —Así es, tía—dije, evitando hablar más de la cuenta.—Como ya sabes, siempre es costumbre mandarles una carta cada mes.      —Sí, ese cuentecito ya lo tengo más que sabido—dijo caminando hacia la pequeña mesita de piedra que portaba un jarrón lleno de tulipanes un tanto marchitos. Lo tocó y esbozó una mueca de desagrado.—¿Te han comentado alguna novedad sobre su viaje? No se, considero que después de cinco años ya va siendo hora de regresar, al menos para hacerle una visita a su familia.     —Ya sabes que el trabajo de mis padres requiere...     —Sí, sí, requiere mucho trabajo, entrega y sacrificio, pero también es cierto que nadie los obligó a seguir ese camino. Tú madre pudo hacerse socia en la empresa de textiles, tenía la vida solucionada, ¿pero qué prefirió? Pues sí, seguir a tu padre, recorriendo quien sabe qué sitios mientras que a los demás nos dejan sentados de brazos cruzados, esperando noticias suyas. Menudo egoísmo.      —Si mis padres decidieron tomar esa decisión, sería por alguna razón—los defendí, sabiendo que muy prono nos enzarzaríamos en una discusión.      —¿Qué razón, Marinette? A ver, ¿Qué razón podría ser lo suficientemente buena como para dejarte abandonada? ¿No te das cuenta? Mientras ellos viven de lujo, recorriendo el mundo, nosotras somos las desgraciadas: tú esperándolos y yo con un cargo más a la espalda.     —Yo sé que su vida no es tan buena cómo la pintas. Si me dejaron aquí es porque querían protegerme—musité cabizbaja.     —O eso te hicieron creer, Marinette. Pero en tal caso, no quiero seguir discutiendo éste tema contigo, porque sé cómo acabará la cosa y no quiero darme un sofocón innecesario—se alisó la falda del vestido y me miró con la barbilla en alto.—Mañana por la noche, vendrán el Señor Agreste y la señorita Tsurugi, así que ya te puedes ir pensando en arreglarte un poco—me miró de arriba a abajo, con desaprobación.—Con eso del pie malo, estás descuidando tu aspecto, ¡péinate un poco, anda!     Resoplé por lo bajo y rodé los ojos.      —Está bien...     —Bien—se giró sobre sus talones y caminó por la dirección contrario con el sonido de sus tacones resonando por toda la sala.      Genial, ahora tenía un problema más que añadir a la lista, ¿cómo soportaría una cena con Adrien y esa chica?  ⚔     Si creía que el mayor de mis problemas era pensar en como voy a tolerar tener a Adrien y a la estúpida esa en MI casa, claramente me equivoqué. Ahora mismo estaba lidiando con las sirvientas que mi tía mando para que me arreglaran, más que eso parecía una dura prueba de supervivencia. Y ciertamente lo era.      Sobrevivir a jalones de pelos infernales, que te empasten la cara con maquillaje, te ahoguen poniéndote el endemoniado corset y que una nube de nauseabundo perfume rodee toda la habitación, podría ser parte de una de las tantas torturas que se practicaban en este siglo para los criminales.      —Señorita, quédese quieta — me regañó una de ellas mientras tiraba de las cuerdas que amarraba el corset.      «¿Que me quedara quieta? Ja, si lo hacía sin duda alguna moriría por asfixie»      —A-Aflójalo un poco, no puedo respirar — dije tratando de inhalar algo de aire, pues era obvio que por culpa de esta cosa ya casi no quedaba ni una mínima parte aire en mis pulmones.      —No puedo hacer eso señorita, disculpe. — vocalizó algo preocupada — su tía fue muy clara al pedirnos que la arreglemos, tenemos que apretarlo más — indicó y seguido a esas palabras, sentí otro apretón en mi estomago y un pase directo a ver las estrellas al quedar sin aire por más de 10 segundos.      Tenía dos sirvientas a cada lado de mi, una en la parte de atrás terminando de amarrar el corset, una en mi cabeza tratando de hacerme un peinado "decente" y otra en frente embaturrandome la cara con maquillaje. Era una pesadilla.      Una vez que terminaron me dejaron sola frente al espejo, no podía creer lo que veía, parecía esas típicas muñecas de vitrina que veía al pasar por una estantería con mi tía en el mercado.      «Esta no soy yo»      Sin embargo, si me quitaba algo, mi tía lo notaría y se armaría una grande, suspire mirando mi reflejo, y sin más remedio me alejé del tocador y abrí la puerta para salir al comedor donde mi tía estaba esperándome.      Caminé con dificultad debido a que el dolor en mi pie seguía presente, y además el corset se robaba gran cantidad del aire que respiraba, pero al ver la mirada furibunda de mi tía, trate de no hacer notar que me estaba ahogando nuevamente y que el pie no me dolía a horrores.      —Vaya, las sirvientas hicieron un gran trabajo, supongo — dijo mi tía observándome de arriba abajo — ahora, recuerda mantener tus modales en la mesa, no me hagas pasar vergüenza como en la cena con la familia Rossi. — me recordó.      —Si tía, lo haré — murmuré algo cohibida mirando al suelo, si alzaba la mirada y la veía a los ojos, no tardaría en notar el rastro de decepción cada vez que me veía.      —Por supuesto que lo harás — espetó — no todos los días podemos tener al Señor Agreste y a su novia comiendo con nosotros. Compórtate — me advirtió.      Mi tía se alejo para reclamarle duramente a uno de los empleados el por que la bajilla tenía una mancha y echándole un vistazo a las sirvientas para ver si la comida estaba en orden.      Solté un bufido para caminar cojeando un poco por el comedor, estaba todo en perfecto orden y totalmente silencioso, bueno, más o menos, debido al ajetreo de los sirvientes de ir de aquí para allá colocando servilletas, copas, cubiertos, platos, el jarrón con flores frescas como centro de mesa. En fin, toda una marcha con vajilla de por medio. Y con mi tía siendo tan exigente, era lógico que algunos estuvieran tan perfeccionistas con sus encargos.      Deambulé por el pasillo que conducía al jardín trasero y llegue hasta una fuente para poder sentarme, me dolían los pies de llevar puestos estos zapatos. Como quería que esa odiosa cena empezara ya. Así podría quitármelos sin que nadie los viera para que el dolor disminuyera un poco, a pesar de tener el pie lastimado, mi tía había insistido en que las sirvientas deberían ponerme tacones, al parecer le importaba poco el dolor que sentía al caminar con estas cosas.      Unos ladridos llamaron atrajeron mi atención y pude ver un pequeño torbellino color rojizo correr en mi dirección a lo lejos.      —¡Tikki! — exclamé y me levanté lentamente aunque contenta al ver llegar al pequeño cachorro y tumbarse frente a mis pies.—Aww, Tikki, sin ti el día fue muy aburrido — le confesé aunque no pudiera entender ni una palabra de lo que estoy diciendo.      Ella comenzó a chillar para que e rascara sus orejita y con sus patitas pataleo en el aire con desespero provocándome risa.      —Y dime preciosa, ¿Te has portado bien? ¿Has causado problemas? — le pregunté haciendo un tono gracioso que a ella le encantaba mientras acariciaba su pancita.      —Es un pequeño diablo con pelo rojo, de eso no hay duda — contestó una voz detrás de mi.      Giré mi rostro y sonreí al encontrarme con el Señor Boulian, que llevaba cargando un rastrillo y su ropa estaba repleta de lodo. Seguramente por trabajar en el jardín.      —¿Que hizo ahora? — le pregunté divertida para ver como Tikki sacudía su colita con inocencia, como si no supiera que había hecho algo malo.      —Escarbó en el jardín de la señora y destrozó sus flores favoritas — explicó riendo levemente, yo tampoco pude evitar soltar una risotada al escuchar aquello, era obvio que para Tikki mi tía no era una de sus personas favoritas, de hecho, todo lo contrario. Siempre andaba regañándola y gritándole, la única razón por la cual no se deshacía de ella era porque fue un regalo de mis padres antes de que se marcharan a su último viaje.      — Y por si lo preguntas, ya las repuse no tienes porque preocuparte — respondió el hombre con sarcasmo al ver que en lugar de temer por la vida de Tikki y la mía, me ponía a reír a carcajadas.      —Eres el mejor Boulian, te abrazaría pero... dañaría mi atuendo de "señorita" — me burlé haciendo énfasis en a última palabra que este soltara inmediatamente una risa.      —Entonces, ¿Te acordarás de traerle algo a este pobre viejo en la cena? —preguntó cambiando abruptamente de tema.      —Sabes que sí — le respondí afablemente.      —¡Marinette! — escuche a mi tía llamarme dentro de la mansión, claramente enojada.      —Vete antes de que se ponga de mal humor — me sugirió el agradable hombre, manteniendo una sonrisa tranquilizadora— y por favor, ten cuidado por lo de tu pie — mencionó cargando a Tikki para llevarla con él.      —Siempre esta de mal humor de todas formas— rebatí yendo hacia la entrada de la casa lo más rápido que pude caminar, llegué hacia el comedor sin problemas y cuando llegué, Adrien y su acompañante ya se encontraban ahí. Mi lugar estaba justo enfrente de Adrien, quien me miro casi sin ninguna expresión en el rostro, estaba muy callado para mi gusto. En cambio yo, por dentro era un manojo de nervios en el que nadaban un millar de emociones al mismo tiempo, felicidad, incomodidad, enojo, vergüenza. Aún no podía olvidar que me vio prácticamente desnuda aquella vez.      Mi tía llego apresurada a mi lado y me sujetó del hombro haciendo desaparecer por completo el sonrojo que portaban mis mejillas al rememorar la escena que tenía plasmada en mi mente.      —¡Marinette, aquí estas! — exclamó mi tía — ven, siéntate aquí — prácticamente me obligó a sentarme y sus largas uñas manicuradas casi atravesaron la piel de mi hombro, por suerte nadie lo noto.      —Lamento la tardanza de mi sobrina, anda muy distraída algunas veces — parloteo con un falso sentido del humor.      —No se preocupe Madame Cheng — habló por primera vez la mujer de corta melena que me enviaba una clara mirada de disgusto — se cuantos problemas pueden causar las jóvenes de su edad, ya verá como se comporta adecuadamente una vez que tenga madure un poco— sonrió con descaro.      «Ni si priocupi Midim Ching, Bah, esta a quien le dijo que podía opinar sobre mi comportamiento »      Apreté la falda de mi vestido tratando de no saltarle encima de la boba esa, aun si terminaba de estropearme más el pie, lo valdría si tenía su cabeza en una de las bandejas de plata que estaban por traer.      Mi tía sonrió a la mujer dándole la razón, y con una señal hacia los meseros les indicó traernos los platillos, los hombres llegaron rápidamente con la característica bandeja plateada y la destaparon una vez que fue colocada al frente nuestro.      Una porción de pato a la naranja, con puré de patatas y guisantes con unas finas hierbas decorando el platillo se dejó ver ante nuestros ojos, y en las copas se vertió un poco de vino. A todo esto sumado con una canastilla de pan, aderezos, ensalada y una exquisita tarta de manzana recién salida del horno.     Todo esto hizo que mi estomago gruñera suavemente, desde la mañana no había comido nada por pasar solo en cama, así que mi estómago estaba más que contento de poder comer algo en todo el día.      Pasó el tiempo y los cubiertos repiqueteando contra el plato junto a algunos sorbos a las bebidas era lo único que se escuchaba por el comedor. Todo lo demás estaba en pleno silencio, de pronto, Adrien carraspeó y vacilo antes de iniciar una conversación.       —Y ¿Cómo sigue el pie? — preguntó seriamente mirando en mi dirección en busca de una respuesta.      Antes de que pudiera contestar, mi tía tomó la palabra. —Oh ella se encuentra mucho mejor ahora Señor Agreste, gracias por preguntar. — hablo rápidamente — no puedo dejar de agradecerle todo lo que ha hecho por mi sobrina — dijo en con un timbre afligido. «Sí, ya claro tía. Premio para la persona más falsa de la sala» —Me alegra escuchar que ya esta mostrando mejoras — suspiró — y, pierda cuidado Madame, solo hice lo que debía.     —Lo se—mi tía sonrió.—Justo ando advirtiéndole de los peligros que tiene salir fuera, pero ella tan terca tiene la mala costumbre de salir todas las mañanas a la misma hora.     Casi me atraganto con el agua que estaba bebiendo y en cuanto dirigí la mirada hacia Adrien éste se puso tenso.     —Ya sabes que pasear por las mañanas me ayuda a despejarme, tía—dije, incómoda.—Y ya te dije que siempre voy con el cochero, no va a pasar nada.      —Hasta que pasa—me rebatió y por un momento lo único que se escuchaba en la mesa fueron mi voz y la de mi tía, cómo si fuese una especie de juego de pelota.—Te recuerdo, jovencita que la última vez el cochero regresó solo y si no fuese por la consideración de aquí el Señor Agreste, tú no estarías comiendo en ésta mesa.     —Solo fue un tropiezo, nada más.—Aclaré, comenzando a perder la cabeza.    —Un tropiezo que te está costando estar en cama una semana—mi tía me fulminó con la mirada y yo la fulminé a ella.      —No es correcto que levante la voz  a su tía, muchacha—dijo la acompañante de Adrien.—No deberías hablarle así la los mayores.     «¿Y a ésta que le pasaba? No era quien para meterse en mi conversación»     Sonreí con falsedad y me dirigí a ella.     —No soy una niña, señorita—dije aún con mi perceptible sonrisa.—Y nadie le ha pedido su opinión.    —¡¡Marinette!!—me gritó la tía Cheng despavorida, levantó una mano y me dio una colleja en la nuca, cómo si fuera una cría que acaba de verter la copa encima de la mesa.—¡Dirígete con respeto a los invitados!     Me sobé la cabeza, aguantando las ganas de mandarlo todo al diablo e irme de allí. Aquella era una maldita humillación, ¡mi tía acababa de pegarme un pescozón delante de Adrien!    —Pídele disculpas a la señorita—me ordenó mi tía.      —¡Oh, no, pierda cuidado!—se adelantó Kagami.—Estoy segura que ella no pretendía ofenderme. Habrá sido una pequeña pataleta de la edad. Debería oírme a mí cuando tenía dieciocho años.     «Sí, claro. Ahora me defiendes, traidora»     —En eso tiene razón—dijo entonces, Adrien,  para suavizar el asunto.—Un día se escapó de casa y todo porque su madre se enteró que se estaba viendo a escondidas conmigo.     —Pero eso fue hace tres años—le rebatió ella, avergonzada. Se dirigió a mis tíos y los miró con una sonrisa tímida.—Mis padres siempre han sido muy estrictos conmigo y cuando se enteraron de que un hombre andaba merodeándome, se volvieron locos.     No entendí por qué, pero aquella complicidad que tenían los dos me molestó. Al parecer su "bonita historia de amor" ya venía desde la prehistoria, al parecer.     —Ya lleváis muchos años juntos—dijo mi tío, tratando de coger el hilo dela conversación.—¿Se escuchan ya campanas de boda?      Puse los ojos en blanco e imité una arcada, pensando en una situación tan asquerosa cómo la boda de aquellos dos.     —Aún no tenemos fecha concreta—aseguró Kagami y miró a Adrien mientras lo cogía de la mano.—Pero ya estamos pensando mucho en ese tema, así que no tardaremos y estén seguros de que serán de los primeros en recibir invitación.    «La mía ahorrártela»    Me removí incómoda en mi asiento y plasmé la mirada en la bandeja de panecillos blancos que había en la mesa.     «A Boulian le encantan esos panecillos»      Me mordí el labio inferior y miré a mi alrededor. Mis tíos y Kagami se habían metido en una conversación sobre el matrimonio y la vida de casados y Adrien, simplemente miraba con cara de "me quiero ir de aquí".     Conclusión: Nadie se dará cuenta si me meto debajo de la falda uno o dos panecillos.     Alargué el brazo y traté de alcanzar la bandeja con disimulo.      «Maldición, demasiado lejos»      Me incliné aún más, dejando casi medio cuerpo sobre la mesa y con las punta de mi cabello sobre el estofado de pato, pero aún así ni forma de llegar.     Adrien ladeó la cabeza y se dedicó a observar mis maniobras para llegar hasta la bandeja. Esperó varios segundos, cómo si disfrutara del espectáculo y después con una sonrisa ladeada me acercó la bandeja para que pudiera coger.      Murmuré un apenas inaudible "gracias" y me incorporé dejando los dos panecillos que había cogido encima de mi plato.     Cogí la servilleta de trapo que tenía a mi derecha y la extendí sobre mis piernas y después puse los panecillos encima para liarlos y meterlos debajo de mi falda.     Había un pequeño cuenco de frutos secos a mi izquierda, así que también cogí un puñado y los eché junto a los panes. Los lie e hice un nudo mal hecho.     «Ese viejo va a estar la mar de contento cuando vea mi recolección»     Sonreí orgullosa y levanté mi falda con disimulo para meterlo dentro. Esbocé una mueca, buscando con desesperación el bajo del vestido, pero cómo aquello era cómo el circo ruso, encontrar el final era cómo una aguja en un pajar.     Cuando miré al frente, me percaté de que unos ojos esmeraldas me observaban divertidos y entonces supe que Adrien estaba viendo mi intento de salir airosa con toda esa comida.     Enarcó una ceja y me hizo una señal de cabeza, preguntándome sin palabras qué demonios estaba haciendo.     Me encogí de hombros y le hice un gesto de insuficiencia, quitándole importancia.     Pero, al parecer no pensaba ponérmelo fácil. Se apoyó sobre la maesa, inclinándose sobre sus codos, mirándome con más insistencia, lo que me puso horriblemente incómoda.     —¿Qué está mirando?—susurré, molesta.    —El tema que hay en la mesa no es tan divertido cómo verla mangar comida debajo de la mesa—me soltó con sorna y en voz baja. Al parecer no tenía intención de que nadie me descubriera.     Adjudicado, a éste hombre le gustaba reírse en mis narices.    Le lancé una mirada fulminante, obviando que era mi profesor y traté de seguir con mi plan. Ahora que me había pillado, tenía que ser rápida.     —Ahora que lo dice, puede ser... Marinette, ¿para quien era esa carta que mandaste ésta mañana?—me preguntó mi tía, girándose hacia mí. Y en ese momento saqué las manos de debajo de la falda.—Creo recordar que el cartero mencionó algo sobre un noviecito.     —¿Qué?—abrí mucho los ojos y no supe si por la pregunta o porque los panes y los frutos secos se estaban resbalando por mis piernas.—¡Por Dios, tía! ¡Claro que no! ¡Qué horrible!—extendí mis dos piernas de golpe para hacer una plataforma de base para mis panes, y entonces, golpeé otra pierna. Las piernas de Adrien.     Lo vi esbozar una mueca y fulminarme con la mirada.     «Ups»     —¿No le gusta la idea de llevar un vestido de novia?—me preguntó Kagami.—Creo que esa es la ilusión de la mayoría de jovencitas de tu edad.     —Pues yo espero llevar un vestido de novia lo más tarde posible—solté, haciendo equilibrismos con mis piernas.     Mi tía soltó una pequeña carcajada y no sabía si aquello era algo bueno o algo malísimo.      —¡Qué cosas dices, Marinette!—dijo ella.—Ya sabes que cualquiera de éstos días alguien podría llamar a esa puerta viniendo por ti.     —Pues espero que ese sea el cartero para traerme el correo—dije con inocencia, alargando mi mano por debajo para recuperar los panecillos envueltos. Los metí entre una de las miles de fundas que llevaba debajo y en ese momento decidí que era momento de largarse.     Me puse en pie y la silla hizo un estruendoso sonido al rozar con el mármol del suelo. Todos los presentes en la mesa se giraron para mirarme y  a mi tía se le crispó la sonrisa.     —¿Dónde se supone que vas, Marinette?—me preguntó mirando de reojo a Adrien y a Kagami.—Estamos comiendo.     —Creo que el pato a la naranja no me ha sentado bien—dije, incómoda.—Estoy indispuesta, así que... Creo que me vuelvo a mi habitación.     —Ni hablar, es de mala educación levantarse antes de terminar—me gruñó mi tía.—Así que siéntate.     —Pero creo que es de peor educación echar sustancias malolientes y muy muy muy asquerosas por la boca y no quiero estropear la comida de nadie—comencé a caminar marcha atrás.—Ha sido un placer, señor y señorita, pero enserio, me tengo que ir.     —¡Marinette, un momento!—me llamó mi tía.     No me lo pensé. Me giré con brusquedad antes de que mi tía buscase cualquier escusa que me retuviera en esa mesa, pero claro, mi mala suerte me perseguía allá donde iba y ante el movimiento tan brusco, todos los frutos secos comenzaron caer y a rebotar por el suelo, haciendo un sonidito que captó la atención de todos.     —¿Marinette?—inquirió mi tía, confundida.     Pero no le respondí. Eché a correr de inmediato, olvidando por un momento que tenía el pie herido.      Era cuestión de vida o muerte. 
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