IX

3869 Palabras
Adrien En cuanto la vi abandonar la habitación corriendo no pude evitar ponerme en pie yo también.     —¿Adrien?—me preguntó Kagami.—Mi amor, ¿dónde vas?     —Creo que he bebido demasiado vino.—dije, mirando a la Señora Cheng.—¿Me pueden decir dónde están los servicios?     —¡Oh! Por supuesto. Suba escaleras y el primer piso a la izquierda.—Me indicó.     —Gracias.     Caminé por los pasillos que me había indicado esa mujer , y doblé en dirección contraria hasta dar con una puerta decorada con flores de cerezo. No sé porque pero algo me decía que si Marinette había escapado de la cena, vino a parar aquí, a lo que yo suponía era su habitación.     Con la mirada, busqué algún signo de vida por la habitación y finalmente lo encontré. En una enorme cama, estaba sentada en el borde de esta con el rostro enterrado en las rodillas. Parecía que estaba llorando, pero descarté esa idea al escucharla soltar un gruñido de enojo no muy femenino. La verdad es que esa chica era muy diferente a las chicas con las que me había topado en reuniones o en una que otra salida al mercado. Nunca había escuchado a una dama maldecir.     Carraspeé un poco haciendo que levantara la cabeza confundida.     —¿Qué hace aquí? — preguntó con la voz rasposa, limpiándose con el dorso de la mano una solitaria lagrima, de seguro había llorado anteriormente por la vergüenza y tal vez por enojo.     —Quería saber como seguía el resto de la historia — me acerqué mientras hablaba colocándome delante de ella y arrodillándome para estar a su altura. — Solo quería asegurarme de que su tobillo estuviera bien.     Ella esquivó su mirada con la mía bruscamente.     —Estoy bien — contestó seca — si eso es lo que quería saber ya puede retirarse, señor Agreste.     Levanté una ceja confundido.     —¿No se supone que íbamos a tutearnos cuando estuviéramos a solas? — pregunté confuso ladeando la cabeza de costado.     Ella no se atrevió a mirarme aún.     —Podrías al menos  mirarme a los ojos cuando te hablo.     —¿Por que haría algo como eso? — respondió en un tono de berrinche — Ya ha hecho su pregunta señor Agreste, le suplico que se vaya y me deje sola — contestó.     Rodé los ojos.     «Era terca de narices»     Sin que pudiera decir o hacer algo más, tomé su pierna y levanté la falda de su vestido hasta la rodilla. Su pie estaba un poco hinchado y tenía un color rojo preocupante.     —Si, ya veo que estas bien — dije con sarcasmo acariciando la zona afectada, enseguida se retorció y soltó un alarido de dolor.     —¡No hagas eso! ¡Duele como el infierno! — gritó doblándose hacia adelante emitiendo un chillido.     La miré duramente antes de suavizar mi agarre con su pierna.     —No debiste correr si todavía te dolía— le regañé, dándole un suave masaje a su tobillo para tratar de evitar causarle algún dolor. Era difícil con ella moviéndose como lombriz en agua.—Quédate quieta — me quejé cuando casi se cae de la cama al moverse tan fuerte.     —Es fácil para ti decirlo — masculló —. A ti no te duele la pierna como si te la hubieran arrancado.     —Empeorarás más el dolor si te mueves — rezongué.     Desvié mis caricias un poco más arriba de su tobillo. Y no sabía porque, simplemente lo hacía, acaricié la extremidad con suavidad sin ser consiente de que mi alumna había quedado paralizada ante mi toque. No podía evitar pasar mis manos por esa tersa piel que poco a poco se iba erizando. Ella dejó escapar un jadeo de vergüenza quedándose rígida en su puesto. No tenía idea de lo que hacía. Solo sabía que no podía parar.     Mi mano se deslizó un poco más allá del muslo y ella empezó a temblar y a ponerse roja. Era consciente de que esto probablemente la incomodaba, pero ella no hacía nada por evitarlo. Solo cerraba sus ojos y removía su pierna cada tanto con las mejillas aún llameando.      ¿Qué demonios estoy haciendo? ... Marinette Mi corazón era una bomba de relojería a punto de estallar. Una bomba repleta de un sin fin de emociones que no sabría explicar. «¿Qué estaba pasando con nosotros dos?» No, ¿qué me estaba pasando a mí? Adrien solo estaba examinando mi herida, estaba asegurándose de que todo estaba bien, pero... ¿por qué sentía cómo si aquellas caricias significaran algo más? ¿Por qué me hacían sentir extraña? ¿Y por qué demonios quería que siguiera haciéndolo? Su forma de acariciarme era suave y delicada, cómo si tuviera miedo de hacerme daño o que en cualquier momento pudiera romperme pero a la vez era como si una pequeña llama se encendiera en mi estómago, sobre todo cuando Adrien llegó más a allá de mi rodilla, a la parte interna de mi muslo. Di un pequeño repingo, la sensación era cómo cosquillas teñida de algo más. Pero no eran cómo esas cosquillas que te hacen suplicar que pares, no. Aquello era muy diferente, era cómo si no tuviera la sensación de detenerlo. Contuve el aire y me puse rígida ante esas caricias que me estaban haciendo perder la razón. «Dios mío, Adrien, ¿qué narices me estás haciendo? » Se me escapó un sonido muy extraño de la boca. Un sonido que me extrañó y me dejó confundida y al parecer a Adrien también, pues en cuanto me escuchó su mano se apartó de mí, cómo si mi piel le hubiese abrasado la mano. Se aclaró la garganta y cerró los ojos unos instantes, cómo si estuviera controlarlo para no hacer algo. -j***r-maldijo para sus adentros y en seguida se puso en pie, dándome la espalda y mirar a la puerta. -¿Adrien?-pregunté confundida por su repentino cambio de humor.-¿Qué ocurre? -Esto no ha ocurrido, ¿vale?-dijo, con un tono de voz frío y seco que me hizo recordar a la primera vez que lo vi.-Esto nunca ha pasado. Ni siquiera me miró a los ojos, sólo caminó hacia la puerta y salió, cerrándola con fuerza para dejarme completamente sola. ¿Qué pasaba? ¿Qué no debía haber ocurrido? ¿Debía no haber ocurrido algo que ni siquiera sabía? ... No volví a verlo en la próxima semana. Tal y como me dijo el doctor, me quedé los siguientes siete días en reposo. Salir corriendo cómo lo hice me jugó una mala pasada y el maldito tobillo volvió a hincharse. Estar en cama las veinticuatro horas del día había sido una de las cosas más espantosas a las que había tenido que someterme. Estar esperando a que todos vengas a ti para vestirte, traerte la comida y hasta para ir al baño no era para nada divertido. Sobre todo porque no podía hacer tus necesidades bien mientras un maldito criado está esperándote en la misma puerta y para colmo hasta en la bañera necesité un supervisor. Resumen: semana del infierno parte dos. Puse los ojos en blanco mientras miraba por el carro la gente pasar por la acera. Al fin logré volver a la rutina, y me costó horrores conseguir que mi tía me dejara salir de nuevo como todas las mañanas, pero al parecer prefería perderme un rato de vista a tenerme a su vera todo el maldito día. Así que, conseguí salirme con la mía, por así decirlo. -Y recuerde, señorita-me advirtió el cochero .-Debe estar aquí para la hora de... -Para la hora acordada-lo interrumpí con un tono de voz cansado. Había salido tarde casa por culpa de las advertencia de mi tía y si ahora este señor me iba a salir con el mismo cuento llegaría tarde.-Sí lo sé, mi tía ya me advirtió de eso. -Compréndame.-el hombre respiró hondo.-Casi pierdo mi empleo por ese altercado, su tía me tiene en el punto de mira, así que me no ponga las cosas más difíciles. -No se preocupe-le aseguré -Yo soy la primera que no quiere buscarle las cosquillas a mi tía. Me miró agradecido y a la vez con un atisbo de desconfianza, aunque luego hizo a los caballos relinchar para poner el gran carromato en marcha. Esperé unos momentos para perderlo de vista lo suficiente y después crucé la acera sin siquiera mirar si alguien venía o no. Así ocurrió, que un hombre me pitó con su coche y me dijo de todos menos bonita. -¡¡Mira por donde vas, mocosa!!-me gritó, aún aporreando su claxon. -¡Y usted aprenda a conducir!-le grité malhumorada, llegando a la próxima acera de mal humor. «¿Pero qué se creía ese cascarrabias? Es él quien debería tener cuidado» Llamé al timbre de la gran mansión Agreste, aún refunfuñando y esperé a que el ama de llaves me abriera la puerta. En cuanto lo hizo mis ojos se precipitaron al gran reloj de la entrada. «Maldición, diez minutos tarde» -Buenos días, señorita-me saludó la mujer, haciéndose a un lado para permitirme el paso.-El señor Agreste la está esperando arriba. Me maldije internamente y enseguida me precipité a las escaleras para subir a la sala de entrenamiento. «La puntualidad será necesaria» Abrí el gran portón de golpe, con el corazón amenazando por salir de mi boca y cuando irrumpí en la estancia, recuperando el aire, me encontré a Adrien de espaldas, mirando por el gran ventanal de cristal que daba a la calle. Parecía estar inmerso en la calla, jugueteando con la espada de esgrima que tenía en sus manos. Me mordí el labio inferior y aprovechando su distracción, traté de caminar con sigilo a la habitación donde solía ponerme el uniforme. -¿Acaso su tía no la ha enseñado a mirar a la carretera antes de cruzar?-dijo entonces. «Maldición» -Es que... ¿Me ha visto?-pregunté, encogiéndome sobre mi misma. -Llevo esperándola diez minutos y en lugar de gastar tiempo se me ha ocurrido mirar por la ventana para ver por donde venía.-Se giró sobre sus talones y caminó hacia mí aún con su espada en mano.-Por cierto, hoy no se va a poner el uniforme, entrenará así, tal y como viene.-dijo, cambiando de tema de golpe, con una máscara de hielo que me hizo ponerme nerviosa. Agarró otra espada y me la lanzó para que la cogiera al vuelo. -¿Qué?-pregunté, confundida, atrapándola con torpeza.-No puedo entrenar con éste vestido. -Pues tendrá que apañarse porque no voy a perder más tiempo del que me ha hecho perder-en ese momento, levantó su espada y se dispuso a hacer su primera estocada, pillándome completamente desprevenida. tuve el tiempo justo para utilizar mi espada para evitar que me diera y por casi me tropiezo con mis propios pies. Esbocé una mueca y traté de responder a sus ataques, firmes y precisos, sin ninguna posibilidad de tregua por su parte. -Quiero comprobar que todo éste tiempo que ha estado en la cama, no se ha olvidado de todo lo que hemos aprendido.-a pesar de que estaba realizando todo tipo de ataques y contrataques, su voz no se escuchó entrecortada y cansada, a diferencia de la mía.-No me gustaría que todo mi trabajo no haya servido para nada. Sus ataques eran demasiado rápidos y precisos, apenas me daba tiempo a responderle. No paraba de retroceder hacia atrás, huyendo de sus múltiples movimientos. -Pues si de verdad quiere resultados, debería haberme dado tiempo para prepararme-reproché a la vez que trataba de defenderme. -Si en algún momento la atacan, no le dejará tiempo para que huya o realice un contrataque-me soltó sin detenerse ni por un instante.-¿No era eso lo que quería?¿Qué la enseñara a defenderse? Pues así es como me gusta enseñar y si quiere seguir con mis clases, tendrá que ir acostumbrándose. «¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué actuaba así conmigo? ¿Por qué parecía enfadado?» Realizó su último contraataque y mi espada salió dispara hacia atrás, cayendo estruendosamente sobre el suelo de mármol. La punta de su espada rozó la parte alta de mi pecho y su mirada, fría y serena me taladraba cómo el filo de un sable. Mis ojos se entrecerraron y no pude evitar fulminarlo con la mirada. Cerré mis manos en puños y sin pelos en la lengua solté lo primero que se me vino a la cabeza. -¡¿Pero qué pasa contigo?!-le grité, indignada. -No, más bien ¿Qué pasa con usted? Porque siento decirle que su defensa ha sido lamentable.-me soltó. -¡Me importa un pimiento como sea la defensa! ¡Un día me tratas bien, te preocupas por mí, me ayudas con mi tía y me dices que nos tuteemos cuando estemos a solas-comencé a caminar hacia atrás, alejándome todo lo posible de él mientras aventaba mis brazos por todas las direcciones-¡Y hoy me vienes con tus insistencias y tus clases horripilantes, no me dejas tiempo para cambiarme y encima vuelves a hablarme como si fuera una vieja de ochenta años! ¡¿Qué se supone que pasa?! O más bien... ¡¿Qué se supone que no debería haber pasado?!-en ese momento mi espalda chocó con una superficie transparente que comenzó a temblar. Me giré de golpe y contemplé con espanto cómo los trofeos de la vitrina de la sala de entrenamientos comenzaba a tambalearse hasta ir cayendo uno tras otro al suelo haciendo un horrible que se me metió en los tímpanos. Los más resistentes-de metal-no fueron mal parados, pero los de cristal no tuvieron tanta suerte: se hicieron añicos y uno de ellos con forma de esgrimista se quedó sin cabeza. Me quedé paralizada, observando aterrada el desastre que acaba de formar. «Oh Dios mío» Me giré poco a poco hacia Adrien, que tenía una expresión aún más seria y más molesta que antes. -¡Oh Dios mío, lo siento, lo siento mucho!-grité, escandalizada, llevándome ambas manos a la boca. -Me ha llevado años conseguir esos trofeos-dijo en voz baja, mirando los restos esparcidos por todas partes.-Son la mitad de mi carrera como esgrimista. -¡Lo siento, lo siento, lo siento!-me tiré al suelo al instante y comencé a recoger cada base, cada cristal y cada pieza que encontraba por mi camino.-¡Soy un desastre, un maldito desastre! Cogí todo lo que pude para dejarlo sobre el estante pero justo en ese momento todo se me volvió a caer haciéndose aún más añicos. Miré aterrada la escena, evitando la mirada de mi profesor mientras volvía a agacharme para recoger los restos. No quería ni mirarlo, no quería ver su expresión colérica ni sus reproches cargados de doble sentido. Después de esto no estaba muy segura de si volvería a dejarme poner un pie en ésta casa. Pero, el sonido de unas risotadas sinceras a mis espaldas captó mi atención. Me giré lentamente, pensando que tanta cólera junta lo había vuelto majara, pero para mi sorpresa, Adrien estaba riendo a carcajada limpia cómo si estuviese viendo el mejor espectáculo del mundo. Lo miré confundida, observando cómo se reía en mis narices. -¿De qué se ríe?-le pregunté con el ceño fruncido-. ¿Es qué no ve que acabo de cargarme media vida de carrera? Sin dejar de reírse, me miró y aunque intentó hablarme, las risotadas se lo impedían. -¿No...No está enfadado?-titubeé. -Claro que lo estoy-dijo y a pesar de que se había contenido un poco, aún una pequeña sonrisa amenazaba por salir de sus labios.-De hecho, he tenido que contenerme para no echarte a patadas de mi casa, pero ver tu cara de susto es lo mejor que he visto en mi vida. «¿Se estaba riendo de mi cara? ¿Pero qué se creía?» -¿Quieres decir que se está riendo de mí?-inquirí indignada. -¿Y por qué no?-dijo, con esa sonrisa aún bordeando sus labios.-Has destrozado todos mis logros, lo mínimo que podías hacer esa hacerme reír, y ¡enhorabuena! Lo has conseguido. Era eso o echarte de aquí. -¡Oh, pues gracias!-ironicé, molesta por sus palabras, aunque no podía negar que prefería eso a verlo furioso como un ogro.-Me alegra saber que mi cara es un circo. Soltó otra pequeña risotada y negó con la cabeza, intentando volver en sí. -Anda, levántate del suelo antes de que te cortes con los cristales-dijo.-No quiero que estés otra semana en cama por culpa de mis clases. Acaté su pedido porque en efecto, los cristales rotos estaban intentando traspasar mi piel, cosa que no ocurrió gracias a que me levanté con ayuda de Adrien, quien soltó ligeras risitas conforme me ayudaba a levantarme del suelo. Adrien Eso había sido lo más divertido que me había pasado en la vida, jamás había reído tanto, ni siquiera de pequeño y debo reconocer que fue algo raro para estas alturas. La ayudé a pararse y pronto ella se sacudió de su ropa el polvo de cristal que se había espolvoreado en su vestimenta y cuando terminó, evitó mirarme a la cara, era solo cuestión de tiempo, estaba algo avergonzada supongo y el hecho de que me riera de ella no había sido algo muy educado de mi parte. Debía disculparme, aunque parte de la culpa fuera de ella. Carraspeé para llamar su atención y pronto obtuve ese par de enormes ojos azules color cielo clavados en mi mirada. -Escuche... - comencé - Perdón si la he incomodado con mi actitud pero no me esperaba esa reacción-esbocé una mueca al verla intentar recoger los cristales del suelo.-Deje ya de arrastrarse por el suelo, ordenaré a alguien que lo limpie - la tranquilicé. No quería que volviera a lesionarse en otra de mis clases -P-Pero fue culpa mía, yo debería ser quien lo limpie, fue una completa idiotez de mi parte, quisiera compensarlo limpiando el desastre - interrumpió. Suspiré. -Enserio no hace falta, yo arreglaré esto...- le grite a uno de los empleados que caminaba por esta parte de la casa, terminando de limpiar las ventas y vitrinas. -Señor Agreste - saludó con respeto acomodando sus gafas redondas en el puente de su nariz. Era uno de los hijos de mis empleados, muy joven casi de la edad misma de Marinette, normalmente no era mi pero era muy hacendoso y hacía muy bien su trabajo. Por esa razón permitía que trabajase en mi casa sin importar que fuera menor de edad. -Por favor limpia los destrozos y búscame en cuanto hayas terminado, tengo algo que hacer - ordené seriamente dándole una señal a Marinette que me siguiera. En seguida escuché cómo el hombre recogía los cristales del suelo. Por el contrario, Marinette caminó detrás de mi sin decir una palabra, y tampoco es como si yo tuviera algo que decir, ni siquiera sabía porque una cría tan terca y patosa era capaz de sacarme una sonrisa o alegrar el humor de perros que me cargaba siempre con su simple llegada, creo que el que estuviera siempre tan enérgica y llena de vida tenía mucho que ver. Abrí la puerta del siguiente cuarto de ejercicio, lo utilizaba solo de bodega pero supongo que esto iba a servir para esperar mientras esperábamos a que Mario terminara de limpiar el desastre causado por mi alumna. -¿Cancelará las clases por el asunto de los trofeos? - preguntó tímidamente apretujando con sus dedos la falda de su vestido. -Yo no he dicho eso... - comenté caminando hacia la caja marrón rectangular que mantenía conmigo desde que Marinette llegó, si no hubiera destrozado la estantería con mis trofeos, se la hubiera dado mucho antes. Pero una cosa llevo a la otra y aquí estamos. -Entonces, ¿Las clases seguirán en pie? - inquirió con un tono de emoción en su voz. -Claro que si - dije medio distraído mientras posicionaba la caja frente a mi, la mantuve firme frente a mi alumna, que observó extrañada como sostenía aquel objeto en mis manos. -¿Q-Qué es esto? - preguntó anonada viendo de varios ángulos la caja, como tratando de averiguar que podía haber adentro. -Considéralo un regalo por la semana que has tenido que pasar por mi culpa - contesté sin más extendiendo la caja hacia ella. Ella la tomó aún sorprendida y miró en mi dirección. -¿En serio es para mi? - indagó insegura con la caja en sus manos, la caja era tan grande que tapaba la parte superior de su cuerpo. -¿Acaso hay alguien más en ésta habitación? - recalqué casi sin mirarla. Ella abrió la caja con sus blancas y delicadas manos, revisando en su interior, y abriendo y cerrando la boca varias veces cuando descubrió lo que había adentro. Sabía de alguna forma que le agradaría. -No puedo aceptarlo - replicó. -¿Por qué no? Es un regalo, solo considérelo como un material de trabajo para continuar con las clases - expliqué cautelosamente. Ella volvió a mirar con ojos brillosos el interior de la caja y volvió a mirar mi rostro aún conmocionada. -¡Venga! Ve a probártelo - la alenté. Ella sonrió y asintió pasando rápidamente por mi lado para llegar a una estructura corroida donde guardaba las cosas viejas de los estudiantes que se graduaban en mi Academia, lo utilizó como un vestidor improvisado chillando contenta. Sonreí levemente al escuchar esa risa, por alguna razón, me gustaba que estuviera contenta. Escuché el sonido de las prendas caer por el suelo, y de como Marinette se quejaba por no poder desamarrar bien los nudos de su vestido, estuve tentado a ayudarla, pero me di una bofetada mental ante aquel pensamiento, ya no sabía ni que disparates pensar. Aquella vez se tropezó por culpa del uniforme, todos los que tenía eran de varón y aunque le diera la talla más pequeña, para ella aún seguía siendo muy grande. No podía dejarla entrenar en aquellas condiciones. Las pisadas de Marinette se colaron por mis oídos y mi vista fue atrapada por el precio traje blanco de esgrima, que entallaba el cuerpo de la joven perfectamente bien, el blanco del uniforme se perdía con su piel pálida, y el decorado con flores de cerezo a la altura del pecho fue una muy buena idea, ya que contrastaba con sus ojos azul cielo, se veía... «Preciosa» Marinette escondió sus manos en su espalda mirándome con esos expresivos ojos azules, probablemente esperando una opinión sobre su aspecto. -Te ves bien - le dije seriamente, no pensaba decirle realmente lo que se me pasaba por la mente al verla con ese atuendo. Sonreí mientras avanzaba hacia ella, estaba por decirle que las clases se reanudarían una vez que salgamos por esa puerta, Mario ya debe de haber terminado de limpiar. -¿Adrien? ¿Estás aquí? Maldición Mi sonrisa se borró de golpe al escuchar la voz de mi novia y momentos después, la puerta se abrió dejando ver a mi alumna y a mi mismo congelados en el mismo sitio, Kagami también estaba sorprendida, pero no tanto como yo al saber que nos había atrapado infraganti.
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