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3353 Palabras
Marinette Me quedé completamente inmóvil, sin capacidad para realizar movimientos o articular palabras. Sentí la mirada de aquella mujer clavada en mí, como una afilada aguja que atravesada todas mis entrañas. Sus ojos ambarinos se varían fríos y teñidos por el color del desprecio.    No pude evitar tragar saliva y encogerme sobre mí misma y como si mi cuerpo necesitara protección, me escondí detrás de Adrien.    —¿Qué significa todo esto, Adrien? —preguntó, caminando despacio hacia nosotros.—¿No es esa la sobrina de los Cheng?    Adrien ladeó la cabeza para mirarme.    —Será mejor que se cambie —me dijo. —Por hoy las clases han terminando.    Kagami se cruzó de brazos, como si estuviera esperando una explicación.    Asentí obediente, sin abrir la boca ni para tomar aire.    Me di media vuelta, tratando de pasar desapercibida para ambos, pero antes de que pudiera dar dos pasos, Adrien alargó su mano y me detuvo.    —Espérame dentro, tenemos que hablar más tarde—murmuró contra mi oído y un escalofrío surco todo mi cuerpo.    Volví a asentir con nerviosismo y de inmediato casi salí corriendo hacia la habitación que había dicho. No quería problemas, sobre todo con aquella mujer que al parecer había entablado una extraña amistad con mi tía.    Abrí la puerta y asomé la cabeza un poco para verlos antes de cerrarla por completo. Adrien Cuando la vi desaparecer por esa puerta respiré hondo y me aparté algunos mechones de pelo que me caían por la frente.    Me sujeté el puente de la nariz y dije lo que más me angustiaba en aquellos momentos.    —No vayas a decírselo a su tía—dije sin andarme con rodeos. Después de verme a mí con espada en mano y a Marinette con un uniforme de esgrima, podría descartar cualquier rastro de infidelidad por su parte. Pero lo que ahora me preocupaba más era que pudiera salirle con el cuento a la familia Cheng y entonces esos si sería un problemas grande.    —¿Qué no debería decirle? —inquirió fulminándome con la mirada. —Que su sobrina se escapa de casa para aprender esgrima a escondidas. Pues tarde Adrien porque eso pensaba hacer.    Suspiré pesadamente y di un paso hacia ella.    —Si la delatas a ella, también estarás delatándome a mí—dije. —y sabes que eso sí supondría un problema.    —Por favor, Adrien. Parece mentira que no me conozcas a éstas alturas. No pienso delatarte, pero esa pobre mujer debería estar al tanto de lo que esa cría hace.    —No, no puedes hacerle eso. No está haciendo nada malo, solo quiere aprender—dije, intentando hacerla entrar en razón. Si esa mujer se enteraba de esto Marinette estaría en metida en un lío muy gordo.    —¿Pero que te pasa en la cabeza? —gruñó, mirándome como si estuviera loco. —La esgrima es un deporte de hombres, sabes que no nos está permitido practicarlo a ninguna mujer, ¿te das cuenta del lío en el que puedes meterte? Si alguien lo descubre no sólo esa chica estará en un lío sino que tú podrías ir a prisión por desorden público.    —Lo sé—dije con firmeza—. Por supuesto que soy consciente de todo y por eso estoy teniendo cuidado.    —Pues no se nota —ironizó. —Cualquiera podría descubriros. Mismo algún empleado o alguien que pase por esta casa.    —Cuento con su discreción—la interrumpí—y también necesito la tuya.    Me miró, sin ninguna emoción aparente en su rostro y por esa razón muchas veces me costaba entenderla. Kagami era un libro cerrado y había ocasiones en las que creía no conocerla.    —No se si callándome estaré ayudándote, Adrien —dijo. —Puede que la mejor solución sea cortar el problema de raíz. Todavía se puede evitar que la bola se haga más grande.    —Pero es que yo no quiero evitarlo —dije, sin siquiera pensarlo. —quiero seguir con esto. Esa chica tiene todo el derecho a practicar esgrima, ¿en qué clase se persona me convertiría si yo soy la persona que le impide cumplir su sueño?    —La estarías ayudando más si Le quitas esas ideas absurdas de la cabeza. ¿Sabes cómo quedará la reputación de esa niña si esto sale a la luz?    —¿Te preocupa su reputación o la mía?—inquirí esbozando una mueca.    —La de los dos, Adrien. Los dos quedaríais marcados de por vida y no quiero que te metan en la cárcel cuando podríamos estar planificando nuestra boda.    —¿Entonces estás diciendo todo esto porque para ti el único problema que es que la boda no se celebre? —gruñí de mal humor. Siempre conducía los caminos a esa dichosa boda.    —No me preocupa la boda, me preocupas tú—me interrumpió, furiosa. —No quiero que te aparten de mi lado por el caprichito de una adolescente. Mientas ella vive en el mundo de los cuentos y caballeros la realidad nos está golpeando a nosotros dos. Tenemos edad de sentar nuestras vidas y formar una familia y parece que ti te preocupa más satisfacer los sueños y juegos de una niña que los deseos de tu mujer.    Me quedé callado, si palabras que rebatieran su lógica. En parte tenía razón. Todo aquel lío me estaba separando de ella, de la mujer de mi vida y yo apenas me daba cuenta. Pero tampoco podía dejar que la sociedad decidiera por mí y por Marinette.    Cogí aire y apoyé mis dos manos en los costados.    —No diré nada—musitó ella pensativa. —Dejaré que tu solo te des cuenta del error que estás cometiendo y entonces terminarás viniendo a mi para pedirme consuelo y yo estaré allí porque a diferencia de ti, yo jamás de dejaría de lado.    Se giró sobre sus talones y caminó a lo largo de la sala de entrenamiento, con sus tacones resonando por el suelo de mármol.    —Kagami—la llamé, pero parecía que ella no tenía intención de detenerse —¡Kagami!    Giró la esquina y desapareció por el siguiente pasillo. —Joder... —maldije. Dándole una patada al taburete que tenía al lado.    ¿En que momento había montado todo ese problema? ¿ En qué momento había complicado mi vida de aquella forma?    Lo tenía todo: una mujer preciosa, un trabajo por el que había luchado durante años, dinero y una casa por la que muchos pagarían millones.    Tenía las bases perfecta para sentar mi vida de una vez por todas. Para llevar una vida común y corriente que muchos querrían llevar.    Entonces... ¿Qué buscaba de mí mismo? ¿Qué me faltaba para considerar ese tipo de vida feliz?    Clavé la mirada en la puerta donde estaba Marinette y como si la hubiese llamado, ésta la abrió y salió cabizbaja.    Cuando sus ojos se encontraron con los míos, me miró como un cachorro asustado y sin decirme nada, salió a paso ligero de la habitación sin intención ni de decirme adiós.    —¡Eh! —la llamé, pero parecía que su máxima preocupación era salir de allí sin tener que aguantarme. —Oye, ¿donde vas?    Me adelanté a sus pasos y me interpuse en su camino, ocupando la puerta con mi cuerpo.    —Te dije que me esperases en la habitación —dije, frunciendo el ceño. No iba a dejar que se fuera sin antes hablar con ella. —parece que tienes problemas para entender algunas de mis órdenes.    —Es que... No creo que sea una buena idea—titubeó, con la miraba gacha. —Tu novia esta cerca y yo... Yo... No quiero...    —¿Qué no es una buena idea si puede saberse? —la interrumpí.    —Seguir con las clases—dijo. —Ella ya lo sabe y si alguien se entera...    —Ha dicho que no dirá nada—dije—. La conozco y podemos confiar en ella.    —No es solo por ella. Es solo que... No quiero que te metan en la cárcel por mi culpa. Yo no sabía que corrías tanto riesgo enseñándome esgrima y no quiero arruinarte la vida por una capricho mío—hizo afán de esquivarme y salir de la habitación pero yo la cogí por los hombros y la obligué a retroceder.    —Una vez me dijiste, que la esgrima no era para ti un capricho—dije mirándola directamente a los ojos. —sino un sueño.    Vi que en sus ojos aparecía una pequeña capa cristalina que hizo brillar aún más.    —Lo sigue siendo, ¿verdad? —insistí.    —Es lo único que quiero en éste mundo—murmuró con la voz quebrada en las últimas palabras.    —Entonces, merece la pena correr ese riesgo, ¿no crees? —extendí mi mano y con el pulgar limpié una lágrima que surcó su mejilla. —Pero yo no soy el único que corre riesgos aquí. Como Kagami ha dicho si alguien nos descubre, tu reputación estaría marcada para siempre, ¿estarías dispuesta a correr ese riesgo?    —Jamás creí en la reputación—me aseguró. — Jamás me importó la opinión de la gente y si alguna vez mi imagen queda destruida, quedará siéndolo luchando por lo que quiero de verdad.    —Ese es el espíritu de una buena esgrimista—levanté mi mano para que ella la chocará y ambos hicimos una promesa que carecía de palabras pero a su vez iba cargada de sueños y esperanzas. Marinette Sonreí sin poder evitarlo, él tenía razón. Por los sueños había que arriesgarlo todo, y ser una esgrimista había sido mi sueño desde muy pequeña.    No renunciaría así nada más, ya estaba demasiado metida en esta situación como para echar todo para atrás.    —Hablaré con Kagami para que nos deje continuar con las clases el día de mañana sin interrupciones. — informó — por hoy, puedes irte a casa, me imagino que el cochero debe estar esperándote ¿No es así?    Asentí a su pregunta.    —Tengo que llegar antes de que mi tía se enfurezca por no estar en casa a la hora acordada, ese fue el trato para que me dejara continuar mis supuestos "paseos" matutinos— dije rodando los ojos imaginando el discurso que me soltaría sobre la impuntualidad.    Adrien soltó una risilla corta y asintió conforme a lo que le dije.    —Cuídate, y trata de evitar meterte en líos ¿De acuerdo?    —¿Qué? ¿Ahora eres mi papá? — bromeé soltando una risa divertida contagiándolo, ahora ya no era tan complicado hacerlo reír.    Este negó con la cabeza y quedó callado nuevamente.    —Mejor ya me voy — dije rompiendo el silencio — gracias por todo y nos vemos mañana en las clases — parloteé abriendo la puerta de la mansión para poder salir cuando...    —¡Espera! Te olvidas de algo — gritó llamando mi atención antes de salir disparada a la calle.    Cuando volteé la enorme caja yacía en sus manos, en donde permanecía el uniforme que había usado hace unos momentos.    —Esto te pertenece ahora.    Estuve a punto de agarrar la caja cuando una ligera preocupación invadió mi cuerpo.    Si llegaba con esa caja a la mansión, la metiche de mi tía no perdería ni una oportunidad para revisar que es lo que había dentro de la caja, y podría meterme en un lío mayor que el que seguro tiene Adrien con la momia esa.    —Yo... no sé si llevarla a mi casa, mi tía podría obligarme a decirle que es lo que lleva adentro — murmuré apenada.    Adrien enmudeció por un tiempo y luego tomo mis manos colocando en estos la caja.    —Se que se te ocurrirá algo para esconderlo bien, siempre tienes alguna idea. — susurró.    Me sonrojé mientras tomaba la enorme caja evitando su mirada verdosa y llena de confianza dirigida hacia mi, luche para tranquilizar los latidos alocados de mi corazón maquinando un plan para poder esconder mi nuevo uniforme sin que mi tía se enterase.    Por supuesto; ¡Boulian!    Asentí decidida y apreté el regalo de Adrien entre mis brazos como si fuera lo más preciado del mundo. Ya sabía que hacer para esconderlo.    —Ahora puede irse con tranquilidad Señorita Dupain, nos veremos mañana en las clases — se despidió elegantemente decorando su rostro con una hermosa sonrisa.    Asentí embobada tanteando la perilla de la puerta para poder salir a la calle a cuestas con la caja entre mis manos. ...    Los caballos se detuvieron frente a la casa, relinchando y pataleando la tierra donde habían parado, siendo estos inmediatamente tranquilizados por el cochero, abrió la puerta del carruaje y me tendió la mano ayudándome a bajar de este. Una vez que estuve fuera de la carroza, abrasé la caja entre mis manos y agradecí al cochero por haberme traído.    Observé la puerta de entrada y por un momento pensé en correr con la caja hasta mi habitación para esconderla rápidamente, obvio deseché esa idea casi inmediatamente debido al peligro que corría al estar en la mismo sitio que "Doña Metiche"    Suspiré rodeando la mansión hasta llegar al patio trasero donde seguramente estaría Boulian regando las rosas de mi tía.    Efectivamente, estaba regando el jardín y dándole mantenimiento a la fuente que decoraba nuestro patio, al verme no pudo evitar esbozar una sonrisa.    —Marinette, niña ¿Que te traes entre manos ahora? — preguntó viendo la caja en mis manos.    —Necesito que me hagas un favor ¿Podrías Boulian? — imploré juntando las manos con dificulta y haciendo un puchero como lo hacia Tikki para que le diera comida.    —Eso depende — hizo un gesto de pensarlo mucho y luego se encogió de hombros despreocupado — claro adelante, sabes que siempre formaré parte de tus locuras.    ¿Por qué todos dicen eso? No me meto en tantos líos.    —Es una cosa muy simple — sonreí inocentemente — solo quería saber si podrías guardarme esto — le pregunté entregándole la caja.    Este la abrió y se sorprendió al ver lo que había dentro.    —¿Es un traje de esgrima? — murmuró en modo de pregunta.    Yo solo asentí sin demostrar mucha emoción con respecto al regalo.    Este lo observó con detenimiento y luego volvió a cerrar la caja como si no hubiese pasado nada.    —Es de muy buena calidad — soltó de pronto — y se nota que fue mandado a hacer, tiene tus medidas exactas, además de un diseño muy peculiar.    —Pues es que... fue un regalo — murmuré cohibida rascándome con distracción uno de mis brazos evitando la mirada despectiva de Boulian.    —Con que un regalo, ¿eh? —inquirió enmarcando una ceja—. ¿Y puede saberse quien es esa persona con tan buen gusto?    Pestañeé nerviosa, soltando una pequeña risita que me delató.    —Nadie que conozcas Boulian—dije, haciendo un gesto de suficiencia. —Te prometo que muy pronto te contaré todo con pelos y señales. —Prometí y miré nerviosa la puerta de la casa. —Por ahora es un secreto.    —Pensaba que yo era un cajón de secretos y cuando me cierro lo hago en banda—aseguró él. —Pero si aún no estás preparada, esperaré hasta que decidas organizar las ideas en esa cabecita tuya.    Sonreí agradecida y me abalancé sobre él para abrazarlo con fuerza.    —Gracias Boulian—dije, estrechándolo entre mis brazos —tú siempre sabes como entenderme.    —Pues claro, ¿quien sino lo haría en esta casa de rancios? —se burló, mirando hacia la casa donde se podía ver a mi tía desde la ventana.    —Tienes toda la razón, y hablando de ellos, creo que en especial una rancia no tártara en volverse loca si no estoy a punto para la hora del té.    —Entonces ve y ya sabes que si tienen la ocasión, tráeme unas pastas de maquinilla. Debo sacar beneficios como confidente tuyo.—Me guiñó un cojo, cómplice y yo le respondí con una sonrisa burlona.    —Veré que puedo hacer. Adrien Llamé a la puerta dos veces y esperé pacientemente a que me abriera.    Lo único que podía esperar era que fuera ella quien apareciera por el umbral de esa puerta, porque no me hacía ni pizca de gracia ver a los padres, no después de nuestra discusión.    No estaba de acuerdo en las falsas acusaciones que Kagami había soltado ésta mañana, pero tampoco podría juzgarla del todo. Lo que estaba haciendo era jugarme el cuello, enseñarle a una cría esgrima escondidas me podría costar una vida en prisión o en el peor de los casos ir a la pila de fusilamiento.    Y en parte, sabía que eso era lo que más le preocupaba a Kagami, más aún ahora que tiene un futuro de casados conmigo.    Respiré hondo y en cuanto escuché el pomo de la puerta girar, oculté mi rostro entre el gran ramo de flores que había comprado.    Cuando una mujer salió, lo primero que hice fue fijarme en sus zapatos. Esas sandalias de piel con plataformas que deberían estar prohibidas pero ella nunca se quejaba, así que yo tampoco.    Sonreí para mí mismo y me aclaré la garganta.    —¿Es esta la casa de la mujer más hermosa de París? —pregunté, exagerando mi voz para sonar convincente    La vi cruzarse de brazos por entre las flores y cuando vi su expresión incrédula me asomé por la derecha del ramo.    —Sorpresa —dije, esbozando una sonrisa que delataba todo mi nerviosismo.    —¿Pretendes comprarme con flores? —inquirió.    —No, pero sí puedo pedirte perdón—le extendí el ramo para que pudiera cogerlo entre sus manos y me llevé una mano a la nuca. —Sé que te he hecho daño ésta mañana.    Kagami se acercó para oler las flores y sonrió, enternecida por el gesto, aunque luego me miró con tristeza.    —No piense que cambiaré de opinión con regalos bonitos, Adrien. —dijo, dejando el ramo sobre la cómoda que había en la entrada de la casa. —Sigo pensando que lo que estás haciendo es una completa locura.    —Lo sé, eso no puedo cuestionártelo. Es una locura. —dije, levantando mis manso con inocencia.    Ella enarcó una ceja y esperó a que continuase.    —Pero no puedo detenerla ahora que he empezado todo, como te dije antes—confesé.    Kagami respiró hondo y agachó la cabeza.    —Parece que no puedo hacerte cambiar de parecer—musitó.    —Me temo que no—me acerqué a ella y agarré una de sus manos. —¿Están tus padres?—pregunté recorriendo con la mirada todo mi alrededor.    No quería hablar de este tema con moscones asomándose por las paredes.    —No—dijo. —Han salido para tratar algunos asuntos de negocios. —suspiro por lo bajo y levantó la cabeza para mirarme—Adrien, mira, yo no quiero ser la que te corte la alas. Te quiero y no quiero que pienses que soy una controladora compulsiva que no te deja hacer nada. Si hoy me he puesto así es porque estoy preocupada.    —Lo sé. Y te lo agradezco, pero también te pido que confíes en mí —dije —. No estoy haciendo esto porque necesite diversión. Quiero hacer las cosas bien y cambiar las reglas. Y no lo hago solo por esa chica sino también por ti. No quiero que miren a mi futura esposa como mi perrito faldero, sino como la mujer valiosa que eres, ¿entiendes, verdad?    Aprecié un brillo especial en sus ojos y aunque le costó, terminó por sonreír.    —Está bien—susurró, tan bajo que apenas la escuché.—Confiaré en ti, Adrien.    Le sonreí con ternura y la atrae hacia mí para envolverla entre mis brazos.    —Gracias—deposité un casto beso en su cabeza y la sujeté con más fuerza—. No me extraña que me enamorara de ti.
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