XI

3776 Palabras
Tres semanas más tarde.  Marinette —Esa sí que ha sido una buena estocada—Adrien soltó una pequeña risotada y se secó algunas gotas de sudor que caían por su frente. —Y ese giro que has dado al final, ha sido ¡Wow! No sé si eso está permitido en esgrima, pero debo decir que me ha impresionado. —¿Tú crees? —pregunté emocionada. Di un pequeño saltito y lo miré fijamente con ojos brillantes. —No lo creo, lo sé—esbozó una sonrisa ladeada y me guiñó un ojo. —Vas a tener que torcerte el tobillo más veces porque parece que eso te pone pletórica. Habían pasado varias semanas desde que Kagami, la pareja de Adrien, había destapado nuestras clases secretas de esgrima. Reconozco que, al principio, llegué a pensar que aquello había supuesto el pase perfecto para tirar por la borda mis clases, pero, sorprendentemente, nos ayudó a mantenerlo oculto, y no solo eso, parece que después de aquello y sobre todo, después de la promesa que Adrien y yo hicimos, ambos nos habíamos vuelto más cercanos. Y ni siquiera, sabía cómo habíamos llegado a tal punto, pues Adrien Agreste, el hombre de hielo ahora bromeaba y me hablaba con una confianza que aún me costaba asimilar. Supongo que fue el tiempo el que hizo de las suyas, porque ni siquiera me había dado cuenta de cómo nuestra relación había avanzado y no me refiero a una relación como pareja, ¡puaj! ¡No! Adrien seguía babeando por la reina del hielo, es decir su noviecita y yo me había convertido algo así como una amiga, o mejor dicho una hermana pequeña, porque a veces tenía la sensación de ser un bebé. Me trataba como si fuera una cría la mayor parte del tiempo y no me quejaba, de hecho, Adrien era muy bueno conmigo, siempre tenía cuidado para evitar posibles lesiones y me daba consejos sobre cómo actuar y comportarme para no meterme en líos. Sí, el letrero de hermano mayor e incluso papá estaba escrito en su frente. Aunque a veces me molestaba un poco, debo reconocer que me gustaba muchísimo más aquel Adrien protector que el Adrien con la coraza de hielo, soso, frío, educado y tremendamente aburrido. En cierto modo, me sentía bien por haber logrado abrirlo y descubrir que debajo de todo eso era una persona complemente diferente que se refugiaba en un papel que no era suyo pero que necesitaba para pertenecer a una sociedad basada en la separación de clases, sexos y razas. —A este paso seré mejor que tú—dije, mirándolo con bribonería. —Sigue soñando con eso, bichito. —pasó por mi lado para colocar las espadas y me revolvió el pelo con su mano. Ahora le había dado por hacer eso y extrañamente me gustaba tanto como me molestaba. —Porque solo lo verás en tus sueños. El maestro se queda de maestro y la alumna se queda como alumna. —Sí, claro—puse los ojos en blanco y lo seguí por detrás, haciéndome la desinteresada. —Eso lo dices para quedarte por encima y no subirme a las nubes. Pero, no te va a funcionar, ya lo has dicho y no puedes hacer nada, ¡te he impresionado y lo sabes! —¿Te han enseñado alguna vez lo que es la modestia? —preguntó, haciéndose el idiota. —Sí, esa cosa que es no creerse mejor que los demás. —Mira quien fue a hablar—le dije con retintín. —El profesor siempre será el profesor y la alumna siempre la alumna—puse voz de hombre, imitando sus palabras anteriores y eso lo hizo reír. —Eso no es modestia, es la verdad. Recuerda que el que enseña aquí soy yo—aseguró, dándose la vuelta para ayudarse sobre la mesa de madera donde estaba una gran sección de espadas de esgrima. —Pero es no quita el hecho de que algún día pueda superarte. —Ese día no llegaría si decido cortar las clases, ¡oh! qué pena, me libro de la niña pesada que se cuela en mi casa todos los días—ironizó, esbozando una sonrisa ladina. —¡Oye! Fuiste tú el que me sugeriste dar las clases de esgrima—me quejé, inflando los mofletes. —«Mañana la espero a las nueve, en el edificio que hay al lado del ayuntamiento. No llegue tarde»—volví a imitar su voz, extendiendo mis brazos para parecer más corpulenta. —Claro que no. No fuiste tú, era un espectro aburrido que te había absuelto por completo. —Tengo que parecer serio para que me respeten—dijo, riendo por mi comentario. —Y creo que debería ser otra vez así contigo, porque creo que estás cogiendo demasiadas confianzas. —¡Por Dios, no! —exclamé. —Prefiero desistir antes que tener que soportarte otra vez en ese plan. Miré el reloj que estaba colgado y vi la hora. Ya debía irme antes de darle motivos al cochero para montar un escándalo. —Siendo serio, parezco más interesante—aseguró, pensativo. —No, más bien un soso aburrido—le corregí, caminando hacia la habitación donde me cambiaba. —Aburrido sí, pero bien que me mirabas como un corderito asustado—caminó por mi lado y se situó delante de mí con una sonrisa torcida. —Cuidadito, bichito. Recuerda que sigo siendo tu profesor y deberías hablarme con más respeto. De hecho, tenía una sorpresa para ti, pero por esta falta de modales, te vas a quedar sin ella. —¡¿Una sorpresa?!—exclamé, abriendo mucho los ojos. Me encantaban sus sorpresas, la última vez fue un uniforme de esgrima de mi talla y ahora... ¿Mi propia espada? ¿Una clase con el resto de sus alumnos? —¡¿Qué es?!—pregunté, arrimándome más a él para que me lo dijera. —No. Ya no—me esquivó, haciéndose el ofendido y caminó hacia su despacho. —¡Venga, dímelo! —insistí, interponiéndome en su camino mientras caminaba hacia atrás. —Por favor, Señor Agreste, ¿podría decirme de qué se trata? —sonreí con inocencia. —¿Así mejor? —No. —negó con la cabeza, intentando parecer serio, aunque una pequeña sonrisa amenazaba por salir de sus labios. —Aunque me gusta cómo suena eso de Señor Agreste, creo que deberías volverme a llamar así. —¡Sí, claro! Llamarte como si tuvieras ochenta años es muy divertido—refunfuñé molesta. Me estaba toreando y cuando más cansineaba. más reacio estaba a darme esa supuesta sorpresa. —Hoy he hecho todos los ejercicios bien, ¡venga, me lo merezco! —La segunda estocada ha estado muy floja. Tendría que pensármelo—dijo, evadiéndose del asunto. «Como le gustaba que le suplicara», refunfuñé para mis adentros. Lo fulminé con la mirada, odiándolo muy fuertemente en aquellos momentos. Una cosa que no había cambiado de él era su forma de hacerme enfadar. Sus chistecitos con dobles intenciones no habían acabado. No. Se habían vuelto aún peor. Ante mi cara y mi expresión, soltó una pequeña carcajada. Negó con la cabeza, con esa expresión de «no tienes remedio» a la que ya estaba acostumbrada. Sacó de su bolsillo dos papelitos y los movió de un lado a otro enfrente de mis narices. —Espero que no tengas planes para esta noche—dijo con una sonrisa burlona. —Una cena aburridísima con mi tía, ¿qué es eso? —le arranqué prácticamente las dos tarjetitas y leí su contenido mientras mis ojos se agrandaban cada vez más. —¡OH DIOS MÍO! —"Oh dios mío", no ¡Oh, Adrien! —me corrigió, mirándome con orgullo. —Se me ocurrió que te gustaría venir. Iba a decírselo a Kagami, pero todo esto de las espadas a ella no le va mucho así creí que tú podrías aprovecharlo aún mejor. ¡Eran dos entradas para ver una competición de esgrima y competiría Monsieur Dargençour, el mejor esgrimista de todo Francia! —¡Obvio que sí! —di un pequeño saltito emocionada. —¡Por favor! ¡Es Dargençour! ¡No me lo puedo creer! —Pues créetelo—dijo, metiéndose ambas manos en los bolsillos. —Porque esta noche lo vas a ver, así que prepárate y ponte algo bonito. —Enserio, gracias, gracias—me abalancé sobre él, abrazándolo en el momento en el que menos se esperaba y por poco lo tiró hacia atrás. —¡Eh, cuidado! —se quejó, sacando las manos de sus bolsillos para sujetarme de la cintura. —No querrás que se me rompa una pierna a estas alturas. Me separé de él al instante, metiendo algunos mechones de cabello detrás de mis orejas. —No. No, lo siento—murmuré de golpe. —Pero, ¿cómo iremos? —En mi coche, esta noche—aseguró, carraspeando después de mi espontánea reacción. —¿Crees que tendrás problemas con tu tía? —No—mentí al instante. Sabía que esquivar a mi tía y salir de casa no sería nada fácil. Pero tampoco quería perder una oportunidad como esa por su culpa. —Me las apañaré, esperaré a que se vaya a la cama y ¡pam! me fugo cuando menos se lo espere. Sonrió divertido ante mis palabras. —Solo ten cuidado de que no te pille—dijo, quitándose los guantes del uniforme para dejarlos sobre un estante. —Tampoco quiero que te metas en un lío por esto. —Claro que no...—dije, aunque no pude evitar sonar más insegura de lo que me habría gustado. —Te esperaré por detrás de la casa. Aparcaré en la calle de enfrente, ¿vale? Yo estaré fuera, echando un vistazo—me avisó, emprendiendo la marcha hacia su despacho. —Y como siempre, puntual. Me advirtió, señalándome con el dedo índice y desapareció por la puerta. Sonreí emocionada, aguantándome las ganas de gritar por todo lo alto. Iba a ver un espectáculo de esgrima y no solo eso, ¡a mi ídolo! Solo había un problema y era ingeniármelas para salir de la casa completamente ilesa. ... Me miré en el espejo con una enorme sonrisa, aún no podía creer que vería con mis propios ojos un espectáculo de esgrima con Monsieur Dangençour, mi ídolo desde que era solo una niña. Respiré profundo y acomodé la falda de mi sencillo vestido una vez más para que no me incomodara al correr. Y eso era lo principal si quería darme a la fuga. Miré mi cabello e hice una mueca al ver que el peinado en un chongo, se había desarmado desparramando mi cabello por mis hombros. Bufé exasperada y me crucé de brazos molesta. «Será mejor dejarlo suelto» Quité los palillos que supuestamente sostenían mi cabello y eché algunos mechones por detrás de mi espalda acomodándolo en un ángulo que no me estorbara al momento de correr. «Excelente, un problema menos, ahora... llegó el momento de huir» Caminé en silencio hasta mi puerta apagando las luces y cerrando con cuidado la puerta una vez que salí. Eché el pestillo desde adentro por si acaso a mi tía se le ocurriera entrar. Si en cuyo caso no logra abrirla y nadie le respondía, asumiría simplemente que me dormí y no daría más lata. Con los nervios instalándose en mis venas, caminé por los pasillos y me metí por el corredor de la cocina que conectaba con la sala de estar, si llegaba ahí sin hacer ruido y sin ser vista, habría logrado mi objetivo. «Vamos Mari tú puedes, un paso, dos pasos y luego...» —¿Señorita? Juré que el alma se me había salido por unos instantes. Justo cuando estaba por salir de la cocina giré lentamente mi cuerpo hasta encontrarme con una de las criadas de mi tía, Rose. Mi cara estaba más pálida que el mantel de la mesa y mi cuerpo temblaba de nervios por haber sido descubierta a estas horas de la noche en la cocina tratando de ir a hurtadillas. —Ah ¡Hola Rose! ¿Cómo estás? — pregunté nerviosamente quedando frente a ella unos metros y tamborileando mis dedos en la falda de mi vestido con una sonrisa súper nerviosa tiritando de mis labios. La mucama arqueó una ceja en señal de confusión y se acercó hasta mi observándome con ojo crítico. —¿Qué hace aquí a estas horas de la noche? ¿No dijo que se iría a dormir temprano? — sí, había olvidado ese pequeño detalle, para evitar estar con la gruñona de mi tía en una cena donde nombraría todos mis pésimos modales en la mesa, me abstuve de ir y le dije a mi tía que no cenaría esa noche por falta de apetito y por qué quería dormirme temprano, una cruel mentira, ya que era una simple excusa para poder ir a arreglarme antes de ir al torneo. Funcionó bien, hasta ahora. —Si yo... me arrepentí el no haber cenado solo, estaba buscando algo que picotear para matar el hambre — reí nerviosamente. Rose ladeó la cabeza aún más extrañada y se dio cuenta de cómo iba vestida, se cruzó de brazos seria y me miró reprobatoriamente. —Así que, ¿vino a buscar hogazas de pan a estas horas de la noche vestida de calle? — rebatió mirándome con una sonrisa de «¡Ya te atrapé!» Suspiré y arrojé mis brazos hacia la frente derrotada. Me había descubierto. —Por favor, no me delates — rogué acercándome desesperadamente a ella — Voy a asistir posiblemente al evento de mis sueños y no puedo simplemente no ir, es una gran oportunidad para mi ¿Entiendes? — supliqué haciendo ojos de cachorrito. Ella miró por detrás suyo para asegurarse de que no había nadie y me levantó del suelo donde estaba arrodillada implorándole, y empezó a hablarme sin las formalidades de antes. —Sabes que jamás te delataría Marinette, no es la primera vez que me quedo de guardia por la noche. Deberías confiar en mí más a menudo, no todos en esta casa somos como tu tía— reprochó sujetando mis manos. —Y claro que confío en ti, Rose — la abracé dejándome llevar por ese sentimiento de culpa al no haberle revelado mi mayor secreto a uno de mis grandes apoyos en aquella casa. —Escúchame —me zafé del abrazo delicadamente sujetándole de los hombros y la miré a los ojos — te lo explicaré todo cuando regresé, pero por ahora por favor, solo, ayúdame a salir y cúbreme por si mi tía se despierta — imploré. Rose se quedó pensando un rato y luego suspiró conteniendo una sonrisa. —Qué clase de amiga sería si no te ayudo con esto, vamos — dijo rápidamente jalándome hacia la sala de estar y asegurándose de hacer el menor ruido posible, metió la llave en la cerradura y me abrió la puerta, luego se dirigió hacia mí y tomó mis manos. —Mira, no sé de qué va esto, pero por favor, diviértete ¿de acuerdo? Te lo mereces después de todo. — pude ver incluso que un par de lágrimas querían escapar de sus ojos, Rose siempre era la más sentimental de las dos. Limpié con cuidado las gotas salinicas que resbalaron por sus mejillas y la abracé con fuerza. —Lo haré — murmuré — y te prometo que cuando todo esto acabe, te explicaré todo de principio a fin. —Ya vete por ahora, tu tía podría despertarse y yo, estoy lista para cubrirte — me guiñó un ojo — ahora Marinette tiene jaqueca, y no tiene ganas, de recibir a nadie. — dijo pronunciando la excusa que daría en caso de que las cosas con mi tía se pusieran algo problemáticas. —Gracias, Rose. Te debo una — susurré con una sonrisa y corriendo hacia la parte trasera de la casa para encontrarme con Adrien. Busqué con la mirada su flamante coche, identificándolo de inmediato al ver el único vehículo estacionado al frente de la calle. Corrí despavorida hasta llegar al vehículo y toqué tres veces el vidrio con mis nudillos esperando a que el me abriera. Adrien se percató de mi presencia y abrió la puerta del copiloto para que pudiera ingresar a su auto. —¿Preparada? — preguntó divertido cuando vio que no podía ocultar mi excitación al saber que iríamos a ver a mi ídolo de toda la vida. —¡Muchísimo! Arranca, Arranca, ¡Arranca! No quiero perderme de ni un solo minuto — grité emocionada observando como Adrien rodaba los ojos y ponía en marcha al vehículo. —Trata de no estar tan efusiva cuando lleguemos — advirtió instalando sus ojos frente a la carretera. —No prometo nada — informé observando desde la ventana el recorrido por las calles de la bella ciudad de París. Mi mente divagaba en cómo sería aquel lugar y quienes irían, si podría conocer a Monsier Dangençour o si podría pedirle al menos un autógrafo. Eran tantos pensamientos soñadores que era casi inevitable para mi dejar de sonreír. —Es aquí— escuché decir Adrien deteniendo el coche y apagando las luces para salir del asiento del conductor y abrirme la puerta ayudándome a salir de este. —Gracias — dije soltando su mano para entrar a donde sería el torneo de esgrima, podía escuchar desde afuera los gritos y barras que pronunciaba la gente. Apenas lo esperé, salí prácticamente disparada hacia el edificio. —Espera—Adrien me agarró del brazo con cuidado y me hizo retroceder. —No vayas con tanta prisa, recuerda que tenemos que ser cuidadosos. Sacó del coche un sombrero de mujer, de esos que odiaba con toda mi alma y me negaba a poner. De esos que mi tía compraba y al final terminaba tirándolos por ahí, fingiendo que se los llevaba el aire. —Esto es para ti—me colocó el sombrero, asegurándose de no despeinarme y después llevó una de sus manos a mi mentón para obligarme a mirarlo. —Ahora sí estás lista. —¿Qué es esto? —esbocé una mueca y miré hacia arriba como si pudiera ver más allá de mi cabeza. —No me gustan los sombreros, es más, los odio. —Pues vas a tener que hacer un esfuerzo por llevarlo esta noche, al menos hasta que no haya tanta luz. —dijo, desplazando su mirada hacia la fachada del local. —Es mejor que no te reconozcan, y tú y Kagami tenéis el mismo color de pelo, así que cuanto menos te vean la cara mejor para los dos. No me apetece salir en portada de ningún periódico. En parte, tenía razón. No era plan de que me reconocieran con Adrien y si al día siguiente aparecía en las noticias, todos mis esfuerzos por no ser vista por mi tía se irían por la borda. Asentí, no muy convencida y pensando en qué momento podría deshacerme de él, más aún sabiendo que podía ser de Kagami. Adrien hizo un gesto con la cabeza, indicándome que nos acercáramos a la gran puerta del establecimiento. Desde afuera Adrien le enseñó los boletos al portero y este nos dejó entrar mencionando un bajo "Disfruten del espectáculo". Agarré el brazo de Adrien emocionada y nos dirigimos donde provenía el escándalo. Estaba súper emocionada por llegar. —Marinette, tranquila — masculló Adrien siguiendo a duras penas mis pasos. —Corre más rápido, Adrien — grité ignorando sus palabras — quiero ver más de cerca la batalla. Adrien bufó y nos apresuramos a llegar casi al principio de la fila para observar mejor. El sitio no era muy grande, pero tampoco demasiado pequeño. Había varias mesas y sillas que rodeaban un gran escenario en el centro donde el campeón ya estaba haciendo pequeñas estocadas en el aire, ensayando para la competición. Me quedé embobada mirándolo, su forma de mirar, sus movimientos, la posición de sus pies. Todo en él era como en los periódicos nada que envidiar a las fotos. De pronto choqué contra alguien dándome de lleno en la nariz hasta casi hacerme caer, menos mal que Adrien me atrapó. Cuando alcé la mirada mis ojos se toparon con unos azules grisáceos que estaban detrás de unos anteojos. Pestañeé varias veces confundida, víctima de la intensidad de su mirada, vacía y sin apenas emociones. Sus labios fruncidos en una fina línea y su cuerpo rígido, echado adelante. Retrocedí atemorizada hasta chocar contra el pecho de Adrien, quien miró al hombre con una expresión seria, y este de igual forma no mostraba emoción alguna en sus facciones. —Adrien. —Padre —espera... ¿¡Padre!? Miré en dirección al hombre frente a nosotros y luego miré a Adrien con asombro. El hombre dirigió una mirada hacia mí y con algo de sorpresa observé como tomaba una de mis manos y colocaba un beso en mi dorso. «Ok, esto es extraño» —¿Quién es la hermosa dama que te acompaña, Adrien? — preguntó ahora poniendo su atención en Adrien, quien se puso rígido al instante. Carraspeó y logró poner su mejor cara de "Todo está perfecto". —Padre, te presento a la señorita Marinette Dupain-Cheng, sobrina de la señora Cheng, una de tus socio-comerciantes —presentó. —Ya veo — la voz del hombre era totalmente monótona, casi no parecía revelar ninguna emoción. — me sorprendió mucho que no llegaras con Kagami a este tipo de eventos, considerando vuestra... estrecha relación. Adrien se tensó ante este comentario. —Kagami estaba indispuesta hoy, así que consideré que invitar a la sobrina de la Señora Cheng sería más práctico que venir solo. —Muy inteligente de tu parte. —A propósito, padre, también me sorprende verte aquí, si no es mucha molestia, me dirías que haces en este tipo de lugares, creí que no era tu estilo — mencionó de igual forma mirando a su padre a los ojos. —Tal como a ti, me han invitado por crear el último diseño de sus trajes de esgrima, consideré que era una falta de respeto no venir — admitió. —Comprendo — masculló— en ese caso, nos retiramos padre, no te quitamos más el tiempo —En efecto, nos veremos luego Adrien, señorita — tomó nuevamente mi mano y la llevó a sus labios. Enviando una ligera sonrisa casi imperceptible, pero que no pasó desapercibida para mi —Adiós, señor Agreste — murmuré siguiendo a Adrien una vez que este se marchó de nuestro campo de visión.
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