CAPITULO 4

2017 Palabras
Narra JENNA Cualquiera que fuese la conversación entre Dante y su padre, salió mal. Cuando se abrió la puerta de mi habitación, celda, prisión, lo que fuera, y Dante entró, no pude contener el grito ahogado que se me subió a la garganta. Tenía la cara hecha un desastre. Tenía la mejilla y el labio partidos y la mandíbula hinchada. —¿Qué ha pasado? Dereck entró por la puerta con un botiquín de primeros auxilios. Rodeó a Dante y me lo puso en las manos. —Tu prometido va a necesitar algunos remiendos —dijo. El mundo a mi alrededor se congeló y parpadeé una vez. Dos veces. Había oído lo que dijo, pero mi mente se negaba a entenderlo. —¿Mi qué? Dante volvió los ojos ardientes hacia su hermano. —Lárgate, imbécil. Dereck sonrió, aunque no fue una sonrisa agradable. —¿Ves? Te he arrancado la tirita. —Dereck. —Dante exhaló la palabra como una amenaza, y el otro hombre desapareció de nuevo en el pasillo. Podíamos oír su risa a través de la puerta—. Ese hijo de puta —gruñó Dante antes de volver a centrar su atención en mí, y pude ver que la herida de su mejilla sangraba—. ¿Sabes hacer primeros auxilios? —preguntó bruscamente. Miré el botiquín que tenía en las manos. Era bonito y, por su peso, estaba bien surtido. —Sí —dije y le hice un gesto para que se sentara en la silla a la que me había esposado—. Siéntate. —Al sentarse, la respiración de Dante se agitó, como si el movimiento le hiciera daño. Tenían que ser las costillas, pero tendría que ver para asegurarme de que no le pasaba nada—. ¿Puedes quitarte la camisa? Los ojos de Dante se clavaron en los míos. —¿Por qué? —Estoy bastante segura de que tienes las costillas rotas, pero quiero comprobar los hematomas para asegurarme de que no es más grave. La sorpresa en su cara fue sólo un poco insultante. Me miró como si acabara de revelarle algo importante. —¿Y qué sabe una mensajera de medicina de urgencias? — preguntó. —Pasé años cuidando de mi madre mientras moría de cáncer. Aunque no tuve mucho éxito en esa empresa, puedo revisarte las costillas —le respondí—. Quítatela. Se quedó callado, estoico, por un momento. Luego: —Sólo ayúdame con mi mejilla, ¿de acuerdo? Lo último que quería era empezar una discusión, pero era evidente que le dolía algo. ¿Qué pasaría si tuviera una costilla rota clavándose en uno de sus pulmones, o una hemorragia interna o algo así? Le toqué ligeramente el hombro. —Realmente creo... Me apartó la mano, apretando los dientes por el movimiento. —Me importa un carajo lo que pienses —espetó, con voz grave y peligrosa—. Puedes cortar esta mierda ahora mismo. Si digo que estoy bien, es que estoy bien, ¿de acuerdo? Un temblor me recorrió. Incluso cuando se enfadó, su cara se había vuelto plana y fría. Era exactamente la misma expresión que tenía cuando disparó a aquel hombre en el bar. —De acuerdo —cedí—. Sólo la mejilla entonces. Dejé el botiquín y saqué lo necesario para limpiar y vendar la herida. Vi que había un kit de sutura por si lo necesitaba, pero esperaba que el corte no fuera tan profundo. Eché un poco de antiséptico en una gasa y volví junto a Dante. Era difícil verlo cuando estaba de pie junto a Dereck, que dominaba la habitación en cuanto a tamaño, pero Dante tampoco era un hombre pequeño. Era alto y ancho, y no había forma cómoda de llegar a donde yo necesitaba sin acercarme a él. Me coloqué entre sus rodillas separadas y me incliné hacia delante. Estábamos tan cerca que pude oler su colonia. Era terrosa y cálida y demasiado buena. Estás harta del olor a sangre, pensé, y era cierto. Todavía estaba cubierta de la materia seca y escamosa. Nunca habría suficiente agua caliente para quitarme el tacto de la piel. —Esto puede escocer —dije a modo de advertencia y le toqué la cara con la gasa. Dante no se inmutó, pero su mandíbula se tensó—. Vas a perder los dientes si sigues rechinándolos así —le dije. Sus ojos se clavaron en los míos y todo mi cuerpo se congeló. Sus ojos eran tan oscuros que casi parecían negros y, aunque podía tener una mirada gélida, había un fuego en sus profundidades que no había previsto. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Por qué tenía que ser tan atractivo? ¿Por qué, después de todo, quería envolverme en él como en un abrigo? —¿Va a necesitar puntos? —preguntó. Miré el corte. No era irregular, por suerte, y no creía que fuera tan profundo. Me aparté de él y rebusqué en el botiquín. Tenía puntos líquidos. —Creo que podemos salir de esta —dije, sosteniendo la botella. Dante miró la botella por un momento y luego asintió. —Ponte a ello. Podrías decir gracias. Fui lo bastante inteligente como para no decirlo en voz alta, aunque una parte de mí quería hacerlo. El miedo, más bien el terror, me impedía soltar todo lo que me venía a la mente, y éste era sin duda el peor lugar para hacerlo. Utilicé tiras de mariposa para unir los bordes de su herida y luego la sellé con los puntos líquidos. Cuando se secaron, volví a limpiarla y le puse un vendaje estéril. —Te va a quedar cicatriz —le dije— pero no tendrás infección. — Esperemos. Dante volvió a mirarme a los ojos. Parecía estar evaluándome y me di cuenta de lo cerca que estábamos. Estaba prácticamente sentada en su rodilla. Intenté retroceder, pero su mano salió disparada y me rodeó la muñeca. Me estremecí cuando me agarró la piel maltratada. Dante se dio cuenta y me levantó la muñeca para inspeccionarla; su tacto se suavizó. —Deberíamos limpiar esto —dijo. La repentina suavidad me hizo girar la cabeza. ¿El tipo que amenazaba con arrojar mi cuerpo a los caimanes hacía literalmente dos horas era capaz de esto? —Estoy bien —le repetí como un loro—. No te preocupes por mí. Esperaba que me soltara la muñeca, pero no lo hizo. —No me has preguntado qué quiso decir mi hermano —dijo—. Cuando me llamó tu prometido. —Eso es porque sé lo que significa la palabra “prometido”, no soy imbécil —dije antes de poder contenerme. Los ojos de Dante eran agudos. —Tienes una boca inteligente, ¿lo sabías? —Puede que su tono fuera burlón, pero su expresión era casi asesina. Temblé cuando me agarró e intenté no demostrarlo. No me estaba haciendo daño, sólo me mantenía en mi sitio. Podía hacerlo. Inhalé lentamente por la nariz y volví a exhalar. —Le pregunté qué quería decir —señalé—. Tú sólo te asustaste y le amenazaste antes de que me contestara. —Se lo pensó un momento y me soltó la mano de la muñeca. Di un paso atrás y puse un poco de distancia entre nosotros—. ¿Qué quiso decir? —Tengo una deuda de por vida contigo —dijo Dante—. Me salvaste la vida cuando saltaste sobre mí en el bar. —La expresión de su cara me dijo lo feliz que estaba por eso—. Eso significa que estoy en deuda contigo. —Entonces déjame ir —dije— y podemos considerarlo en paz. Dante negó con la cabeza. —Antes no mentía sobre los Lombardi —dijo—. Ahora estás marcada. Si abandonas la finca, morirás en veinticuatro horas. Me entraron escalofríos y me rodeé con los brazos. —Entonces sácame de este país —dije—. Ayúdame a empezar en otro sitio y no tendrás que volver a saber de mí. —Mi padre... —La palabra pareció atascarse en su garganta. Tragó saliva y volvió a intentarlo—. Mi padre quiere que me case contigo. Sacudí la cabeza. —Eso no va a ocurrir. —Yo le dije lo mismo a mi padre —dijo y se señaló la mejilla—. No se tomó bien mi reacción. —Me dirigió una mirada gélida y especulativa— Imagínate lo que haría para obligarte. Tragué saliva contra el nudo que se me hacía en la garganta. El matrimonio era especial. El matrimonio era para siempre. —Mi madre se revolvería en su tumba si me casara con un hombre al que no amara. Su mirada era mordaz. —Pero un criminal está bien —se burló. Me mordí la lengua, de ninguna manera iba a tocar eso, pero luego, como no pude resistirme, dije: —Lo has dicho tú, no yo. Dante se rio. El sonido no encajaba con él en lo más mínimo. —La lógica de mi padre tiene sentido: te mantendría protegida, que es lo que te debo, y el privilegio conyugal mantendría a la familia a salvo legalmente. —Como fui testigo de una docena de asesinatos y de un intento de asesinato, añadí por él. —¿Cómo me mantiene a salvo el casarme contigo? ¿No pondría eso una daga en mi espalda? —Matar al cónyuge de un m*****o destacado de una familia como la mía significaría una muerte segura. Todos los Leroy caerían sobre los Lombardi como una plaga y acabarían con todos. Anthony Lombardi no es un hombre brillante, pero no es tan estúpido como para invitar a ese tipo de guerra. —Dices “familia” y no parece que te refieras a padres, hijos y abuelos. Esto es un cártel, ¿no? —Es mi familia —respondió Dante—. Es la única familia que he conocido. —¿Y tú la diriges? Sacudió la cabeza. —Lo haré cuando mi padre se jubile oficialmente. —O alguien lo asesiné, pensé. —Casarme contigo me mantendría a salvo de la familia Lombardi — dije, forzándome a decir las palabras porque era la única forma en que iba a entenderlo—. ¿Qué significaría para ti y para mí? Enarcó una ceja. —¿Qué significa normalmente un matrimonio para un hombre y una mujer? —preguntó retóricamente. —Pero yo no te quiero. Volvió a sonar aquella risa tan inquietante. Se levantó de la silla, e incluso cuando levanté las manos para empujarlo hacia abajo, no debería moverse, Jesús, me llevó contra la pared. —No eres tan ingenua, ¿verdad, Jenna? —me preguntó—. ¿Crees que el amor llega a ser un factor para alguien como yo? ¿Para alguien en tu situación? —Cuanto más hablaba, más se inclinaba y menos podía respirar. Aun así, reuní todas las fuerzas que me quedaban. —¿Qué significaría el matrimonio para ti y para mí? —le pregunté— ¿Sería tu prisionera? ¿Me mantendrías encerrada aquí? Retrocedió. —Serías mi esposa, la futura matriarca de nuestra familia. Tendrías su respeto y su lealtad. Responderían ante ti... y tú ante mí. — Extendió la mano y me pasó la punta del dedo por la cara, y yo hice todo lo posible por no apartarme ni inclinarme hacia él, porque eso estaría mal a muchos niveles— Serías intocable para todos menos para mí. —El calor me atravesó y tuve que apartar la mirada de él. ¿Qué demonios era eso? Permanecimos así unos instantes. —¿Tengo elección? —pregunté, sin dejar de mirarle. Dante se irguió y me miró desde arriba, y yo me empujé contra la pared, encogiéndome, aunque me dije a mí misma que no debía parecer asustada. Él ganaría si yo tenía miedo. —No —dijo finalmente, con frialdad—. No tienes elección. Tienes dos días para acostumbrarte.
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