Prólogo

1276 Palabras
Chicago, medianoche. El grito de Amara atravesó el silencio de la casa y por un momento pareció que todo se detenía. Pero no pasó nada. Ninguna puerta se abrió, nadie acudió. Solo quedó ella, sintiendo cómo su voz se perdía en un lugar donde nunca importó demasiado. —¡Por favor, no lo hagas! —suplicó con la voz rasgada por el llanto, el pecho tembloroso por la ansiedad y la garganta seca de tanto callar durante años—. ¡No me entregues a ellos… te lo ruego, Miranda! Amara, con solo dieciocho años, se aferraba a mantenerse de pie aunque las piernas apenas le respondían. Estaba asustada, sí, pero también cansada de toda una vida en la que nunca tuvo voz. No quería inclinarse frente a Miranda otra vez. No después de todo lo que había soportado. El aire frío que entraba por la puerta apenas la rozaba; lo que realmente la helaba era la certeza de que estaba a punto de perderlo todo. O quizá, de confirmarlo. Miranda Vanderbilt la observaba desde la escalera, firme, impecable, con esa expresión que Amara conocía demasiado bien: la mirada de alguien que no la había querido nunca y que, aun así, disfrutaba de recordárselo cada vez que podía. Había algo en la postura de Miranda—la forma en que sostenía el cuello, la calma tensa en su rostro—que dejaba claro que estaba acostumbrada a decidir sobre la vida de otros sin dudar. Y Amara entendió que, para ella, ese momento no tenía nada de especial. Era solo otro acto de control. —Ya no tienes lugar en esta casa ni derecho a invocar el apellido Vanderbilt—declaró con una calma tan afilada como un cuchillo recién afilado—. Tu padre dejó deudas impagables y tú, Amara, has sido intercambiada como moneda de cambio. Ese es tu único valor. El mundo no se le vino encima de golpe; más bien fue esa confirmación amarga de algo que siempre había temido. Escuchar la verdad así, tan directa y sin un mínimo de compasión, le cayó como un golpe seco. Amara tragó saliva, intentando no quebrarse. Dio un paso hacia Miranda, con el rostro desordenado por la angustia, pero con los ojos firmes, ardiendo como solo arde alguien que ha sido tratado como un estorbo toda su vida. —¿¡Qué clase de persona haría esto!? ¡Soy su un ser humano! ¡Apenas tengo dieciocho años! —Eres una hija ilegítima. Un error de carne. El último rastro inmundo de una mujer que jamás debió existir —respondió Miranda con el veneno deslizándose por cada palabra—. Tu madre fue una amante descarada. Una intrusa que se aferró a mi esposo como una enfermedad. Y murió como debía: reducida a cenizas junto a él en ese incendio que, para muchos, fue accidente… pero que para mí fue justicia. Amara sintió cómo su corazón se contraía hasta doler físicamente. Cada recuerdo de su madre —las canciones susurradas al oído, el aroma floral que usaba, las promesas hechas en voz baja antes de dormir— se mezclaban con el humo de aquella tragedia, como si todo hubiera sido arrastrado por ese fuego que nunca dejó de quemarla desde dentro. —No tienes derecho a odiarme por lo que pasó. Yo no elegí nacer ni cargar con sus pecados. ¡No soy ella! —espetó con voz temblorosa, al borde del colapso emocional. —Y, sin embargo, cada vez que te veo, veo su rostro. Su sangre. Su error. Y eso basta. Entonces se escucharon pasos apresurados en el piso, firmes, casi torpes por la urgencia. Cassian apareció desde el fondo del pasillo. Tenía apenas catorce años, pero su expresión parecía de alguien mucho mayor. Fruncía el ceño con fuerza y mantenía los puños cerrados a los costados, intentando contener una rabia que a duras penas sabía cómo manejar. Aun así, no dudó en ponerse entre ambas. —¡No puedes hacer esto, mamá! ¡No puedes entregarla como si fuera un maldito objeto! —No interfieras, Cassian. Esto no es asunto tuyo. —¡Es mi hermana! Aunque no la criaste como tal. Aunque no la quise nunca cerca. ¡Sigue siendo inocente! ¡Ella tiene razón esto es inhumano! Miranda giró hacia él con esa mirada helada que parecía capaz de cortar el aire. —Es todo lo que tu padre nos dejó además de ruinas, escándalos y desprecio. Y como un desecho más será tratado. Un ruido seco cortó la discusión. La puerta principal se abrió de golpe, como si alguien la hubiera empujado sin medir fuerza. El aire frío entró de inmediato, arrastrando una sensación de peligro que puso a todos en alerta. Tres hombres vestidos de n***o ocuparon el umbral. Eran grandes, firmes, con una presencia que hablaba por sí sola. La Bratva. Amara dio un paso atrás de manera instintiva, como si ese gesto pudiera cambiar lo que ya estaba decidido. —No… por favor… no quiero ir con ellos… —susurró, pero ya no quedaba fuerza en su voz. Solo vacío. Uno de los rusos habló en voz baja, con un acento marcado: —¿Es ella la entrega? —Sí. Llévensela. Ha sido intercambiada por la deuda del señor Vanderbilt. Ahora es suya. Cassian se interpuso, los ojos desorbitados por la desesperación. —¡No! ¡Esperen! ¡No pueden llevársela así! ¡Ella no es un objeto, no es una bolsa de carne! Pero no lo escucharon. Ni ellos, ni su madre. Amara sintió las manos de los hombres sujetándola por los brazos, firmes como grilletes. La arrastraron sin mirarla, sin hablarle, sin reconocer su humanidad. Como si fuese una carga. Como si no valiera nada. —¡No quiero ir! ¡Por favor! ¡No me quiten lo único que conozco! —gritó, aunque en el fondo sabía que no estaba perdiendo un hogar… sino escapando de una prisión. Cassian, en un acto de desesperada ternura, corrió tras ella, quitándose el abrigo sin pensarlo y colocándoselo sobre los hombros. —No sé por qué hace esto. Juro que no lo sé. Pero te lo prometo, Amara cuando crezca… voy a buscarte. No voy a dejarte sola. Ella se volvió lentamente. Por un instante, solo uno, se permitió apoyarse en su pecho, sentir el calor de alguien que, aunque nunca la quiso como hermana, era lo más cercano a un refugio en ese momento. —No te preocupes Cassian esto no es tu problema—murmuró con amargura—.Yo soy solo una bastarda. Y aun así, Amara se aferró a él como si esa despedida pudiera retenerla en un mundo que ya no la quería. —Vámonos —ordenó uno de los rusos. La puerta se cerró de golpe detrás de ella. Ese sonido marcó el final, más claro que cualquier palabra. No quiso mirar atrás; sabía que nada cambiaría si lo hacía. Aun así, con cada paso que daba, sentía que dejaba algo suyo en ese pasillo que alguna vez imaginó como un hogar. La verdad le cayó encima con una simpleza que dolía: nunca perteneció a ese lugar. Ni al apellido. Ni a la historia que otros habían escrito por ella. Mientras el coche avanzaba y la oscuridad se cerraba alrededor, Amara entendió algo que hasta ese momento había evitado aceptar: No estaba siendo arrancada de una familia. Estaba pagando el precio de una deuda que no era suya. No la desheredaban… porque nunca había heredado nada. Solo la estaban entregando. Y esa noche, sin que nadie la abrazara o la defendiera, comprendió que su vida pasaba a manos del infierno.
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