Capitulo 1 El Arte de Romper un Alma

1281 Palabras
El primer aliento que tomó le raspó la garganta, duro y doloroso, como si hubiera pasado demasiado tiempo sin respirar bien. Amara despertó con un quejido involuntario, sintiendo el concreto frío bajo su espalda y el cuerpo pesado, lento, como si no fuera del todo suyo. Tragó con dificultad; incluso eso le dolió. Al abrir los ojos, notó una habitación estrecha y casi a oscuras, apenas iluminada por la luz que entraba desde un respiradero. No estaba sola. Varias mujeres estaban acurrucadas contra las paredes, inmóviles, intentando ocupar el menor espacio posible. Algunas evitaban mirar; otras parecían haber renunciado a parpadear. Amara sintió un nudo en el pecho. El miedo no era solo de ella. Estaba en todas, en ese silencio tenso que buscaba no quebrarse. Era imposible ignorarlo. Y entonces lo escuchó de nuevo. Esa voz. Dentro de su mente. —Eres una hija ilegítima. Un error de carne. El último rastro inmundo de una mujer que jamás debió existir. La voz de Miranda no era un simple recuerdo. Seguía allí, repitiéndose en su mente con esa frialdad que siempre había usado para dañarla. Amara podía verla firmando los papeles de entrega, seria, distante, como si deshacerse de ella fuera algo necesario y no una crueldad. De los hombres que la habían tomado no recordaba sus rostros, solo la fuerza con la que la sujetaron y la cuerda que aún marcaba sus muñecas. La encapucharon y la llevaron sin explicaciones. El trayecto fue un espacio sin tiempo. Oscuro, confuso. Solo sentía el movimiento del vehículo y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Cuando le quitaron la capucha, alcanzó a ver luces parpadeando en la entrada de un edificio sin nombre a las afueras de Chicago. Luego, todo se volvió borroso otra vez. Y ahora estaba allí. El sonido de una cerradura girando la sacó de sus pensamientos. La puerta se abrió con un chirrido que hizo que todas las mujeres se tensaran. Dos hombres entraron primero, con pasos firmes y la mirada perdida. Después apareció una mujer. Caminaba con decisión, como si el lugar le perteneciera por completo. Vestía de rojo y llevaba el cabello recogido con precisión. Sus ojos recorrieron a cada una sin prisa. —Llámenme Madame Escarlata —dijo, como si el nombre fuera suficiente para imponer orden. —A levantarse, joyitas. El día apenas comienza —anunció con un tono dulce que escondía veneno. Los hombres las obligaron a ponerse en fila. Amara apenas podía mantener el equilibrio; los tobillos le chocaban entre sí mientras las guiaban por un pasillo largo, iluminado por luces que fallaban a cada paso. Al final, las esperaba una sala azulejada. Había coladeras viejas en el suelo y una manguera gruesa enrollada en la pared. No hubo aviso. El agua helada cayó sobre ella con una fuerza que le cortó el aire. Cada impacto era un golpe que la hacía encogerse más, cubriéndose el rostro mientras el cuerpo entero le temblaba sin control. La presión del agua no solo buscaba limpiarla; se sentía como si intentara borrar cualquier rastro de quién había sido antes. —No eres tan frágil como pareces, bastarda —escupió Madame Escarlata, con el labial intacto y la mirada afilada—. Pero aprenderás a obedecer. Cuando terminó la ducha forzada, Amara seguía temblando, el cabello chorreando sobre su espalda desnuda, la piel roja y los pies fríos como la piedra. Madame la tomó del mentón con dedos duros, obligándola a alzar la vista hacia una tarima. Allí, cinco mujeres perfectamente maquilladas, vestidas en encaje y con la arrogancia grabada en los gestos, la observaban con desprecio. —Ellas están por encima de ti —declaró con teatralidad—. Hasta que tu virginidad sea vendida, les servirás. Comida. Ropa. Compañía. Y si alguna se queja... le pediré a Igor que sea el quien te entrene. El nombre flotó en el aire como un conjuro maldito. Las otras nuevas bajaron la cabeza. Una sollozó en silencio. A partir de ese momento, el infierno adquirió forma. La rutina era una serie de tareas humillantes: limpiar orines, lustrar tacones, recoger ropa interior usada. Las superiores escupían a su paso. Una la empujó escaleras abajo por no moverse lo bastante rápido. —Aprende, basura —le gruñó antes de hundir una uña rota en su brazo—. Aquí solo sobreviven las que gimen con gracia. Al anochecer comenzaba el verdadero castigo. Galina, una mujer de voz ronca y manos frías, dirigía los entrenamientos. Les enseñaban a seducir, a simular deseo, a moverse como si la sumisión fuera arte. —Seduce o muere —era lo único que decía. Y lo decía en serio. Los días pasaron lentos, pesados, como si cada uno arrastrara el siguiente. Las mañanas dolían y las noches también. Todo estaba pensado para moldearlas, para convertirlas en algo que no eligieron ser. Y entonces llegó la subasta. Las prepararon como si fueran exhibidas en una vitrina. Les pusieron ropa que no las protegía de nada y maquillaje que no podían reconocer como suyo. Amara fue llevada por un pasillo alfombrado, largo y silencioso, donde sentía que las paredes habían visto demasiadas historias parecidas a la suya. Al final, una sala amplia se abrió ante ella. Hombres vestidos impecablemente conversaban entre sí, atentos solo a lo que podían obtener. Sus miradas recorrían cada cuerpo con la misma indiferencia con la que se evalúa un objeto caro. La obligaron a servir copas. A sonreír. A mantenerse firme aunque quisiera desaparecer. Cada mirada la despojaba un poco más. Cada mano que rozaba su cintura dejaba una marca invisible que se sumaba a todas las demás. Para ellos no era una persona. Era una compra futura. Una inversión. —Cincuenta mil por ella —dijo una voz grave. Sebastian Devereux. Elegante. Intocable. Un demonio disfrazado de financiero. Su mirada era de acero templado, su cuerpo erguido con arrogancia, y sus labios exhalaban humo como un juramento. —Cincuenta y cinco. —Sesenta. La puja creció hasta que, con voz pausada, Devereux dictó su veredicto: —Cien mil. En efectivo. Quiero que la preparen esta noche. El martillo cayó. Y con él, la última parte de su humanidad. Fue conducida por un nuevo pasillo, más opulento, más frío. Las paredes tenían marcos dorados con pinturas que no recordaría. La habitación a la que la llevaron era un templo de lujo sucio: cortinas de terciopelo, cama king size cubierta en sábanas negras, una botella de vodka sobre la mesita. La desnudaron. La perfumaron. La lanzaron sobre la cama como un animal domesticado. Devereux no hablaba. Solo la observaba mientras se quitaba el reloj. Sus movimientos eran lentos, meticulosos. Como si saboreara la idea de consumirla lentamente. —Haz lo que te enseñaron. No soy paciente. Ella lo hizo. Cada gesto aprendido, cada suspiro fingido, cada caricia obligada. Pero ya no era ella. Solo el reflejo de lo que esperaban que fuera. Una máscara que se deshacía en cada embestida. Cuando acabó, se giró sin una palabra, encendió otro cigarro y dijo: —Con el tiempo lo harás mejor. Y se durmió. Ella no. Con el tiempo, Amara entendió que aquello no tenía límite. Cada noche la desgastaba un poco más. Cada mañana parecía una burla nueva. El cuerpo terminó por acostumbrarse. Los ojos aprendieron a no buscar nada. Y la voz interior… a veces parecía apagarse. Aun así, había algo dentro de ella que seguía resistiendo. Una chispa mínima, pero terca. Y eso la volvía un blanco aún más codiciado. Porque los monstruos no se conforman con destruir lo que se ve. Buscan llegar a donde duele de verdad. Y Amara aún tenía partes que no habían logrado quebrar.
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