Capítulo 2 Yo te voy a proteger

902 Palabras
Atender a cualquier hombre ya era humillante, pero tener a Sebastian como cliente frecuente era otra cosa. La repulsión que le provocaba no tenía comparación, porque él había sido el primero. El que le arrebató la virginidad como si solo estuviera pagando un servicio. Y cada vez que volvía, Amara sentía que la obligaban a revivir esa noche que nunca eligió. Por eso aprendió a moverse con la cabeza baja dentro del burdel, sin buscar miradas ni llamar la atención. Sabía que bastaba un gesto mal interpretado por Madame Escarlata o por cualquiera de sus favoritas para que la mandaran con él otra vez. —Que se la quede Sebastian ya saben lo mucho que disfruta de ella—solía decir la madame con una con una sonrisa pintada en carmín. Las protegidas reían. Siempre lo hacían cuando Amara era obligada a atender a Sebastian. Se burlaban de sus heridas, de su silencio, de cómo le temblaban las piernas cada vez que salía de la habitación donde él la esperaba. Para ellas, su dolor era un entretenimiento más. Para Amara, una marca que no dejaba de arder. Pero entonces Igor Sokolov empezó a mirarla de otra manera. No hablaba mucho; casi nunca. Amara suponía que era uno de los guardias del burdel, del tipo que siempre estaba cerca pero nunca se mezclaba con nadie. Tenía ese rostro duro que no dejaba leer nada, y una mirada afilada que parecía evaluar cada movimiento. Aun así, había algo diferente en cómo la observaba. No era deseo. No era burla. Era… atención. Una atención lenta, callada, que ella no sabía si interpretar como una amenaza nueva o como algo que rozaba la protección. A diferencia de los demás, él nunca la tocó. Nunca le habló con desprecio. Y esa mínima diferencia fue suficiente para que Madame Escarlata lo notara. La Madame estaba obsesionada con Igor. Lo quería solo para ella. Lo vigilaba. Lo reclamaba. Así que bastó con que él posara los ojos en Amara para que, sin decir una palabra, la condena estuviera escrita. —¿Quieres jugar, muñeca rota? —susurró la Madame esa tarde, mientras encendía su cigarro con un encendedor dorado—. Vamos a ver cuánto puedes romperte antes de dejar de gemir como perra sumisa. La trampa fue sencilla. Un cliente habitual, adicto a la violencia, fue citado en la habitación 11. Las chicas de la Madame se aseguraron de que creyera que Amara lo había insultado. Bastó una palabra dicha al oído, un gesto malintencionado, para encender la furia de aquel hombre. —¿Crees que puedes burlarte de mí, maldita perra? La golpeó. Fuerte. Sin preámbulos. La empujó contra la pared y pateó su estómago hasta dejarla sin aire. Le escupió en la cara. La jaló del cabello con tanta fuerza que sintió arrancarse parte del cuero cabelludo. Amara no gritó. Sabía que gritar empeoraría todo. Pero su silencio solo lo irritó más. —¿No vas a llorar? Entonces haré que lo hagas. Las manos empezaron a recorrerla con brusquedad, con esa mezcla de abuso y odio que Amara ya conocía demasiado bien. No la tocaban: la invadían. La anulaban. El asco subió tan rápido que sintió que podía ahogarla, pero lo contuvo como pudo. Sabía que si vomitaba, él solo disfrutaría verla quebrarse. Y no iba a darle ese triunfo. El sonido que finalmente escapó de su garganta no fue un grito, fue algo más profundo. Fue el quiebre de algo que llevaba demasiado tiempo resistiendo. Y ese sonido… salió de la habitación. Se filtró por el pasillo. Llegó hasta Igor. La puerta se abrió de golpe, como si algo dentro de él hubiera explotado. Todo pasó tan rápido que Amara no logró asimilarlo. El cliente cayó al suelo sin emitir palabra. Un solo disparo había bastado. El silencio después del estruendo fue tan abrupto que pareció otro golpe. Amara quedó inmóvil cuando el cuerpo del hombre se desplomó sobre ella. Apenas lo sintió. Estaba demasiado aturdida. Lo único que registró luego fueron unas manos diferentes. Calientes. Firmes. Pero suaves con ella. Manos que la sostenían, no para dañarla… sino para levantarla. —Amara —dijo una voz grave, profunda, cercana—. Tranquila. Su cuerpo apenas reaccionó. Sus párpados pesaban como plomo. Su alma colgaba de un hilo. No sabía si era miedo, o esperanza lo que la hacía temblar. —Ya pasó —susurró Igor, su aliento tibio contra su cuello—. Estás a salvo. Esa palabra... ¿a salvo? No sabía lo que significaba. Un roce en su frente. Una caricia lenta. El contacto con su espalda, firme, sin lujuria. Su cuerpo quebrado fue levantado con la delicadeza de algo que se quiere proteger, no poseer. —Todavía estás viva así que no te rindas—murmuró con una firmeza cargada de promesa. Amara sintió que, en medio de esa oscuridad, algo dentro de ella despertaba. Entre las sombras lo vio: el rostro de Igor, tenso por la rabia, pero sin crueldad. Por primera vez desde que había llegado al burdel, unos ojos masculinos no la miraban para despojarla. La cubrieron. La protegieron. Y Amara respiró. No porque quisiera vivir, sino porque por primera vez en mucho tiempo alguien la había salvado sin pedir nada a cambio. En su mirada no vio deseo. Vio conflicto. Decisión. Una promesa callada que no necesitaba palabras: “Yo te voy a proteger”.
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