Capítulo 4 Sentimientos que no se comparten

1064 Palabras
Amara confirmó muy rápido que Igor no había mentido cuando le dijo que no era lo mismo vivir bajo el burdel que bajo la sombra de la Bratva. Él la sacó de ahí en dos días, sin discusiones, sin obstáculos, como si su voluntad bastara para mover a todo el mundo a un lado. Desde entonces nadie volvió a reclamarla. Nadie volvió a pedirla. Y aunque eso debería haberla liberado, la dejó atrapada en un territorio distinto: el de él. Igor también se encargaba de recordárselo. No con gritos ni cadenas, sino con una presencia tan firme que costaba ignorarla. —Mírame, Amara —le dijo una noche, su voz baja, cargada de una intensidad que siempre la descolocaba. Ella lo hizo. Parte por costumbre. Parte por miedo. Parte por una lealtad incomprensible que aún no sabía si quería tener. —Nadie más va a tocarte otra vez—continuó él—. Nadie va a sentir lo que yo cuando estoy dentro de ti. Esas palabras la sacudieron. No por lo que prometían. Sino por lo que despertaban dentro de ella: culpa, confusión, y una gratitud que le dolía admitir. Igor se inclinó, rozándole la mejilla con una suavidad casi imposible de asociar a un hombre como él. —Me perteneces desde que dejé de negar lo que siento —susurró—. Y voy a proteger lo que es mío, aunque tenga que enfrentarme al mundo. Amara cerró los ojos. Quería alejarse de esa frase. Quería creer que podía caminar lejos de él si lo deseaba. Pero no podía. No después de lo que había vivido. No cuando el burdel seguía acechándola desde la memoria como una amenaza viva. No correspondía a lo que Igor sentía por ella. Pero una parte de ella —la que más le avergonzaba— sentía un alivio profundo cada vez que pensaba en que no volvería al burdel. Esa gratitud era veneno y consuelo al mismo tiempo. —No sé cómo pagarte lo que has hecho por mí —susurró, bajando la mirada. Igor soltó una risa baja, casi incrédula. —Solo quédate conmigo —respondió—. Para siempre. Ese “para siempre” le pesó en el pecho. Porque no sabía si era una sentencia. Y aun así, una parte de ella lo deseó. No a él. Sino a la seguridad que representaba. Cuando su cuerpo dejó de responderle por el cansancio, Amara se disculpó. —Lo siento… no tengo fuerz… Igor la detuvo antes de que terminara. —No importa —respondió con un tono sorprendentemente suave—. Ven aquí. La levantó con cuidado y la llevó contra su pecho. No había impaciencia. No había molestia. Solo preocupación. Y eso la confundió más que cualquier otra cosa. —No quiero que te canses de mí —confesó ella apenas en un susurro. La verdadera frase que temía decir era otra: “No quiero que me regreses al burdel.” Igor frunció el ceño, incrédulo. —¿Cansarme de ti? —repitió—. Amara, ¿no te has dado cuenta? Ella bajó la mirada. El corazón le latió con fuerza. No de emoción. De miedo. ¿Cómo podía sentir algo por ella? —No soy nada especial —murmuró—. Soy solo una mujer usada… una bastarda. Fui moneda para pagar deudas que no eran mías. Igor tomó su rostro con firmeza. —No vuelvas a decir que no eres nada —le ordenó con voz grave—. Porque si tú eres nada, entonces yo también lo soy. Amara parpadeó, confundida. —¿Qué…? Él la calló con un beso profundo. Doloroso. Pero necesario. —Somos dos bastardos que se pertenecen —dijo cuando se separaron. Ella sintió un temblor distinto en el pecho. Algo cálido. Algo que no había sentido en años. Quizá nunca. Un inicio. Una chispa. Una pequeña raíz creciendo en un suelo que siempre había sido árido. Amara alzó una mano temblorosa y tocó su rostro. —Igor… Ella lo observó como si lo viera realmente por primera vez. Y entonces Igor dijo: —Yo también soy un bastardo, cariño. Se inclinó, casi rozando sus labios. —El hijo bastardo de Roman Moretti. Amara se quedó inmóvil. Roman Moretti. Ese nombre cargaba un peso que en el burdel se susurraba con miedo. El líder de la Bratva. Las piezas encajaron como una bofetada. Claro que pudo sacarla en dos días. Claro que nadie lo desafió. Claro que todos lo obedecían. No era solo Igor Sokolov. Era el hijo no reconocido del hombre más peligroso de Chicago. Ella intento alejarse, procesando, pero, él extendió una mano y la detuvo. —No voy a hacerte daño —dijo, con una firmeza que la ancló—. Nunca te llevaría de vuelta. No eres un objeto que devolver. Amara sintió un nudo en la garganta. —Pero… ¿por qué te importo? Él bajó la mirada un segundo, como si eligiera con cuidado qué decir. Luego la sostuvo del mentón y la obligó a enfrentarlo. —Porque contigo puedo ser algo distinto —susurró—. Contigo no tengo que ser un arma. Se inclinó más—. Y porque eres lo único que quiero proteger sin tener que pensarlo dos veces. Amara cerró los ojos. No estaba enamorada. No podía estarlo. Pero la fuerza con la que él la miraba la hacía desear, aunque fuera un instante, creer en un futuro distinto al infierno del que venía. —No soy perfecta —alcanzó a decir. —Yo tampoco —respondió él—. Pero contigo, somos algo real. Incluso si tú aún no puedes verlo. Ella se apoyó en su pecho. Sintió su respiración, su calor, su presencia inquebrantable. —Amara —susurró Igor, rozándole el cabello—. No estás sola. Y no sigas preguntándote por qué desarrolle tan rápido sentimientos por ti. Solo importa que los siento. Sus palabras la golpearon más de lo que él imaginaba. ¿Cómo podía sentir algo? ¿Después de todo lo que había sido obligada a ser? ¿Después de todo lo que él sabía? Sentía culpa por no poder corresponderle… y más aún por no entender cómo era posible que él dijera que desarrollo sentimientos con tanta seguridad. Aun así, se aferró a esa frase, no porque la creyera completamente, sino porque el vacío detrás de ella era peor.
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