Capítulo 5 Lo que el amor no exige

1563 Palabras
Se convirtieron en los mejores amigos, o al menos así lo sentía Amara. Porque aunque él se empeñara en repetirle que la amaba, ella se negaba a creerlo. Igor lo decía con franqueza, sin adornos, con esa frialdad tan suya que hacía que sus palabras sonaran peligrosamente reales… y por eso mismo, difíciles de aceptar. Ella nunca respondía. Bajaba la mirada, guardaba silencio o cambiaba de tema. Como si el amor fuera un lujo que no le correspondía. Como si, de algún modo, supiera que ese sentimiento era algo que pertenecía a mujeres que no habían sido despojadas de su dignidad. Y sin embargo, tampoco lo rechazaba. No podía. Igor la había sacado del infierno —literalmente—. Puso fin a los años que le arrebataron todo, y aunque el mundo lo conocía como un hombre implacable, su trato con ella era otra cosa. Nunca la forzó. Nunca alzó la voz. Nunca usó su poder para quebrarla. En lugar de cadenas, le ofreció calma. En lugar de órdenes, cuidados silenciosos. En lugar de exigencias, una rutina donde Amara, por primera vez, no tenía que fingir. Él no hablaba de sentimientos con frecuencia, pero sus actos eran constantes. Le dejaba notas breves en los libros que ella hojeaba. Le ponía una taza caliente sobre el buró sin decir palabra. Le sujetaba cuando tenía pesadillas. Pequeños gestos. Invisibles para el mundo, pero imposibles de ignorar para quien tenía años sin ser cuidada. Y en medio de ese mutismo, ella comenzó a entregarse. No como una mujer enamorada, no aún. Sino como alguien que empezaba a reconocer el amor en lo más inesperado: en la mirada de un hombre al que todos temían, pero que con ella… solo sabía proteger. Una noche, mientras yacían juntos, con sus cuerpos enlazados en una calma que no era solo física, él la miró fijamente. —Quiero que conozcas a mis hermanos —dijo. Amara parpadeó, sorprendida. No por la petición en sí, sino porque aquello significaba algo más. —¿A los Moretti? —preguntó, en un tono casi de incredulidad. Igor rió con suavidad, sin dejar de moverse dentro de ella, provocando que sus pensamientos se disolvieran por un instante. —No, mi amor… —susurró—. A mis hermanos por elección. Los únicos hombres en los que confío. —No creo que sea una buena idea… Sabes lo que fui. Una prost… —las palabras se le atoraron en la garganta, temblando entre sus brazos. Igor se inclinó sobre ella, apretándola contra su cuerpo, como si pudiera absorber su vergüenza. No necesitó hablar. Solo su mirada bastó para hacerle entender que nunca había estado tan seguro de algo. Cuando terminó en ella, lo hizo con una entrega que no conocía de otras veces. Sin culpa, sin reservas, con esa certeza que solo se construye en el fuego de lo imposible. Después, la sostuvo en silencio. Amara apoyó la cabeza contra su pecho, sintiendo su respiración profunda, pesada. —No me importa tu pasado —murmuró él, acariciándole el cabello—. Y sé que a ti no te importa el mío. Nunca me juzgas… ni por cómo vivo, ni por los riesgos que implica estar a mi lado. Ella cerró los ojos, dejándose envolver por el calor de sus palabras. —Hubo un tiempo en que imaginaba cómo sería mi vida —susurró Amara—. La universidad, mis posibles amistades… mi futuro esposo. Sintió cómo el cuerpo de Igor se tensaba. La palabra esposo lo endureció. Ella no dijo nada más, simplemente deslizó su mano por su pecho en un gesto lento, tranquilizador. —Sí, me imagino —respondió él al fin, con voz baja—. Jamás hubieras estado con alguien como yo, si la esposa de tu padre no te hubiera entregado para saldar sus deudas. Ella lo besó. No por impulso, sino con intención. Como si aquel contacto pudiera borrar años de un destino torcido. —No me refería a eso —respondió Amara con honestidad—. Lo que intentaba decir es que antes era muy ingenua. Soñaba con una vida imposible. El destino ya estaba escrito. Yo no lo sabía… pero iba a terminar justo como terminé. Se incorporó con calma y se acomodó sobre él. Igor la sostuvo con firmeza, sin dejar de mirarla. —Pero el final cambió —susurró Amara—. Después de años de abuso, nunca pensé ser rescatada. Gracias, cariño. La palabra lo desarmó. Era la primera vez que se lo decía. No sonó forzada. Sonó real. Él la acomodó de nuevo en su cuerpo, recibiéndola como si fuera un ritual sagrado. Amara rió bajito, y él no pudo evitar sonreír. —¿Qué pasa? —preguntó Igor. —¿Cómo es que nunca ocupas esperar demasia…? Pero no terminó la pregunta. Igor se movió dentro de ella sin previo aviso, y el gemido que escapó de sus labios selló el momento. Luego, bajó para besarle el cuello, justo donde solía dejar su marca. No era deseo solamente. Era posesión. Una señal muda para el mundo: Amara me pertenece. Pasaron algunos días desde aquella noche. Igor no volvió a mencionar a sus hermanos, pero Amara tampoco preguntó. Había cierta paz en no anticiparse. Hasta que una mañana nublada, Igor llegó del trabajo antes de lo esperado. Vestía de n***o, como siempre, pero su expresión era distinta. Grave. —Ven —dijo simplemente—. Hoy los conocerás. Amara no dijo nada. Solo se levantó, se vistió en silencio y caminó a su lado. Sabía que, si lo decía de ese modo, no era una invitación. Era una declaración. El lugar estaba a las afueras. Una casa discreta pero claramente vigilada. Allí dentro, dos hombres los esperaban de pie. Ella los reconoció de inmediato como parte del mismo mundo que Igor. Hombres con ese tipo de presencia que no necesita presentación. Firmes, peligrosos, con una lealtad que no se pronuncia: se demuestra. —Amara —dijo Igor, colocándole la mano en la espalda—. Ellos son mis hermanos. Sasha y Lev. Sasha tenía una mirada afilada y cabello oscuro peinado hacia atrás. Lev era distinto, con un aire más relajado, pero igual de letal. Ambos la saludaron con cortesía. Sin juicios. Sin preguntas incómodas. Fue entonces que lo notó. Los tres —Igor, Sasha y Lev— llevaban el mismo tatuaje en el brazo izquierdo. Una estrella partida en tres, atravesada por una serpiente. No era decorativo. Era un juramento. —Nos lo hicimos juntos —explicó Igor—. Es nuestra marca. Amara los observó con atención. Por primera vez entendió que Igor no estaba solo. Que su fuerza no nacía solo de él, sino de una hermandad silenciosa y feroz. No hablaban mucho. No hacía falta. Pero aquella esperanza, sin aviso, duró poco. Amara había estado intentando aprender ruso en secreto. Quería sorprenderlo. Hacerlo sonreír. Con tiempo libre y acceso a internet, había comenzado por su cuenta. Era difícil, pero lo hacía con una dedicación que no había tenido nunca para nada más. Por eso, cuando Sasha y Lev comenzaron a hablar con Igor en ruso, creyendo que ella no entendía, comprendió cada frase con una claridad que dolía. Estaba en la cocina, cortando el pastel que Lev había llevado, y la conversación parecía banal… hasta que dejó de serlo. —La salud de Roman está por los suelos. Y si Andrei sube… las cosas van a cambiar —dijo Sasha. —Andrei ya lo dejó claro frente a todos. Quiere limpiar la imagen de la familia Moretti. Y aunque seas bastardo, eso te incluye —añadió Lev. —No voy a aceptar que la alejen de mi lado —respondió Igor, seco—. Amara es mía. —No estoy diciendo que lo aceptes. Solo que lo sepas. Si Andrei toma el control, te van a exigir que tomes decisiones… drásticas. —Entonces que recen —dijo Igor, con calma peligrosa—. Porque si alguien toca a Amara… no habrá negociación. Hablaron del riesgo que había asumido al sacarla del burdel. De cómo incluso Roman, su padre biológico, no veía con buenos ojos esa decisión. Que, si Andrei ascendía, sería cuestión de tiempo antes de que le exigiera a Igor devolverla… o deshacerse de ella. Amara no reaccionó. Terminó de servir, sonrió con suavidad, y regresó a la mesa como si no hubiese escuchado nada. Pero esa noche, ya en la oscuridad, no pudo más. —Si algún día necesitas deshacerte de mí para estar a salvo… podrías matarme mientras duermo —susurró — sería mejor que volver al burdel. Igor se tensó. Su cuerpo entero se volvió piedra. La idea de perderla ya era insoportable. Pero ser él quien la perdiera así… era monstruoso. —Amara… —murmuró, con voz rota—. ¿Desde cuándo hablas ruso? —Desde hace semanas —respondió, sin mirarlo—. Iba a ser una sorpresa. —Mi amor… —Está bien, cariño —lo interrumpió—. Lo entiendo. Somos lo que somos. Él la abrazó con fuerza. Como si pudiera fundirla en su piel. Pero por dentro… hervía. No supo en qué momento ella se durmió, pero las lágrimas de ella seguían ahí. En silencio. Y mientras la contemplaba, Igor juró. Si alguien tocaba a Amara… habría guerra. No existiría orden, poder ni sangre suficiente para separarla de él.
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