La muerte de Roman Moretti no hizo ruido. No hubo gritos, ni funerales, ni justicia. Solo una noticia susurrada, una ausencia repentina… y un eco en el pecho de Amara que no cesaba. No lloró. No gritó. Solo se quedó en silencio, inmóvil, como si su cuerpo se hubiera vaciado por dentro. En el fondo, como si ya lo hubiera presentido. Como si, de alguna forma retorcida, lo hubiera estado esperando.
Durante días vivió con la expectativa del castigo. Que vinieran por ella. Que la devolvieran al burdel. O peor aún, que Igor entrara en razón una noche cualquiera y la matara mientras dormía a su lado. Porque a veces, el amor se confundía con la culpa… y ella no estaba segura de cuál de las dos cosas él sentía más intensamente.
Pero ni lo uno ni lo otro ocurrió.
Igor se mantuvo ahí. Firme. Incómodo para muchos. Desafiando cada advertencia, cada amenaza que llegaba a su puerta. No quería soltarla. No iba a hacerlo. Y fue esa necedad suya, esa forma irracional de retenerla, lo que finalmente la hizo entender que sí… él la amaba.
—No tienes que hacer esto —le dijo una noche, cuando el mundo se reducía a ellos dos y la penumbra del ventanal los envolvía—. Si regreso al burdel, Andrei podría perdonarte. Recuperarías el poder que estás perdiendo.
Él entrecerró los ojos. Su voz salió ronca, áspera, dolida.
—¿Estás escuchándote? ¿Crees que me importa el poder si eso significa perderte?
—Solo digo que no quiero ser la causa de tu caída.
—Ya lo eres. Y aun así, aquí estoy.
Amara bajó la mirada. No supo qué responder. Había algo en Igor que desarmaba sus defensas. Que hacía que las mentiras se ahogaran en su garganta. Ella sabía bien quién era Andrei. Sabía que estaba intentando reformar ciertas estructuras en la Bratvá. Que había frenado, al menos en apariencia, el tráfico de personas. Algunos lo llamaban “el principio del cambio”. Otros, simplemente, una estrategia para ganar favores políticos.
Pero para Igor no era evolución. Era traición. Porque Andrei y él no compartían la sangre, pero sí algo más difícil de romper: el juramento. Se habían criado juntos. Habían aprendido a matar juntos. Y ahora, estaban en lados opuestos.
El punto de quiebre llegó en un café discreto donde la muerte parecía esperar. Igor quiso que Amara lo acompañara, como si necesitara tenerla cerca para recordarse lo que estaba protegiendo. Desde que murió Roman, no la dejaba sola. Porque si algo le aterraba, era perderla.
—¿Seguro que quieres que esté aquí? —preguntó ella, sintiéndose fuera de lugar.
—Donde yo esté —respondió Igor sin dudar—, ahí perteneces tú.
Y ella quiso creerle.
Pero no hubo advertencia. No hubo tiempo para lo que paso después.
El primer disparo fue seco, certero, y atravesó el pecho de Lev. Cayó sin emitir sonido. Sasha gritó su nombre, pero Igor ya estaba sobre Amara, cubriéndola con su cuerpo. Otra bala silbó cerca. Lo alcanzó a él en el costado. Se desplomó sobre ella, con un gruñido contenido.
—¡Igor! —gritó Amara, desesperada.
Pero Sasha ya respondía con fuego, protegiendo la salida. Los segundos fueron eternos, confusos. Alguien gritó. Alguien cayó. La sangre goteaba en el suelo y las manos de Amara temblaban mientras sostenía el cuerpo inerte de Igor.
Fue un milagro que salieran vivos.
En un refugio improvisado, un médico tembloroso cosía la herida de Igor bajo la amenaza constante del arma de Sasha. Amara no hablaba. Sus manos seguían rojas. Sostenía la de él, inmóvil, como si eso pudiera impedir que se apagara.
Dentro de su pecho, algo se rompió. Pero también, algo nació.
“Amar tiene muchos rostros”, pensó. A veces, el amor era una bala que no te mataba, pero sí te cambiaba para siempre.
Más tarde, cuando Igor dormía, pálido pero respirando, Sasha se le acercó. La miró, como si pudiera ver a través de ella.
—¿Vas a entregarte?
Ella no respondió de inmediato. Acarició el rostro de Igor una última vez, como si quisiera memorizarlo.
—Sí. Debo entregarme.
—Estás loca. Si haces eso, ¿sabes qué va a pasar?
—Tal vez lo dejen en paz. Son hermanos. Y si Andrei realmente quiere limpiar su conciencia, mi regreso puede servir como excusa. Pueden decir que Igor recapacitó. Que no vale la pena matarlo.
—¿Y tú?
—No importa. Ya mataron a Lev. Lo último que necesita Igor es perderte también.
Sasha no dijo nada al principio. Luego le tomó la mano, con fuerza.
—Te rescataremos. Lo prometo. Sin ti, Igor no solo se va a destruir… va a arrastrarnos a todos con él.
Amara asintió, con la garganta cerrada.
—Aguantaré lo que pueda. Pero si no alcanzan a ir por mi… que al menos mi sacrificio sirva para salvarlo.
Sasha la miró de otra forma. Como si recién entonces entendiera su valor.
—Eres extraordinaria. Ahora entiendo por qué Igor te eligió.
Un suspiro profundo los interrumpió. Igor se agitó. Los dedos se movieron. El rostro se contrajo.
—¡Está despertando! —exclamó Sasha, corriendo hacia él—. Brat… prosnis, Igor… Ty nuzhen nam… derzhis, brat! (Hermano… despierta… te necesitamos… aguanta).
Amara aprovechó ese instante.
Se inclinó sobre Igor, le acarició la mejilla con la yema de los dedos. Besó su frente con una ternura desesperada.
—Adiós, cariño —susurró.
Amara tomó su chaqueta, se cubrió el rostro con una bufanda y salió por la puerta trasera. No miró atrás.
Mientras, en el interior del cuarto, Igor luchaba por respirar. Por vivir. Por ella.
Volver al burdel fue más fácil de lo que había imaginado.
Solo tuvo que quitarse la bufanda frente al primer guardia que la reconoció. Él no dijo nada. Solo alzó una ceja y avisó por radio. En cuestión de minutos, la llevaron de vuelta a su antigua “habitación”, como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si su historia con Igor no hubiera existido jamás.
Desde ese instante, Amara dejó de ser ella misma. Volvió a convertirse en un cuerpo más, una muñeca rota al servicio de quien pagara. Una más entre muchas.
Las noches eran eternas. Algunos clientes la buscaban por nostalgia. Otros, simplemente por placer o por el morboso deseo de quebrar lo que alguna vez pareció reconstruirse.
Amara volvió a abrir las piernas. A fingir. A soportar. Pero la suciedad no estaba en su piel. Estaba en lo que aquellas manos ajenas le arrancaban por dentro.
Cada caricia ajena se llevaba un pedazo de lo que Igor había intentado sanar.
Sabía que no resistiría mucho más.
Cuando su alma empezó a resquebrajarse, entendió que no necesitaba un rescate. Necesitaba un final.
Le tomó unos días ganarse la confianza del nuevo cocinero. Era joven, callado. Amara le sonreía con una dulzura rota, fingiendo interés por su acento, por las historias que no contaba. Un día, mientras él partía carne en la cocina, ella deslizó los dedos cerca de uno de los cuchillos. Lo tomó con delicadeza. Lo escondió en su ropa. Nadie lo notó.
Esperó. La noche adecuada. Que no hubiera demasiada clientela. Que algunas chicas siguieran dormidas. Que los guardias se distrajeran con el alcohol o con los gritos del segundo piso.
Bajó al sótano sin hacer ruido. Sin zapatos. El cuchillo pesaba en su mano. Se sentó en el suelo, entre la humedad y la oscuridad. No lloró. No tembló. Solo respiró hondo y apoyó la punta en su piel.
Entonces escuchó la voz.
—Por favor… ayúdame…
El cuchillo cayó al suelo con un golpe seco. Amara se quedó inmóvil, como si esas palabras, rotas por el dolor, hubieran suspendido el tiempo.
Alzó la vista, dudando de lo que había oído.
Al principio no vio nada. Solo sombras. Pero esa voz… esa voz temblorosa y casi irreconocible… la conocía. Aunque desgarrada, aunque apenas un susurro, la reconocía.
—¿Madame? —dijo, con incredulidad.
La figura emergió lentamente de la penumbra, arrastrándose con esfuerzo. Su respiración era irregular, cortada. El rostro hinchado, los ojos apenas visibles entre la inflamación. El cuello y los brazos marcados por moretones oscuros que hablaban por sí solos. Pero lo que hizo que el corazón de Amara diera un vuelco fue otra cosa: su vientre. Redondo, prominente… y convulsionándose con espasmos cada vez más evidentes.
La Madame estaba embarazada. Muy embarazada.
Y algo se había desencadenado. De forma violenta. Tal vez forzada por los golpes. Su cuerpo temblaba, se doblaba sin control, como si algo en su interior hubiera comenzado antes de tiempo, sin tregua ni aviso. Se aferraba el abdomen con ambas manos, intentando resistir el avance de lo inevitable. El alumbramiento.
—Ayúdame… por favor… —murmuró, con la voz quebrada, como si cada palabra la desgarrara desde lo más profundo.
Amara soltó el aire como si le hubieran arrancado el alma de un tirón. El cuchillo resbaló de sus dedos, cayendo sin resistencia. Su corazón latía con fuerza, no por miedo esta vez, sino por algo mucho más urgente.
Su final tendría que esperar.
Porque en medio de todo aquel horror, había algo más frágil que ella. Algo que aún podía salvarse.
Y ella… todavía era lo suficientemente humana como para no mirar hacia otro lado.
No frente a una mujer que cargaba dentro una vida que luchaba por nacer.
Una vida inocente, sin culpa.