Capítulo 117 Debes casarte Iván. La terraza del ala privada estaba casi vacía, apenas iluminada por unas luces empotradas que dejaban la ciudad en penumbra detrás del cristal y la baranda. La lluvia ya había parado, pero el aire arrastraba todavía ese olor húmedo del asfalto recién golpeado, y el viento frío me rozó la cara apenas salí. Dante estaba de espaldas, con una copa en la mano, como si aquella noche no hubiera sido atravesada por ambulancias, amenazas y un auto volcado, sino por una cena que se había alargado más de lo previsto. Esa facilidad suya para mantenerse impecable en medio del desastre me revolvió el estómago. No me acerqué demasiado. Me detuve a unos metros. —Si viniste a repetir lo mismo, ahórratelo. Dante giró la cabeza apenas, lo suficiente para que yo viera el

