Capítulo 112 Culpables Iván La puerta de la sala de urgencias se cerró delante de mí con un golpe seco y esa simple barrera blanca me resultó más insoportable que el auto volcado, que el disparo, que la lluvia, que el dolor que todavía me ardía entre las costillas. Me quedé inmóvil en el pasillo, con la ropa húmeda pegada al cuerpo, los nudillos manchados de sangre seca y barro, y una violencia sorda creciendo bajo la piel porque, por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que controlar. No había volante. No había arma. No había órdenes capaces de adelantar el tiempo ni de obligar a una puerta a abrirse antes. Solo ese maldito pasillo iluminado con una luz fría, el olor a antiséptico y mi cabeza repitiendo la misma imagen una y otra vez: Sofía inmóvil, Sofía pálida, Sofía sin abrir

