El embriagante sabor de sus labios, el calor de su cuerpo desnudo, el deseo a flor de piel y mucho whisky corriendo por sus venas, y haciendo de las suyas para Jetro de Isabella quienes no se frenaron en un beso, todo lo contrario, se atrevieron a tanto que la ropa les estorbó y la cama se les hizo pequeña, recorrieron cada milímetro de esa habitación envuelto uno en el otro gimiendo, gruñendo y deseando cada vez más.
Isabella ni siquiera podía pensar en nada más que no fuese esa sensación de éxtasis, alegría, y calor que sentía por todo su cuerpo con cada penetración de Jetro, quien no dejaba de gemir y de gruñir, lo que le excitaba cada vez más, era su primera vez con alguien, su primera vez con un nombre y era con él, y no importaba porque lo estaba disfrutando, disfrutaba su respiración, los latidos de su corazón y la manera en que esos enormes manos rodean su cintura y la traían a él con fuerza, es su primera vez y sentía que podía tocar el cielo con sus manos.
Jetro no tenía tiempo para pensar en nada más que en Isabella, aún cuando no sabía que realmente estaba teniendo sexo con ella, él solo podía pensar en Isabella, en cómo la deseaba la última vez que la vio, en cómo la besó la última vez que habló con ella y entonces se detuvo, porque se acordó la promesa que le hizo a Mackenzie, en ese fugaz momento que ella cruzó por su mente.
–¿Qué pasó? –preguntó Isabella desconcertada, totalmente desnuda en la cama junto a Jetro.
Toda si ebriedad desapareció, y con esto llegó una aplastante culpa por lo que había hecho.
–lo lamento –dijo ya no tan ebrio como al principio, tomó su ropa y entró al baño.
Cuando ya había tenido suficiente sexo para drenar todo el licor de su cuerpo o por lo menos el efecto de embriaguez la culpa llegó en Jetro y se mira así mismo frente al espejo, con marcas de labial rojo por todo su cuerpo, era un mapa de donde había estado los labios de aquella bailarina exótica.
–¿Qué mierda hice –dijo mirándose a sí mismo, empezó a vestirse rápidamente y se vio algo torpe, pero lo hizo tan rápido que Isabella apenas está intentando procesar lo que había pasado.
Cuando el licor drenó su cuerpo en forma de sudor, y cayó en cuenta que se había acostado con el bastardo que su padre había tomado como suyo, se repudió a sí misma, se había entregado al hombre que más odiaba en la vida o por lo menos a uno de ellos, y ahora está envuelta en sábanas en su cama.
Jetro se sentía horriblemente culpable por todo lo que había hecho, por Mackenzie, por Isabella, por la promesa, esa estúpida promesa que empezaba a carcomer su conciencia.
Lavó su rostro intentando limpiar sus culpas, se sentía estúpido, culpable, pero muy estúpido sobre todo.
Isabella no lo podía creer, había estado por primera vez con un hombre y estaba ebria, y lo que le hacía sentir aun peor, era que lo había disfrutado demasiado, lo que le hacía sentir como una persona horrible.
Se levantó envuelta en la sábana y tomó su ropa con la sábana envuelta en su cuerpo, empezó a vestirse manteniendo su mirada fija en la puerta por la que Jetro había desaparecido, quería irse de ahí, lo único que quería era irse de ahí y no obtuvo el maldito pantalón, ya que Jetro se lo había llevado al baño con él.
Intentó mantener su orgullo intento, o por lo menos conservar el poco que le quedaba, así que no tomó el dinero, solo tomo sus cosas y salió tan rápido como pudo.
Se puso rápidamente el abrigo aún sin tener nada por debajo, tomó sus zapatos y sale corriendo de la habitación lo más sigilosa que pudo y no se detuvo hasta que llegó al ascensor, y presionó tantas veces y tan fuerte el botón que se cerró enseguida sus puertas.
Tan pronto como las puertas se cerraron ella se desploma en el ascensor y empezó a llorar encogiendo sus piernas, abrazadas a ellas, no paró de llorar sintiéndose una tonta por todo lo que habia pasado.
Se sentía tonta, culpable y ahora usada, pero odiaba sobre todo haberlo disfrutado tanto, sobre todo porque sabía con quién pasó era Jetro, el hijo de su enemigo y ahora no tenía nada valioso de ella, él se lo había quitado todo, su padre, su familia, su dinero y ahora también su virginidad y esto último era su culpa.
Se sentían tan idiota que era imposible no pensar que debía morir, no merecía nada bueno del mundo, ni de la vida.
Las puertas del ascensor se volvieron a abrir y ella salió corriendo del hotel sin importar que fuese pasada la medianoche.
Revisó su teléfono, quería llamar a Lana y decirle lo que había pasado, pero se dio cuenta que tenía más de veinte llamadas perdidas de un número desconocido ya que no tenía registrado el número de Lana supuso que a lo mejor se trataba de ella, al llegar a la calle tomó un taxi y se fue directo al hospital, quería ver a su madre, pero no sabía cómo se lo diría cómo le diría que acababa de meter la pata y perder lo único que su madre consideraba valioso, su virginidad.
Cuando llegó al hospital se detuvo en la puerta, no sabía si entrar o no, tal vez a esta hora su madre estaba dormida, o tal vez estaba despierta y quería preguntar sobre su matrimonio que ya no era parte de su plan, pero sin importar si tenía una respuesta o no ella quería ver a su mamá, acababa de perder su virginidad, y lo único que quería era ver a su madre, acostarse junto a ella y abrazarla.
En cuanto a las puertas del ascensor se abrieron en el piso en el que estaba su madre, vio como las enfermeras corrían de un lado al otro, había un pequeño escándalo y ella no entendía qué sucedía, hasta que dio un par de pasos fuera del ascensor y vio que todos corrían hacia la habitación de su madre, soltó el bolso que traía en su mano dejando que caiga al suelo y empezó a correr al igual que los enfermeros junto a la doctora, solo para encontrar a su madre pálida mientras intentaban reanimarla.
–¡¡Carguen!! –gritó la doctora e Isabella se desploma en el suelo, su madre estaba muriendo y la estaban reanimando de nuevo, por eso le estaban llamando, no eran Lana, era el hospital que la estaba llamando sin parar.
Todo empezó a funcionar en cámara lenta para ella o al menos ella lo ve y sentía de esa manera, todos corrían de un lado al otro, la pinchan, la movían, le daban choques y uno que otro le dedicaba una mirada de lástima a ella, no lo podía creer, la primera noche que no dormía con su madre y ella estaba muriendo.
Pensar que por estar con el hijo del hombre que lastimó a su madre, la había dejado, la hizo sentir una ira desmedida de venganza que antes no había sentido.
Ese pitido incesante infernal no paraba de ser prolongado y ella lo odiaba, porque lo único que quería era que empezaba a ser intermitente, porque eso significaría que su madre seguiría con vida, que los médicos harían algo y su madre seguiría con vida, que era lo único que ella quería, hasta que pasó.
El pitido pasó de ser prolongado a intermitente y en los rostros de todo el personal de salud que rodeaba a su madre, se vio el alivio, estaba con vida, aunque ya la habían entubado y hecho un par de prácticas más que Isabella ni siquiera podía entender, aún intentaba entender cómo es que había dejado a su madre esa noche.
–Hay que llevar la terapia intensiva, la mantendremos ahí hasta nuevo aviso. –dijo en voz alta la doctora, asegurándose de que Isabella a la escuchara aunque ella mantenía su mirada perdida.
–Señorita Lauren, llevaremos a su madre terapia intensiva, el tratamiento no está funcionando y parece que hay ciertas complicaciones –dijo e Isabella continuaba con la mirada perdida como si todo lo que había pasado fuese irreal, o una especie de pesadilla. –Isabella. La sacudió la doctora por los hombros. –¿me escucha? –preguntó de nuevo y ésta vez ella asintió. –llevaremos a su madre a terapia intensiva, la mantendremos ahí para observación –dijo, e Isabella nuevamente solo asintió aun desconcertada, la culpa la carcomía.