Anastasia, Marcus y el rey Helios se encontraban en el salón real, aún seguían bebiendo y compartiendo una botella de vino o mejor dicho una sangría, bebieron una, dos y hasta tres jarras del mejor vino, juntos compartieron un momento de felicidad hasta que sus cuerpos quedaron en la borrasca.
Marcus veía fijamente a Anastasia, pero esta vez estaría idiotizado con sus ojos verdes y sus labios de color carmesí, y esas pestañas largas resaltaban aún más su mirada seductora.
El rey Helios no podía negar la belleza que tenía frente a sus ojos, como tampoco podía dejar a un lado a su fiel, amigo y consejero, que estaba perdidamente hipnotizado con la chica.
El rey, al ver que entraban en calor, pensó que no estaría mal un poco de música, para bailar.
— Música, donde está la música, por favor, seguido de gran grito festivo, sonó la campana para llamar a otros sirvientes.
De momento, alguien acudió al llamado, era un jovencito que se acercó para atender las peticiones de su rey.
— Con permiso mi Sr. ¿Qué se le ofrece?
—Queremos música, mozo, respondió el rey en un tono de voz alegre.
— Enseguida su majestad, le envío a los músicos.
—Qué bueno, ahora es que comienza la celebración, dijo Anastasia, con vos ebria.
—Apenas inicia mi dulce doncella, respondió Marcus, seguidamente tomó su mano y mirándola a los ojos verdes profundos, conectaron sus miradas y besó sus manos, como todo un caballero.
Anastasia se dejó llevar al ver tanta caballerosidad. Y por un momento se sintió querida y muy atractiva.
Entraron tres músicos al salón, entonando notas de romance y felicidad.
Marcus procedió a tomar la mano de Anastasia, luego colocó su otra mano en la cintura y juntos danzaron al ritmo de la sonata, con la sincronía de sus cuerpos al moverse y sus miradas clavadas el uno al otro. Continuaron haciendo recorrido por todo el salón, como si se tratara de una gran pista de baile, eran ellos dos, el rey se deleitaba de felicidad al verlos bailar, al punto tal, de que sus pies se empezaron a mover solos y fue cuando se acercó a pedir esa pieza. Entonces Marcus, cedió a la doncella de ojos verdes, para que bailara en esta oportunidad con el anfitrión.
El rey tomó de la cintura a Anastasia y juntos iniciaron su recorrido al son de la música.
Las risas arrancaron, los saltos se dieron a relucir, al compás de la melodía.
Marcus observaba cada movimiento de su cadera, y el estilo elegante de su silueta al bailar.
Todos pasaban un buen momento. Al final el Rey volvió hacer su recorrido por todo el salón, hasta acercarse a Marcus y fue cuando se detuvo frente a su consejero, para entregar a la doncella que espera ser recibida por el siguiente bailarín.
Marcus agradecido con el rey, hace un gesto de amabilidad, tomando con la mano izquierda la mano de la chica y con su mano derecha la tomó por la cintura. Bailaron hasta que sus pies se enrojecieron y hasta que sus cuerpos cansados dejaron el ritmo a un lado.
Se dejaron caer sobre una poltrona de madera con finos cojines bordados con hilos de oro.
El rey hizo señas a los músicos, que se podían retirar.
Los músicos fueron saliendo una vez finalizada la canción, quedando el salón en un profundo sueño de descanso y ebriedad.
Pasaron las horas, el rey quedó dormido en su poltrona real, mientras Anastasia reposaba su cabeza sobre los hombros de Marcus. Ambos, sumergido en el lago de los cisnes, sus mentes comenzaban a volar, como si de aves se tratasen, sobrevolaban el fresco valle de la montaña y bebían del agua cristalina, pura de manantial. Pasaron las horas y volvieron en sí.
Marcus se levantó un poco mareado, volvió su mirada a donde estaba Anastasia y pudo observar que aún dormía, y que el rey se encontraba en un profundo sueño.
Por la mente de Marcus, pasó que era momento de volver a su habitación, pero no solo.
Marcus aprovechó el momento, extendió su mano para cargar Anastasia y llevó entre sus brazos.
Salió por la segunda puerta que daba hacia el pasillo y siguió caminando hasta llegar a las escaleras que conducían a las habitaciones.
El recorrido por la escalera era un poco dificultoso, con Anastasia dormida entre sus brazos, sin embargo, logró subir el último escalón que le faltaba, siguió andando en lo plano del piso, buscando las habitaciones.
Su habitación, era la última del castillo, quedaba a un extremo del mismo.
Cuando ya se encontraba cerca, pensó: - ¿Cómo haría para abrir la puerta con Anastasia en brazos?
De momento, Anastasia se percató que estaba en brazos de su caballero y lo abrazó, pero volvió a quedarse dormida.
A unos pocos pasos, había una poltrona larga, en dónde pudo recostar a Anastasia, mientras abría la puerta.
Abrió la puerta con una mano, mientras la otra empujaba la puerta. Despejó un poco la cama, quitando el exceso de cojines.
Finalmente, se dio la vuelta, buscando la salida de la habitación, para buscar a la doncella durmiente.
Volvió a la poltrona, la alzó entre sus brazos y la llevó a la habitación, dejándola acostada, lo mejor que pudo. Quitó sus sandalias plateadas.
Marcus se quitó sus botas y las colocó cerca de la cama, se quitó el chaleco de vestir y se puso lo más cómodo posible, acostándose junto a Anastasia, que aún seguía dormida.
Anastasia dio un giro dormida y adoptó posición podálica, de espalda a Marcus, quedando muy cerca de él.
Eran las dieciséis horas y alguien entró en la habitación para hacer limpieza en ella, pero al ver que aún dormía, decidió salir. Ese día no se hacía limpieza, sino hasta el
día siguiente, según correspondía.
Anastasia se fue despertando suavemente y al ver dónde se encontraba y con quién, pensó que no era propicio escapar, ¿y por qué, lo haría?, reflexionó.
La había pasado muy bien y nunca se había divertido tanto como ese día.
Era buen momento de corresponder al caballero romántico. Al fin de cuenta, por una razón se encontraba ahí.
Se levantó de la cama y fue el baño, se duchó e hizo todo lo que podía hacer ahí.
Tomó una bata blanca que estaba ahí y se secó, luego se vistió con ella y salió del baño, acostándose cerca de Marcus.
Comenzó a pasar sus finas manos por la espalda de Marcus y luego comenzó su juego de seducción, inició con unos cálidos besos sobre el frío cuello de su caballero. Quien se terminó despertando con una sonrisa en su rostro.