Lisette observó a su esposo desde donde estaba sentada, su mirada fija en él mientras escuchaba atentamente los planes que estaban formulando tras haber arrancado toda la información que pudieron al sirviente. Pero la frustración se reflejaba en su rostro. La información obtenida era escasa, vaga, y todo lo que el hombre había proporcionado era un miedo palpable a algo peor que la muerte: una maldición que traería hambruna y sed, condenando al reino a la ruina. Un delirio que parecía colectivo, que les hizo realizar tal acto de secuestrar a una niña indefensa. Sin embargo, Lisette sabía que esa amenaza no provenía de la diosa de la luna. La diosa, aunque enigmática y de métodos algo extraños, no era la causa de esa devastación. Su poder, el que otorgaba a las familias como los Saren, era

