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1179 Palabras
Cuando todo terminó, decidí quedarme revisando el equipo. No era realmente necesario, pero necesitaba mantener mis manos ocupadas, encontrar un escape para procesar el remolino de pensamientos y emociones que me invadían. —Ayudaré a Sami a llevar a Alexis a dormir —dijo Axel, rompiendo el silencio mientras ajustaba su chaqueta. —De acuerdo —respondí sin levantar la mirada—. Yo iré al cuarto dentro de un rato. Quiero estar sola por un momento... procesar todo esto. —Intenté sonreír, pero lo único que conseguí fue una mueca, pero él solo me observó con esa mirada suya, penetrante pero sin juzgar. —No te castigues por sentir, Celeste —dijo suavemente—. A veces el corazón se aferra a lo que cree perdido por demasiado tiempo. Eso no significa que esté mal... solo que estás vivo. Me quedé en silencio, dejando que sus palabras se asentaran. Quería decir algo, agradecerle quizás, pero lo único que logré fue asentir ligeramente. Entonces, Axel se dio la vuelta, dejando solo el eco de sus pasos y sus palabras resonando en mi mente. Al pasar unos minutos, seguí ordenando todo lo que estaba fuera de su lugar. Por más cansado que estuviera, esa rutina ayudaba a distraer la mente. Pero mi trabajo se detuvo cuando escuché unos pasos detrás de mí. —¿Qué te has olvidado, lobito? —pregunté sin voltear, con un tono de burla ligera. —No es Axel —susurró dentro de mi mente Gema. Mi cuerpo se estremeció cuando reconocí el olor inconfundible de Luis, ese aroma que no había sentido en años, desde que descubrí que era mi pareja destinada. Al darme la vuelta para encararlo, lo vi completamente cambiado; ya no llevaba la ropa del combate. Ahora lucía fresco, como si buscara ocultar con su apariencia la tormenta que se adivinaba en sus ojos. —No soy el lobito que esperabas —dijo con una sonrisa amarga. —¿Celoso de mi lobo? —respondí con una sonrisa burlona, aunque me sentía temblar por dentro. Luis gruñó suavemente antes de responder con firmeza. —Tenemos que hablar. Su tono era cortante, pero debajo de su rigidez había algo más profundo: ¿esperanza, tal vez? —¿Hablar? —respondí sin mirarlo mientras pretendía seguir con mi tarea. Mi voz sonó serena, aunque el corazón me martilleaba el pecho. —¿De qué deberíamos hablar, Luis? —De nosotros —dijo, acortando la distancia entre nosotros. Ese "nosotros" era como un puñetazo directo al pecho. Tragué saliva, luchando contra la ola de emociones que amenazaba con desbordarse. —No hay un 'nosotros', Luis —afirmé con un tono que intenté mantener firme. —Eso terminó hace mucho tiempo, cuando rompimos nuestro lazo de pareja. Luis dio un paso más, acortando la distancia. Ahora podía percibir claramente el aroma familiar que siempre lo rodeaba, una mezcla de madera y humo. —No digas eso —su voz bajó, convirtiéndose casi en un susurro—. Puedo verlo en tus ojos, Celeste. Todavía está ahí. Todavía somos algo. —Lo único que soy ahora es madre, Luis. Alexis es mi prioridad, y tú... tú eres solo parte de un pasado que no quiero repetir. —¿Crees que puedes borrar nuestro lazo? —Luis inclinó la cabeza ligeramente, estudiándome con una intensidad desarmante. —Yo no puedo. Cada vez que cierro los ojos, ahí estás. Sentí mis manos temblar mientras luchaba por mantener el control. Su voz todavía podía desarmarme con la misma facilidad de siempre. —No deberías sentirte así... No después de tanto tiempo —logré decir al fin, aunque mi tono sonaba quebrado. —¿Por qué no? ¿Por haberme equivocado? —Luis alzó la voz ligeramente, como si mi argumento le doliera—. ¿Acaso no tengo derecho a querer arreglarlo? Quise responder, pero las palabras se atoraron en mi garganta. El silencio entre nosotros se hizo pesado, interrumpido solo por los sonidos distantes del bosque. —Luis... por favor, vete. —Mis palabras apenas fueron un murmullo, cargadas de agotamiento y algo más que no quería admitir. Me observó por un largo momento antes de dar un paso atrás. —Esto no ha terminado —dijo, su voz seria. —Te lo dije: no voy a rendirme. Lo vi desaparecer en las sombras y sentí cómo el peso de su ausencia me golpeaba con tanta fuerza como su presencia. —Te dije que sería una mala idea haber peleado con él —susurró Gema dentro de mi mente, con una mezcla de burla y resignación. Negué con la cabeza, cerrando los ojos por un instante para calmar el torrente de pensamientos que me inundaban. —La diosa luna nos ama demasiado... porque nos devolvió ese lazo aunque fuera débil. —No culpes a ella. Siempre supiste lo que sentimos, incluso cuando estuvimos con el cazador —respondió Gema. —Lo único que importa ahora es terminar con Ricardo. Solo así estaremos tranquilas, y la familia estará a salvo —insistí con firmeza. —Por más que creas que ignorando lo que sientes conseguirás tranquilidad, estás equivocada. Esta vez no te dejarán sola, porque sabe bien lo que quiere ahora... y te quiere a ti —Gema dejó caer sus últimas palabras antes de retirarse de mi mente, dejándome con un vacío que no podía ignorar. Con un suspiro profundo, recogí el último de los equipos y me dirigí hacia la salida del campo. Al salir, mi vista se posó en dos figuras conocidas a la distancia: Axel y Noah caminaban juntos, tranquilamente, perdiéndose poco a poco entre los árboles iluminados por la luz plateada de la luna. —Y hablando de amores olvidados, alguien también tendrá sus momentos con cierto vampiro —dijo burlona la loba dentro de mí. —Sabemos lo que Axel siente, pero no sabemos lo que siente aquel chupasangre. —Con las pequeñas escenas de celos que se arma por segundo, demuestra mucho el tipo. A veces esos segundos me hacen sentir que me matará si pudiera... con los ojos —se rió Gema, divertida. —No se te ocurra darle ideas a Sami. Si ella ya ha notado la tensión entre esos dos, es porque también siente que ambos se siguen gustando, por más que su lazo esté medio quebrado. —Tú misma lo dijiste, ella no es ciega y seguramente ya se habrá dado cuenta. Así que, si ese vampiro le hace algo a Axel, lo rebano en pedazos... y Sami me ayudará con gusto —respondió la loba, con un tono casi amenazante. No pude evitar una ligera sonrisa ante la intensidad de Gema, aunque un nudo incómodo se instaló en mi pecho. Las relaciones entrelazadas que compartíamos con nuestras perejas destinadas eran un caos, una maraña de emociones que parecían destinadas a enredarse cada vez más. —Ojalá fuera tan fácil arrancar los sentimientos como lo es fingir que no existen —murmuré para mí misma, sintiendo cómo el peso de mi corazón luchaba contra la calma que intentaba aparentar
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