Esa noche, el aire en el campo de entrenamiento era tan pesado que casi podía sentirlo pegado a mi piel. Todo se sentía tenso, como si algo invisible estuviera a punto de romperse. Las sombras de los árboles, alargadas por la débil luz de la luna, parecían bailar a su propio ritmo, como si supieran algo que yo no.
Mientras todos estaban concentrados en los combates, yo simplemente no podía. Mi mente vagaba por lugares que no lograba descifrar, arrastrada por una sensación extraña o como si el ambiente susurrara algo que no alcanzaba a entender, pero que me hacía sentir incómoda, en alerta. Algo no estaba bien, y lo sabía.
Axel y Noah estaban en pleno enfrentamiento, y los golpes resonaban como truenos, atrayendo murmullos de admiración de los observadores. Sin embargo, mi atención se desvió hacia el borde del campo cuando una figura oscura se movió entre los árboles.
—¿Lo viste? —pregunté a Sami, sin apartar la mirada del límite del bosque, donde un destello fugaz había captado mi atención.
—¿Qué cosa? —respondió, siguiendo mi mirada con cautela.
—Allí, algo se movió —dije, señalando hacia la espesura, pero la figura había desaparecido como si nunca hubiese estado allí.
Sin pensarlo dos veces, me levanté. Mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente, guiado por esa mezcla de intuición y alerta que no podía ignorar.
—¿Adónde vas? —preguntó Sami, su tono teñido de preocupación.
—Me pareció ver a alguien —respondí rápidamente, con los sentidos en guardia.
—Debemos avisarle a Irina para que mande un grupo a inspeccionar el bosque —dijo Sami, mientras yo asentía con una leve inclinación de cabeza.
—Puedo ir yo —intervino el demonio, dando un paso al frente, con una confianza que rozaba la temeridad.
—Te quiero cerca de ella, cuidándola —le ordené con firmeza. No era momento de tomar riesgos innecesarios, y lo sabía mejor que nadie.
Él asintió, aceptando mi decisión sin discutir, pero Sami no pudo evitar susurrar:
—No hagas ninguna locura, tía.
Le respondí con una sonrisa que buscaba tranquilizarla, aunque por dentro el peso de mi decisión se sentía como una losa. Sin perder más tiempo, me dirigí hacia donde estaba mi sobrina.
Cuando llegué al lado de la pequeña Alpha, sus ojos se encontraron con los míos, cargados de esa intensidad que siempre me desarmaba. Era como si pudiera leer lo que había visto, lo que había sentido. Pero no dijo nada, esperando a que yo rompiera el silencio.
—Alguien ha estado en los límites del bosque, acechándonos —dije con cautela, analizando su reacción.
—Lo sé. Por eso ya envié a un grupo a investigar —respondió, su tono tranquilo, pero sus palabras cargadas de certeza.
—Entonces, lo notaste desde el principio —dije, impresionada por su rapidez.
—Mis queridas amigas internas lo sintieron desde lejos, aunque en diferentes puntos del campo. Sabía que era algo importante, por eso actué de inmediato —explicó, sin apartar la mirada de la pelea que se desarrollaba frente a nosotras.
—Debemos movernos más rápido. No podemos permitir que estas cosas sigan ocurriendo.
—Mañana, a primera hora, se comunicará a todos los planes y asignaciones. Quiero que cada uno sepa exactamente qué debe hacer y dónde debe estar. Por eso estoy evaluando las habilidades de combate ahora, asegurándome de que estén listos para lo que viene.
Me quedé en silencio, observando la pelea en el campo. Cada golpe, cada estrategia, era una pieza vital del rompecabezas que estábamos construyendo para sobrevivir. Pero esa sensación persistente de peligro no desaparecía. Algo nos observaba desde las sombras, y la amenaza se sentía demasiado cerca para ignorarla.
Desdepues de aquello el entrenamiento continuó, cada pareja mostrando su estilo único y áreas a mejorar. Sin embargo, note algo al borde del círculo de combatientes: Luis, quien me observaba en silencio.
—¿No planeas participar? —pregunte al acercarme, mis ojos fijos en él.
LINK:
—¡Estás loca! Debemos alejarnos de él —exclamó mi loba, su tono cargado de frustración y alarma.
—Cálmate, Gema. Solo será una pelea —respondí, intentando sonar tranquila, aunque sabía que no sería suficiente para apaciguarla.
—Eso lo dices ahora, pero sé bien que dentro de ti sigues teniendo sentimientos por ese lobo tonto —espetó, su voz atravesando como una flecha directa a mi interior.
—Sabes que las dos somos la misma persona, ¿no? —respondí, en un intento por restarle importancia, aunque su acusación me había desestabilizado más de lo que quería admitir.
—Lo sé. Por eso te lo digo. —Gema dejó caer esas últimas palabras con una mezcla de advertencia y resignación, antes de cerrar el enlace mental abruptamente, dejando un silencio que resonó más fuerte que cualquier grito.
Cuando volví a la realidad, lo primero que vi fue a Luis. Estaba ahí, observándome con esa mirada tan suya, intensa y desafiante, como si pudiera leer todo lo que intentaba ocultar. Había algo en sus ojos que siempre lograba sacudirme, un fuego que parecía arder incluso cuando intentaba ignorarlo.
—Creí que estabas demasiado ocupada observando a los demás —comentó, su tono ligero, casi casual, pero con un filo que dejaba claro que quería provocarme. Dio un paso hacia mí, inclinando apenas la cabeza. —Aunque, si quieres medir mis habilidades, no tengo problema en demostrarte de qué soy capaz.
Su mirada no se apartaba de la mía, y aunque intenté mantenerme firme, algo en su actitud me sacudió.
—¿Eso es un reto? —le pregunté, arqueando una ceja, dispuesta a jugar su juego aunque supiera lo peligroso que podía ser.
—Tómalo como quieras —replicó, dejando escapar una ligera sonrisa que no hacía más que provocarme.
El murmullo de los demás llenó el aire cuando Luis avanzó hacia el centro del círculo. Caminaba con esa mezcla de calma y seguridad que siempre lo había caracterizado. Yo lo seguí, aparentando la misma tranquilidad, aunque por dentro sentía un remolino de emociones que amenazaban con desbordarme.
—¡Destrozalo diablillo! —gritó Erick, rompiendo el ambiente con su tono burlón.
Luis no reaccionó, pero podía notar la leve curva en la comisura de sus labios, como si disfrutara de la atención.
El primer intercambio fue rápido. Luis atacó primero, directo y con fuerza, pero esquivé su golpe con facilidad. Mi respuesta fue un barrido bajo que casi lo derriba, aunque logró retroceder justo a tiempo. Me miró, esa sonrisa suya tan infame y fascinante pintada en su rostro.
—¿Eso es todo lo que tienes? —bromeó, alzando una ceja con evidente desafío.
—No querrás que me tome esto en serio, Luis. Podrías arrepentirte —respondí, manteniendo mi voz firme, aunque por dentro sentía que mi paciencia se desmoronaba.
—¡Demuestra lo que sabes, pequeña! —intervino Axel desde un lado, con un tono que mezclaba burla y aliento.
Nuestros movimientos se volvieron más intensos, rápidos y calculados. Cada ataque y cada defensa llevaban un significado más profundo. Cada paso que daba hacia él, cada evasión, era más que un simple combate físico. La tensión entre nosotros crecía con cada segundo, palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de todo lo que no nos decíamos.
Aunque los demás parecían entretenidos, haciendo apuestas o lanzando comentarios, esa energía entre Luis y yo era exclusivamente nuestra. Era como si el mundo alrededor desapareciera, dejándonos atrapados en un juego que ninguno quería admitir que estaba jugando.
Entonces, cometí un pequeño error, apenas un descuido, y lo siguiente que supe fue que Luis me había inmovilizado. Sus manos sujetaron mis muñecas con firmeza, y nuestros cuerpos quedaron tan cerca que podía sentir el calor de su piel, el ritmo de su respiración acelerada que reflejaba la mía.
Levanté la mirada y lo encontré observándome, sus ojos llenos de desafío, pero también de algo más, algo que hacía que mi corazón latiera con más fuerza de lo que quería admitir.
—¿Siempre tienes que demostrar que eres la más fuerte? —susurró, su voz baja y cargada de un desafío que no parecía solo físico.
—¿Y tú siempre tienes que intentar provocarme? —respondí, intentando sonar serena, pero mi voz traicionó la agitación que sentía por dentro.
El silencio que siguió fue tan intenso como el combate. Por un instante, todo se detuvo. Era como si estuviéramos suspendidos en un momento que ninguno quería romper. Mi respiración estaba agitada, pero no por el esfuerzo físico, sino por esa proximidad que hacía que mi piel ardiera.
Con un movimiento rápido, me liberé de su agarre y retrocedí, retomando la distancia que tanto necesitaba.
—Buen intento —dije, con una sonrisa que intentaba ocultar el torbellino de emociones que aún sentía.
Luis no respondió, solo me miró con esa mezcla de arrogancia y algo más profundo, algo que no podía descifrar.
—Solo el primero de muchos —murmuró mientras se alejaba, dejándome con el corazón latiendo desbocado y la certeza de que, en realidad, tenía toda la razón.