CAPÍTULO 1. LA CONFERENCIA-1
CAPÍTULO 1. LA CONFERENCIA
Me había despertado temprano, a las cinco y media, a diario repetía la misma rutina, prepararme, ducharme, cepillarme, arreglarme delante del espejo, desayunar y salir.
Sabía que en mi trabajo era muy importante la buena imagen que diese, no porque eso supusiera un cambio sustancial en el resultado de mi empresa, pues era una administrativa, sino porque desde la dirección nos habían dicho que cada uno de nosotros, los afortunados trabajadores, debíamos ser reflejo de una empresa seria y con clase.
La verdad es que para estar casi encerrada en un cuarto revisando facturas y albaranes, no creo que precisase tanto tiempo de dedicación ante el espejo, pero bueno, era mujer y me gustaba vestirme bien, aunque sólo fuese para recibir los buenos días del conserje del edificio en donde trabajaba cada mañana.
Era entre semana por lo que estaba deseando que llegase el viernes, en concreto por la tarde, para poder disfrutar del fin de semana, en verdad que la empresa estaba teniendo un gran éxito, y con ello el volumen de ventas se había multiplicado, casi tanto como el número de facturas que tenía que contabilizar.
Aunque todo el sistema estaba informatizado, desde el pedido del artículo, cuando no quedaba stock en los almacenes, hasta su venta; pero mi trabajo era tedioso, comprobar que cada operación llevase su correspondiente firma por parte del proveedor y cliente, y contabilizarlo; igualmente debía de anotar los cheques y transferencias realizadas.
Un trabajo que llevaba desarrollando ya hacía tres años y del cual no veía que pudiese salir, porque no existía promoción en mi departamento a otros puestos ni a otros departamentos; si quería cambiar de puesto, debía de pasar por un proceso de selección como todos los restantes candidatos de fuera de la empresa.
Quizás me hubiese gustado un puesto de comercial, atendiendo al público, conociendo gente interesante, ofreciéndole las últimas tendencias, para mí era mucho más enriquecedor por lo menos tendría con quien hablar, y cuando no hubiese clientes, podría acercarme a otra zona para hablar con algún compañero.
Pero desde el puesto donde estaba me resultaba difícil salir a hablar con otro, pues debía de atravesar varios despachos de jefes antes de llegar a la zona común donde podía encontrarme con algún compañero, el cual procuraba pasar poco por allí por si salía alguno de los jefes y les veía ociosos.
Me sentía una privilegiada por el puesto de confianza que me habían dado, no todos tenían la posibilidad de tener un despacho propio y rodeado de jefes, pero eso me limitaba, pues ellos no me miraban como a una igual, y por tanto no me trataban como si fuese una compañera más, practicante no me dirigían la palabra.
Salía con varias amigas de fuera del trabajo que tenían otro tipo de puestos, como peluqueras o cajeras, y todas parecían disfrutar mucho de su oficio, pero envidiaban que trabajase para una gran empresa, me decían que seguro que algún día uno de esos jefes se fijaría en mí y quién sabe si hasta se enamoraría.
Aún no me había llegado ese momento ni esperaba que llegase, pues todos estaban casados y tenían como diez años más que yo. Me conformaba con mi trabajo y disfrutar los fines de semana para descansar, desconectar de todo lo relacionado con números y facturas, y salir con mis amigas a bailar.
Éramos un grupo de tres chicas, que nos gustaba mucho salir, ir de fiestas, dejar que los chicos nos invitasen a las bebidas y que nos sacasen a bailar.
Todo nos lo tomábamos a broma, sabiendo que ninguno de esos querría nada serio con nosotras, simplemente pasar la noche, no nos preocupábamos en tener esperanzas de encontrar a alguien especial entre aquellos pretendientes.
Hoy había empezado igual que todos los días anteriores, me había cogido un café de paso antes de llegar a mi despacho, y me había sentado frente al ordenador, junto con dos cajas de papeles del día anterior.
En una estaban las operaciones de los clientes y en otra las de los proveedores, personalmente prefería empezar por la de estos últimos, ya que siempre era más urgente tenerles a ellos contentos, pues si tardábamos en pagar o en responder podrían dar problemas en la entrega y con ello perjudicar el negocio.
En cambio, los clientes, eran siempre más pacientes, no tenían tanta prisa en que se les cobrase, aunque como era mi obligación no lo dejaba pasar más de un día en contabilizar todas las operaciones.
Lo primero que hacía era separar cada documento, según el proveedor, como si fuese un trabajador de correos, leía cada uno de los remites, y los clasificaba.
A veces me había encontrado documentos que no nos correspondían que habían dejado por error, como la copia incorrecta de la nota de entrada, todas estas inclemencias las iba resolviendo sobre la marcha, primero separándolo en un estante diferente, para luego realizar las gestiones telefónicas oportunas.
Una vez que tenía separado todo aquel primer montón para cada proveedor, volvía a hacer una selección de los documentos, según fuesen notas de entrada, albaranes o facturas.
Todo un mundo de pequeños detalles a los que atender antes de empezar el trabajo propiamente dicho, nada más que en ordenar de cada papel en su lugar, me llevaba buena parte de la mañana, una vez hecho debía de escanear cada documento para tenerlo guardado en el ordenador, lo que facilitaba la búsqueda si se necesitaba.
Posteriormente, cada documento, una vez comprobado que se correspondía con la operación que figuraba en el ordenador era archivado en su cajón, uno por cada proveedor. Allí permanecería cada papel a buen recaudo durante un periodo mínimo de cinco años, por si alguna inspección venía a revisarlos.
Ya era medio día y únicamente me había dado tiempo a acabar con los proveedores, todavía me quedaba el grueso del trabajo, los clientes, pues estos eran muchos más, pero también estaba más automatizado, pues casi todos eran notas de pago, bien en efectivo o mediante tarjeta.
De estas últimas debía de realizar un apunte en el ordenador para que este se encargase de llevar la gestión de cobro automatizada para lo cual debía de introducir los datos del cliente, el número de tarjeta, la cuantía de la deuda, y el vencimiento en caso de aplazamiento.
Pero todo eso vendría después de comer, era el único momento que salía de aquel lugar, la empresa se hacía cargo de un porcentaje del consumo realizado si era dentro de su edificio, a pesar de lo cual había muchos que se iban a comer a los locales próximos o bien a sus casas.
Solía comer en un bar cercano, en un lugar pequeño, pero donde me sentía casi en familia, pues todos los días iba al mismo lugar y cada día me preparaban algo diferente.
Me angustiaba la idea de tener que estar en la empresa incluso para comer como si no les dedicase suficientes horas al día; y para ir y volver de mi casa estaba muy lejos.
Aquel lugar me servía también para relacionarme con gente normal, que no estaba tan pendiente de aparentar delante de los clientes ni de querer presumir de sus ventas delante de los compañeros.
Estando comiendo se acercó a la barra del bar una joven, que intercambió algunas palabras con el encargado, y dejó un pequeño montón de papeles sobre el mostrador. No le di más importancia, hasta que me acerqué a pagar mi consumición, cuando vi un montón de panfletos que había dejado aquella joven.
Tras pagar y mientras esperaba mi cambio abrí uno de esos trípticos, y observé que se trababa de una conferencia sobre un nuevo producto de terapia en el que se prometía la cura para todo tipo de dolores, incluidos los menstruales y migrañas.
La verdad es que no solía frecuentar esos lugares, pues sabía que se trataban todos de un negocio más o menos bien montado, que al final lo único que querían era venderte su producto y para ello afirmaban propiedades beneficiosas para la salud que no tenían.
Lo había visto cientos de veces en mi propia empresa, llegar una persona indecisa o simplemente con algunas cuestiones sobre un determinado producto, y salir con dicho producto bajo el brazo con la seguridad de haber comprado algo imprescindible para su vida.
Le habían creado la necesidad psicológica de ese producto y luego se lo habían vendido. Supongo que este sitio del tríptico sería lo mismo, palabras bonitas para vender un producto.
A pesar de mis reticencias iníciales me llevé uno para comentárselo a una de mis amigas, que era una ferviente creyente de todos esos temas, sanaciones, adivinaciones y por el estilo; a pesar de que la había dicho muchas veces que ella era muy crédula e influenciable, parecía que mis palabras no surtían ningún efecto, más que el de provocarle risa por mi incredulidad.
La había comentado repetidas veces que en una ocasión había salido con un farmacéutico y este me había dicho que muchos de los medicamentos eran plantas de la propia naturaleza tratadas y encapsuladas, sin mayores efectos que si se consumía la planta, bien directamente, mediante infusiones o cataplasmas según el lugar de afectación.
Mi amiga seguía pensando igual, que había algo más de lo aparente, que no se podía explicar. Al final de la jornada la llamé, y ella me convenció de que nos encontrásemos en la puerta del local donde esa misma tarde se daba la conferencia.
Me mostré algo reacia a perder mi tiempo en ello. Ella me recordó que en más de una ocasión me había acompañado a alguna de las reuniones de formación que se impartían en mi empresa.
Sin pensarlo me vi en una sala llena de personas que vestían ropa bastante informal, y en algunos casos hasta llamativa, ellos preferían llamarse a sí mismos alternativos. Incluso alguno miraba a los que no vestían igual como si fuesen unos cortos de miras, como me habían dicho a mí en una ocasión, por ir con mi ropa de trabajo a un lugar como este.
La verdad es que no me encontraba del todo a gusto en este ambiente, se les veía a ellos tan contentos, tan despreocupado del día a día, quizás en parte me daban envidia.
No me podía permitir dedicar mi tiempo a pensamientos tan elevados, como la existencia de otros cosmos o de buscar mi esencia interior. Mis metas se centraban en mi día a día, enfrentarme y superar los retos que a cada paso se me presentaban y llegar a final de mes, con algún ahorrillo para poderlo celebrar con las amigas.
Por suerte para mí, las épocas de vacas flacas habían acabado, tras mis penosos años de facultad en que debía de trabajar para pagarme los estudios, a la vez que el piso que ocupaba.
Este puesto me había permitido prepararme un futuro acogedor, tenía alquilado un apartamento lejos del centro, para lo cual me veía obligada a usar el transporte público diariamente, pero me compensaba tener mi espacio; además mis amigas tenían coche por lo que cuando nos reuníamos para salir de fiesta, alguna de ellas pasaba a recogerme.
La conferencia empezó bien, se presentó el conferenciante diciendo,
―Buenas tardes, antes de empezar me gustaría que me dijesen, ¿cuántos de vosotros estáis casados? ―Varios de los asistentes levantaron la mano.
―¿Cuántos tenéis pareja? ―Otros lo volvieron a hacer.
―¿Cuántos lleváis sin pareja menos de un año? ―Ya fueron menos los que la subieron.
―¿Quiénes estáis sin pareja más de un año? ―Sólo dos personas fueron esta vez las que levantaron las manos, y de repente mi amiga, a la cual había acompañado para la charla, me dio un golpe con el codo y levanté la mano.
―¿Las tres personas que han levantado la mano podéis venir aquí? ―preguntó el conferenciante.
Todavía no tenía demasiado claro lo que hacía allí, únicamente quería acompañar a mi amiga y ahora me pedían que colaborara en algo que a mí personalmente no me interesaba. Pero viendo ilusionada a mi amiga, con una sonrisa picarona, pues estaba más nerviosa que yo, la quise complacer y salí al frente, pasando entre las sillas de otros asistentes.
Llegando a la cabecera, me quedé quieta esperando a que llegasen las otras dos personas, una mujer quizás un poco más joven que yo y un chico más mayor, ya con algunas canas.