El senador Sexton estaba acurrucado solo en su sofá; se sentía un refugiado. Su apartamento de Westbrooke Place, que apenas una hora antes había estado lleno de nuevos amigos y de partidarios suyos, ahora parecía un lugar abandonado, sembrado con los restos de vasos y de tarjetas de visita dejadas por los hombres que literalmente habían salido corriendo por la puerta. Y ahora él estaba encogido y solo delante del televisor, deseando más que nada en el mundo apagarlo, aunque incapaz de retirar su atención de los interminables análisis mediáticos. Aquello era Washington y los analistas no tardaron en poner en marcha su pseudocientífica y filosófica hipérbole para concentrarse en la parte fea del asunto: la política. Como buenos maestros torturadores frotando ácido en sus heridas, los prese

