En la cuarta planta de los estudios de televisión de la ABC, Gabrielle Ashe seguía sentada sola en el despacho de paredes de cristal de Yolanda con la mirada perdida en la alfombra deshilachada. Siempre se había vanagloriado de su buen instinto y de saber en quién podía confiar. Ahora, por primera vez en años, se sentía sola y sin saber qué camino tomar. El pitido del móvil le obligó a levantar la mirada de la alfombra. Respondió a regañadientes. -Gabrielle Ashe. -Gabrielle, soy yo. Reconoció el timbre de la voz del senador Sexton enseguida, aunque sonaba sorprendentemente calmado teniendo en cuenta por lo que acababa de pasar. -He tenido una noche espantosa -dijo el senador-, ¿de modo que déjeme hablar. Estoy seguro de que ha visto la rueda de prensa del Presidente. Demonios, he

