Cuando la tormenta por fin estalló sobre la Milne, desatando toda su fuerza sobre el habisferio de la NASA, la cúpula se estremeció como si fuera a elevarse del hielo y salir lanzada mar adentro. Los cables estabilizadores de acero tiraban, tensándose, de sus soportes, vibrando como enormes cuerdas de guitarra y emitiendo un triste lamento. Los generadores se estremecieron en el exterior y las luces parpadearon, amenazando con dejar la enorme sala a oscuras. Lawrence Ekstrom, el directo de la NASA, caminaba a grandes zancadas por el interior de la cúpula. Deseaba poder largarse de allí esa misma noche, pero eso iba a ser imposible. Se quedaría un día más, dando ruedas de prensa adicionales durante la mañana y supervisando los preparativos para transportar el meteorito a Washington. En es

