Había transcurrido casi un año desde que partimos de Chicago, afortunadamente ya estábamos instalados por completo en una nueva casa y aunque la situación fue algo difícil al comienzo, poco a poco nos habíamos acostumbrado a nuestra nueva vida en la calurosa ciudad de Santa Verónica en California. El caso especial fue Kendall, quien me odió, casi de inmediato, cuando se enteró de la noticia, pues ya se sentía cómoda con su vida en el internado. Y me lo recalcaba cada vez que podía, por lo que le tuve que contar gran parte de lo sucedido en el club. Lo cual terminó en un “Te lo dije”. Claro, porque ella me lo advirtió antes de irse. Pero como lo dije antes:
Aunque quisiera, no habría podido.
—Kevin, ¿puedes hacerme unas compras por favor? —Preguntó mi madre sacándome de mis pensamientos.
—Estoy estudiando. —Respondí desde la sala de estar mientras pasaba los canales de televisión.
Unos pies bajaron pronto la escalera y desde el barandal me observó una Kendall desdeñosa.
—¿Acaso tú estudias? —Cuestionó con una ceja alzada y yo puse los ojos en blanco.— ¡Está viendo televisión, mamá!
Arrojé mil maldiciones en voz baja cuando escuché a mi madre renegar desde la cocina. Apagué el televisor y me levanté del sofá para ir a buscar la moto e ir al supermercado, cuando mi hermana se ubicó rápidamente delante de mí, impidiéndome el paso.
—Llévame. —Suplicó poniendo ojos de cachorro.
—No llevo soplonas. —Respondí firme intentando esquivarla, pero nuevamente me lo impidió.— ¿Qué demonios quieres, Kendall?
—Necesito comprar algo… —Bajó un poco la voz y yo estaba comenzando a exasperarme.— Pero no puedes saber porque son cosas de mujeres.
—No me jodas. —Chasqueé la lengua sacándole el cuerpo. Pero cuando abrí la puerta para salir, dijo algo que me detuvo en seco.
—No me obligues a decirle a mamá lo que ya sabemos. —Canturreó con una ternura bastante fingida.
Odiaba ser manipulado por Kendall, pues nunca sabía cuando se podía terminar. Se aprovechaba de eso para obligarme a hacer lo que ella quisiera. La última vez fue hace casi un mes, cuando justo tenía que entrar a mi habitación en el momento que guardaba en una cajón de mi closet, el revólver que me había dado Oscar, siendo esa una de las razones que me llevó a contarle lo sucedido en Chicago.
—¿Soy tu mellizo y te avergüenza que te compre toallitas? —Pregunté con una ceja alzada tratando de desquitarme un poco.
Ella me chistó. —¿Todos se tienen que enterar?
Bufé y salí de la casa con ella siguiéndome el paso. Nos dirigimos al garaje para buscar la moto y cuando ya estuvimos sobre ella, a punto de irnos, me giré hacia Kendall.
—¿Cuándo dejaras de chantajearme? —Pregunté.
—Cuando dejes de ser un amargado. —Respondió burlona y yo puse los ojos en blanco.— ¡Corre como el viento tiro al blanco!
No respondí y solo me dediqué a manejar la moto. El supermercado no quedaba tan lejos, quizás 10 o 15 minutos, en moto. Sin embargo, algo no me terminaba por convencer en el camino y Kendall también pareció notarlo. Así que tuve que desviarme.
—¿Y estas calles? —Preguntó.— ¿Dónde estamos?
De vez en cuando miraba por el retrovisor. Maldecía al notar que desviarme no daba resultado.
—¿Qué está pasando, Kevin?
Aceleré. No podía poner en riesgo a Kendall, así que debía dejarla cuanto antes en el supermercado. Que ella comprara todo, ya después pasaría a recogerla. -Si regresaba a salvo-. Por un momento los perdí, pues ya no los veía por el retrovisor, ni mucho menos los escuchaba. Kendall bajó de la moto una vez llegamos al supermercado pero no quiso entrar. Con los brazos cruzados sobre su pecho, me observó indignada.
—Entra de una vez, Kendall. —Advertí señalándole el market pero ella negó con la cabeza.
—Dime ya qué es lo que está pasando.
Suspiré con frustración. Sin embargo ella permaneció ahí, insistente como siempre.
—Nos están siguiendo.
—¿Quiénes? —Preguntó.
—Solo sé que son motociclistas, así que lo más probable es que sean de Chicago.
—¡¿QUÉ?! —Exclamó y yo la chisté.— ¿No se supone que ya te habían dejado en paz? ¿Qué vamos a hacer, Kevin? —El tono de su voz fue invadida por los nervios.— Dios… Tengo mucho miedo.
—Tú solo entra que yo me encargo. —Levanté un poco la tela de mi camiseta y Kendall abrió los ojos de par en par cuando alcanzó a visualizar el arma en mi pantalón.
No estuvo de acuerdo. Kendall era muy pacífica e inocente para estas cosas.
—¡¡KEVIN!! —Exclamó en un susurro mirando en todas las direcciones con la esperanza de que nadie nos hubiese visto.
Bufé. —Solo la usaré en mi defensa.
—¡¡¡KEVIN!!!
Me puse nuevamente el casco y salí disparado en la motocicleta hacia la autopista nuevamente. Por el retrovisor alcancé a ver a Kendall estática a las afueras del supermercado. Se iba a quedar preocupada, pero debía sacarme esa piedra del zapato cuanto antes.
Di un par de vueltas por unas cuantas calles antes de llegar al autopista, cuando sentí de nuevo el rugido de aquellas motocicletas. Permanecieron a lado y lado detrás de mí, entonces uno de ellos se me adelantó, cuando pasamos por una calle algo deteriorada, y el otro se ubicó detrás de mí, cerrándome. Maldije por lo bajo. Todo por esa asquerosa vía. En un callejón los dos se detuvieron y me vi obligado a hacerlo también.
Bajaron de las motocicletas y se quitaron los cascos. Estaba seguro de que no los conocía y por sus pieles algo bronceadas supuse que eran de California, así que claramente no eran de Chicago sobre ruedas. La pregunta era: ¿Qué diablos querían de mí?
Mantuve la distancia en todo momento con los dos. Ninguno hablaba, nadie decía nada; de vez en cuando intercambiaban una mirada y esbozaban una sonrisa. Provocando que mi paciencia poco a poco se agotara.
—¿Qué es lo que quieren? —Les cuestioné firme, con el mentón en alto.
Uno de ellos, el más alto y fornido, se acercó a mi motocicleta para palparla un poco, analizándola.
—Me gusta mucho tu motocicleta… —Alargó mientras la acariciaba como si de las curvas de una mujer se tratara.
De inmediato supe que era lo que buscaban. Entonces desenfundé el arma y lo apunté directamente en la frente, con la boquilla del cañón rozando su piel.
—Es mía. —Advertí.— Así que se queda conmigo.
El susodicho viéndome con una expresión divertida en su rostro, se alejó lentamente con las manos en alto. En esas, el compañero se acercó de igual manera, con las manos arriba. Intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada, peor aún, no denotaban ni pizca de temor.
—No te seguimos para robarte la moto, muchacho. —Dijo de repente el de atrás, un poco más bajo y delgado.
Lo vi de reojo, aún con el revólver apuntando a la cabeza de su compañero. Un movimiento brusco y era hombre muerto. No estaba para juegos.
—¿Entonces? —Repliqué.
—Queremos que te unas a nuestro club. —Respondió el fornido con un brillo de esperanza en sus ojos, y aunque aún permanecía con las manos en alto, podía notar que no tenía ni una pizca de miedo, aún ante el hecho de estar siendo apuntado con un arma. De hecho, a pesar de su apariencia ruda e intimidante, este tipo cuando hablaba daba un aire amigable, diferente a los demás motociclistas.
En ese momento no les di respuesta. Desconfié un poco, tal vez porque aún me sentía prófugo tras mi renuncia en Chicago sobre ruedas. Llegamos a la casa; Kendall no pronunció nada al respecto y para mí era mejor así. Entre más lejos estuviera de este mundo, mejor. Yo entré una vez y tuve que huír para sobrevivir. Pero, ¿a quién quiero engañar? Estar en las carreras de motos me devolvió la vida. A pesar de que me tocó empezar desde abajo, y que por mucho tiempo fui el novato, incluso los golpes que tuve que llevar y que muchas veces me atemorizaban las misiones del Jefe, puedo decir que por ese momento fui…
¿Feliz?
Suspiré y di media vuelta en la cama. Ahí en la mesa de noche estaba mi teléfono, junto a un pequeño trozo de papel. Estaba a una simple llamada de volver a introducirme en aquel mundo. ¿Que si estaba consciente del peligro? Por supuesto que sí. Pero había vivido tantas cosas, que en ese punto ya me tenía completamente sin cuidado.
Y lo hice. Agarré el teléfono y el papel. Eran exactamente las 11:38 p.m. de un viernes. Si esos tipos en realidad pertenecían a un club de motos como decían, seguramente estarían en pleno furor de las carreras clandestinas. Marqué el número y llamé.
Al tercer timbre contestaron del otro lado.
—¿Hola? —Dijo la misma voz ronca de esta tarde.
—Hola. —Respondí.— ¿Hablo con Zac Morrison?
—¡Ese mismo! —Respondió acompañado de una risa. Seguramente estaba tomado.— ¿Allá con quién?
Suspiré. —Soy Kevin Cruise, el chico de la kawasaki ninja de esta tarde…
—¡Oh, ya recuerdo! —Exclamó fuerte y yo tuve que apartarme el teléfono de la oreja.— ¡Eres tú el que casi me vuela la cabeza de un balazo! —Puse los ojos en blanco y me quedé en silencio por un momento. La música y el bullicio de la gente podía percibirse al fondo.— Entonces dime, ¿te decidiste?
—Sí. —Contesté jugando con las llaves en mi mano.— Me uniré a ustedes.
Un aullido se escuchó del otro lado de la llamada y yo me decidí a colgarla de una vez. Aunque de pronto no fue tanto porque me comenzaba a fastidiar la algarabía de ese tal Zac, sino más bien porque podía arrepentirme.
Pero ya había aceptado. Y no había marcha atrás.
***
Tardé un poco en llegar allá; no sabía que Santa Verónica era una ciudad tan grande. De hecho a diferencia de Chicago sobre ruedas, este club está ubicado en lo que parecía ser una zona rosa pero un poco más escondido. Así que seguramente sus integrantes eran unos malditos fiesteros.
Aunque me quedó bastante claro cuando llamé a Zac la noche anterior.
Cuando entré los rugidos de las motos invadieron mis oídos y sentí como mi corazón latió con fuerza. Era un sentimiento bastante familiar y me gustaba. Extrañaba las carreras desde luego y estar en este club en Santa Verónica sentía que podía devolverme la vida.
—¡Hey, Kev! —Exclamó eufórico la única voz conocida en medio de aquel bullicio.
—¿Perdón? —Lo observé extrañado cuando me dio dos palmadas en la espalda.
—Ya basta hombre, estamos en familia. —Finalizó con una sonrisa ladeada.— Aquí todos somos como hermanos. ¡Hey! ¿qué tal? —Finalizó saludando a otro sujeta que pasaba en una moto a unos metros de nosotros.
Incluso en el rato que estuvo conmigo Zac podría haber salido a unas 8 o 10 personas. Vaya tipo tan popular en este club. Así que con ese reconocimiento, seguramente era uno de los mejores corredores. O tal vez…
—Relacionista financiero. —Contestó seguro de si mismo.
¿Qué mierda..?
Asintió con la cabeza y sonrió ante mi cara de confusión seguramente. —Organizo las carrera y llevo seguimiento de todo el dinero que ingresa y sale del club con las apuestas. A veces corro pero por diversión más no por competir.
Estaba escuchando atentamente lo que decía Zac sobre cómo se manejaban las cosas en este club que no me fijé cómo, ni quién, se había chocado conmigo y terminó en el suelo.
Había sido una chica, de cabello rubio y llena de joyas que parecían ser bastante finas.
Fruncí el ceño cuando vi que se volteó hacia mí y me tendió su mano desde el suelo, expectante a cualquier reacción mía.
—Te está pidiendo que la ayudes a levantarse. Venga, ayúdala. —Susurró Morrison detrás de mí con disimulo.
—Puedes levantarte sola. —Señalé tratando de sonar lo menos tajante posible.
¿Ella se estrelló conmigo por ir despistada y luego era yo quien debía ayudarla a levantar? Tenía que ser una broma.
Ella asintió sonriente. —Es verdad. —Con dificultad se puso de pie y se acercó a mí con aire altivo pero al mismo tiempo seductor, analizándome de pies a cabeza, incluso creí estar desnudo por un momento.— Me parece que es la primera vez que te veo por aquí.
Asentí con desinterés.
Sonrió ladeada y se acercó un poco más a mí para juguetear con el borde del cuello de mi camiseta. —¿No me dirás tu nombre?
—Eh… Soy Kevin. —Respondí sin más.
—Kevin… —Repitió ella con la misma sonrisa y se acercó aún más para susurrar algo en mi oído: —Espero que nos volvamos a ver, Kevin.
Y sin más se alejó, no sin antes darme un corto pero húmedo beso en la mejilla, dejando su labial vinotinto marcado en mi piel.
Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, Zac se acercó a mí con una expresión de burla en su rostro.
—¿Qué te dijo Ashley? —Preguntó confidente, cerciorándose que la susodicha no fuese a escuchar.
Me encogí de hombros. —Andaba en plan de ligue la rubia.
—Oh vaya, eso sí será un problema. —Se lamentó Zac, adoptando un aire un poco más serio.
Fruncí el ceño confundido. —¿Y eso por qué?
—Bueno… Ashley es la hija del señor Evans, el dueño del club. —Puse los ojos en blanco recordando lo que me había pasado antes con aquella loca en Chicago, pero antes de decir cualquier cosa, Zac hizo un ademán de que lo dejara terminar.— Aquí tu problema será aquel.
Hizo un mohín, indicándome la dirección a donde debía mirar.
A unos cuantos metros de nosotros, en medio de un grupo de gente se encontraba Ashley, abrazando a un chico con suma coquetería al igual como lo había hecho conmigo hace un momento. La diferencia era que aquel chico sí le correspondía, pues la sujetaba posesivamente de la cadera, apoyado en su motocicleta, mientras conversaba amenamente con otras personas a su alrededor.
—Es Logan Dawson, el novio de Ashley. —Añadió el castaño.— Como es el mejor corredor del club y yerno del dueño, cree que puede hacer lo que le dé la gana.
Bufé. —Pobre imbécil. —Solté por lo bajo.
Zac se giró hacia mí. —¿Qué dijiste?
—Que ya le llegará su hora al cara de barbie ese.
El castaño a mi lado soltó una carcajada y yo no podía dejar de ver al tal Logan y su motocicleta. Tenía una Suzuki Gixxer 250; se trataba de una muy buena máquina pero solo si quien la maneja le saca todo el jugo. De todas formas no tiene nada que hacer contra mi Ninja 300.
—No busques problemas, hombre. —Insistió al notar que hablaba en serio.— El tipo es muy bueno y tú ahora mismo eres el nuevo, así que no te conviene. Deja que vayas cogiendo más experiencia...
—Yo vine aquí para correr. —Le advertí y él se quedó en silencio.— Y la experiencia… Ya la tengo.
Zac frunció el ceño sin comprender muy bien, o tal vez suponiendo algo que podría traernos un verdadero problema. Por eso recordé en ese momento que si había sido parte de Chicago sobre ruedas, no podía pertenecer a otro club. Y tal vez fue lo que también pasó por la mente de Zac cuando dije eso último.
—Rompiendo mi propio récord. —Le aclaré.
Entonces nos dimos cuenta que Ashley seguía viendo en nuestra dirección, mientras abrazaba cariñosamente a su novio. Incluso me guiñó un ojo de forma muy seductora, era toda una sinvergüenza.
—¿Y ella?