EL LONGEVO VLADIMIRO BRANDI 28 de septiembre de 2009 Cuando Maria Lucia abrió los ojos se dio cuenta de que estaba atada de pies y manos a una silla. La misma suerte le había tocado a su abuelo Vladimiro, que se encontraba a su derecha, muy cerca. Delante de ellos un amarillo, nunca visto antes de ahora, y aquel antipático doctorcillo que había conocido en el hospital. Concentró su mirada en el japonés, recogiendo toda la energía necesaria para producir un intenso rayo láser, que no sólo no tuvo el efecto deseado sobre el blanco sino que rebotó hacia ella, como reflejado de una invisible barrera protectora, con el resultado de dejarla sin sentido de nuevo y debilitarla aún más. ―El poder de la concentración, querida ―dijo el profesor Whu mientras encendía un cigarrillo ―Te aconsejo que

