—¿Qué? ¿Quién? ¿Dónde? —susurré, limpiándome la cara como si eso fuera a arreglar algo—. ¿Cuál dios griego, por favor?
Y entonces lo escuché.
—¿Todo bien por aquí?
Su voz.
Esa estúpida, descarada, deliciosamente peligrosa voz.
La misma que debería venir con advertencia oficial del gobierno:
“Precaución: puede causar pensamientos indebidos, sudoración espontánea y pérdida temporal de dignidad.”
Me giré lentamente, como si estuviera en una película de terror…
pero de esas donde el monstruo está tan bueno que una corre hacia él en vez de huir.
Ahí estaba.
Mateo.
Con la camisa remangada.
Con el delantal puesto.
Con las manos húmedas de haber estado cortando algo.
Con esa sonrisa que parecía decir: “¿Te estás portando bien?”
—Te veo muy aplicada —dijo, apoyándose en la barra—. Aunque… —se inclinó un poco— estás toda mojada.
Mi cerebro:
NO DIGAS NADA INAPROPIADO, GRETA. NO DIGAS NADA INAPROPIADO.
Mi boca:
—Pues sí… estoy… mojada… por todas partes.
Elsie se atragantó con el aire.
Mateo parpadeó.
Yo quise morir.
—O sea —corregí, roja como un semáforo—. Mojada de agua. De jabón. De… platos.
De… fregado.
De… ¡ay, Dios mío, ya cállate, Greta!
Mateo soltó una risa suave, peligrosa, deliciosa.
—Si quieres, puedo ayudarte —dijo, acercándose un poco más—. O puedo enseñarte a hacerlo más rápido.
Mi cerebro se derritió.
Mis rodillas también.
—¿A… fregar? —pregunté, con voz de ratón asmático.
—A lo que necesites —respondió, guiñando un ojo.
Elsie se dio media vuelta para no gritar.
Yo me quedé ahí, con las manos en el agua, el corazón en la garganta y la mente en lugares que no eran aptos para cardiacos.
Y pensé:
Muy bien, Greta.
Excelente.
Perfecto.
¿Quieres hundirte un poquito más?
¿Quieres que Mateo te dé un premio por “La frase más desafortunada del año”?
¿O prefieres que te trague la tierra?
Porque yo voto por eso.
Elsie me miraba como si estuviera presenciando un incendio…
pero uno que no quería apagar.
Mateo seguía sonriendo.
Esa sonrisa que debería venir con receta médica.
Esa sonrisa que hace que una pierda neuronas.
Y entonces…
—¿Qué están haciendo? —preguntó una voz detrás de nosotros.
Orión.
Mi alma salió de mi cuerpo, tomó un Uber y se fue del país.
Él venía desde la cocina, con el ceño apenas fruncido, como si algo no le hubiera gustado.
Y ese “algo” claramente era Mateo inclinado sobre mí, sonriendo como si yo fuera un postre.
—Platicando —respondió Mateo, muy tranquilo, muy inocente, muy “no estoy coqueteando descaradamente, ¿de qué hablas?”.
—Ya veo —dijo Orión, sin quitarle la mirada de encima.
Yo seguía lavando platos, tratando de no morir.
Mateo tomó una esponja del borde del fregadero y la apretó, haciendo espuma.
—¿Quieres ayudarle? —preguntó, como si no supiera exactamente lo que estaba provocando.
Orión dio un paso más cerca.
No respondió.
Solo tomó otra esponja y se colocó al lado mío, del lado contrario a Mateo.
Elsie abrió los ojos como si hubiera visto un eclipse.
Yo… bueno… yo dejé de respirar.
Mateo sonrió, encantado con el caos que había creado.
—Greta no sabe —dijo él—. Hay que enseñarle bien.
Orión apretó la mandíbula.
La esponja casi se desintegró en su mano.
—No hace falta que tú le enseñes todo —respondió Orión, con una calma tan falsa que daba miedo.
Mateo se rió.
—¿Y tú sí?
Orión lo ignoró.
Se inclinó un poco hacia mí.
—¿Necesitas ayuda, Greta?
Mi cerebro:
DI QUE NO, DI QUE NO, DI QUE NO.
Mi boca:
—Sí.
Mateo soltó una carcajada.
Elsie, que ya no podía con la tensión, murmuró un “voy por servilletas” y desapareció como si la hubieran llamado del cielo.
Y ahí estábamos:
yo lavando platos,
Mateo jugando con la espuma,
Orión lavando como si cada plato fuera un enemigo,
y yo pensando que si la vida iba a ser así de caótica…
quizá no estaba tan mal vivirla.