El agua caliente me salpicó en la muñeca y casi suelto un grito digno de tragedia griega.
Y claro, mi cerebro, que no respeta horarios ni contextos, decidió pensar:
“Genial… justo lo que quería: que algo caliente me salpicara. Pero no en la muñeca, universo, ¿qué te cuesta apuntar mejor?”
Quedé ahí, con la espuma chorreando, renegando de mi suerte y de mi imaginación calenturienta, que siempre llega temprano, nunca avisa y jamás trae modales.
Ahí estaba yo.
En El Mirador de Montecarlo.
Con un delantal que decía “Sonríe, la vida es sabrosa”…
Y yo pensando:
“Sí, delantal, la vida es sabrosa… pero esos cinco de allá están para chuparse los dedos. Y no precisamente los de mis manos.”
Mis ojos hicieron un recorrido turístico sin vergüenza:
Orión, Mateo y mis aperitivos personales.
Más buenos que pan con café recién hecho, de esos que huelen a pecado y desayuno en la cama.
Volví a mis manos, hundidas en una montaña de platos que se reproducían como gremlins mojados.
Cada vez que terminaba uno, aparecían tres más, como si la cocina estuviera jugando a ver cuánto tardaba en rendirme.
Y yo ahí, con espuma hasta los codos, pensando que preferiría estar enjabonando… otras cosas.
“¿Querías acción, mi reina? Pues aquí tienes… pero de la aburrida.”
—Esto no estaba en el contrato —murmuré, haciendo un puchero tan grande que podría haber servido sopa en él.
Y para rematar el drama, fingí llorar… aunque la única tortura que yo quería era otra: la de dos manos en mi cuello, de esas que vienen con sonido integrado y respiración en estéreo.
Un plato resbaló y casi se me cae.
CASI.
Porque lo agarré a tiempo… pero con tanta fuerza que sonó un CLAC sospechoso.
—Ay, no… —susurré—. Si rompo algo, ¿me cobran? ¿O me ponen a lavar más? ¿O me ponen a… pagar con trabajo manual?
Me quedé pensando un segundo.
Trabajo manual.
Con Orión y Mateo cerca.
Se me escapó una risa malévola, bajita, casi un ronroneo.
—Entonces los romperé todos —dije, como villana de telenovela erótica que aún no sabe que está en horario familiar.
Sacudí la cabeza para espantar la imagen, pero no funcionó.
Mi cerebro ya estaba en modo fanfic otra vez.
—Greta, por favor, concéntrate —me regañé—. No puedes estar pensando en… látigos, espuma, esposas, rodillas— ¡basta!… juguetes que no venden en esta cocina… cuando tienes una torre de platos que parece la muralla china.
Mi cerebro, por supuesto, tomó nota del regaño y respondió con un:
“¿Y si pensamos en sogas? ¿No? ¿Tampoco? Bueno… intento fallido.”
La espuma burbujeó como si se riera de mí, y yo ahí, enjabonando como santa… pensando como pecadora.
Si mi cerebro tuviera un botón de “modo santo”, estaría roto desde hace años.
mi mente, que no respeta ni al jabón, decidió seguir:
“Concéntrate, Greta… concéntrate en fregar… los platos.
Los platos, dije.
No otras superficies más… horizontales.”
Agarré otro plato y lo tallé con tanta fuerza que parecía que estaba exorcizando mis propios pensamientos.
“Esto es agua con jabón, no aceite caliente… contrólate.”
Pero la espuma hacía burbujas sospechosas, como si estuviera leyéndome la mente.
—Perfecto —murmuré—. Hasta las burbujas me están juzgando.
Y yo aquí, mojada, cansada y pensando en… utensilios que no están en esta cocina.
Solo resoplé.
—Si al menos estos platos vinieran con premio… no sé… un Orión musculoso sin camisa incluido… —susurré—. Pero no, solo vienen con grasa y migajas.
Ni un abdominal de cortesía, nada. Qué falta de respeto.
—Yo vine a ayudar —seguí murmurando—. A picar cebolla, a revolver salsas, a… no sé… a existir cerca de Mateo y Orión.
Pero no a esto.
No a ser la fregadora oficial del reino Montecarlo.
Elsie pasó por detrás de mí, con una bandeja llena de vasos.
—¿Cómo vas, Cenicienta? —preguntó, con una sonrisa que merecía un premio por descaro.
—Estoy considerando fugarme por la puerta trasera —respondí—. O fingir que me desmayé. O que soy alérgica al jabón.
O que el agua me dio amnesia selectiva y solo recuerdo cómo se agarran hombres, no platos.
—¿Alérgica al jabón? —repitió, riéndose—. Sí, claro. Y yo soy alérgica a los hombres guapos.
—Tú no eres alérgica a nada —le dije—. Tú te los comes vivos.
Y hablando de comer… yo tengo hambre. Se suponía que éramos invitadas especiales.
Especiales mis ganas, porque si Orión no se cargara esa tabla de chocolate, lo mandara directo a la freidora, o lo llevaría yo mismaa.
Ese descarado caminando por ahí como si no supiera que provoca pensamientos… culinarios.
Ay, cómo quería matarlo… y luego rogarle una probadita… y volverlo a matar… para después probarle la boquita y otras cositas.
Un ciclo natural, como la fotosíntesis, pero más entretenido.
Elsie arqueó una ceja con esa precisión quirúrgica que usa para exponer mis pecados.
—Sí, claro, yo me los como vivos… pero tú te los devoras, golosa —susurró, disfrutando cada sílaba como si me estuviera untando mantequilla en la vergüenza.
Me atraganté con mi propia dignidad.
—¡Elsie!
—¿Qué? Tú lo dijiste. Bueno, lo pensaste. Tu cara lo dice todo. Estás que babeas por irte con cualquiera de esos cinco chicos. Disimula un poco, mujer, que tus ovarios están que corren, vuelan y piden turno.
Me tapé la cara con el antebrazo enjabonado, como si la espuma pudiera esconder mi alma pecadora.
—No puedo más.
—Pues más te vale poder —dijo ella, bajando la voz con dramatismo de telenovela—. Porque Mateo viene para acá.