Mateo dio un paso atrás, aún sonriendo como si hubiera dejado una bomba emocional a punto de explotar en mis manos.
Antes de que Orión pudiera siquiera respirar, ¡PAM!
Una camisa voló por el aire y le pegó directo en la cara.
—¡Póntela, hermano! —dijo Mateo, riéndose—. Mi papá no acepta strippers en el restaurante.
Elsie soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta.
La pelirroja dio un salto hacia atrás como si la camisa hubiera sido un murciélago rabioso.
—¡Ay! ¿Qué te pasa? —se quejó, sacudiéndose como si la tela hubiera tocado su aura.
Orión se quitó la camisa de la cara, sorprendido, mientras Mateo se acercaba a mí… demasiado cerca… peligrosamente cerca.
—Perdón por el show —dijo, tomando mi mano con suavidad.
Mi alma se derritió como mantequilla en sartén caliente.
Y entonces, sin aviso, me dio un beso en la mano.
Lento.
Seguro.
Con esa mezcla de descaro y ternura que debería venir con advertencias médicas.
—Debo irme —dijo sin soltar mi mano—. Hoy es el aniversario de mis padres y prometimos ayudarles en el restaurante.
Mi cerebro gritó:
“¡ME CASO!”
Elsie me apretó el brazo para que no me desmayara.
El chico de camisa azul, el del desayuno, según mi tómbola mental, se acercó en nuestro lado derecho con una sonrisa enorme.
—Oigan… ¿y si nos acompañan? —preguntó—. Así tenemos más manos. Y más diversión.
Yo abrí la boca para decir algo, pero solo salió aire.
Elsie respondió por mí, como siempre.
—Suena bien —dijo, divertida—. Aunque no sé si Greta pueda cargar algo. Está medio… ocupada.
Me dio un codazo.
Yo casi me caigo.
Otro de los chicos —el de la gorra, el del almuerzo— intervino:
—Sí, vengan. Mi mamá cocina mejor cuando hay chicas bonitas mirando. Dice que le sube la autoestima. — Hablo mi almuerzo, yummy.
La pelirroja abrió los ojos como si acabaran de insultar a su linaje entero.
—¿Perdón? —dijo, indignada. —No creo que tu papá acepte… este tipo de espectáculos baratos.
Nadie la escuchó.
Nadie.
Era como si ella y Orión se hubieran vuelto invisibles.
Elsie estaba fascinada.
FASCINADA.
Miraba la escena como si fuera su telenovela favorita.
—Ay, esto está buenísimo —susurró Elsie, mordiéndose el labio para no reírse—. Sigan, sigan. Yo solo estoy aquí para ver cómo continúa el clímax.
La pelirroja la miró como si Elsie acabara de escupirle en el bolso de diseñador.
—¿Clímax? —repitió, ofendida—. ¿Qué clase de…?
—Del emocional, querida —respondió Elsie, dándole una palmadita en el hombro con una sonrisa angelical—. Aunque si sigue así, capaz que también hay uno dramático. O dos.
Orión, por su parte, estaba…
estupefacto.
Completamente paralizado.
Mirando a Mateo, a mí, a mi mano recién besada, a los otros chicos invitándonos…
como si su cerebro estuviera tratando de procesar un archivo demasiado pesado.
La pelirroja lo jaló del brazo.
—Cariño, vámonos —dijo, molesta—. No tenemos por qué escuchar esto.
Pero Orión no se movió.
Ni un milímetro.
Sus ojos seguían fijos en mí.
En mi mano.
En Mateo.
Y esa mirada…
esa mirada decía:
“¿Qué demonios está pasando aquí?”
Mateo soltó mi mano.
—Nos vemos en la noche, Greta —dijo con esa sonrisa lenta que parecía hecha para desarmarme—. Así apartamos un lugar especial.
Se inclinó un poco más, bajando la voz como si fuera un secreto entre los dos.
—Le diré a mis padres que tendremos unas manos extras… ¿qué dices?
Yo asentí como una idiota.
Elsie me sostuvo para que no me fuera de cara al suelo, nuevamente, por milésima vez.
Los chicos se alejaron entre risas, ignorando por completo a la pelirroja y a Orión, que parecían dos extras olvidados en la escena.
Elsie suspiró, encantada.
—Dios mío… —dijo—. Esto está mejor que cualquier bienvenida familiar.
Elsie, todavía riéndose por dentro, se inclinó un poco hacia mi desayuno sin perder la compostura.
—Oye, Marco —dijo con ese tono casual que en realidad no era nada casual—. Nos podrías dar la dirección del restaurante, ¿no?
Hizo un gesto hacia mí.
—Ya sabes cómo soy… me pierde hasta en mi propia casa.
Marco soltó una risa suave, sin burlarse, solo divertido.
—Avenida Montecarlo 14 —dijo— El Mirador de Montecarlo”. — No tiene pierde.
Mateo añadió, mirándome directo:
—Y si se pierden… me mandan un mensaje. Yo salgo a buscarlas.
Elsie, sin perder la oportunidad, se inclinó apenas hacia él y murmuró con esa ironía dulce que solo ella domina:
—Claro… primero danos tu número, cabeza de chorlito.
Mateo soltó una risa suave, de esas que parecen un guiño.
—Tienes razón —dijo, sacando el teléfono—. No quiero que se me pierdan mis invitadas especiales.
Mientras Mateo escribía su número en el teléfono, yo intenté no mirarle las manos.
Error.
Las vi igual.
Ay, Dios… esas manos.
¿Así agarra los platos en la cocina?
¿Así mezcla la salsa?
¿Así… me va a pedir que le pase la sal?
De pronto me imaginé ahí, en la cocina del restaurante, él detrás de mí, diciéndome:
“No, Greta… así no se corta la cebolla. Ven, déjame enseñarte.”
Y yo, obviamente, cortando la cebolla peor a propósito.
¿Y si me pide que lo ayude a amasar algo?
¿Y si me salpico de harina y él me limpia la mejilla con el pulgar?
¿Y si… ay, Greta, por favor, contrólate, que ni has llegado y ya estás haciendo fanfics mentales en la cocina ajena.
Elsie me miró de reojo, como si pudiera leerme la mente.
Yo solo tragué saliva y pensé:
“Si así me pongo imaginando la cocina… ¿qué va a pasar cuando realmente entre?”