Capítulo Tres

1064 Palabras
La pelirroja seguía colgada de Orión como si fuera un perchero de lujo. Y yo ahí, sonriendo como si no estuviera a segundos de cometer un crimen pasional. Ella me miró de arriba abajo. Despacio. Con esa expresión que usan las villanas de telenovela cuando están a punto de decir algo venenoso. —Ah… ¿tú eres Greta? —preguntó con una sonrisa que parecía hecha de ácido. —Gretchen —corrigió Orión, pero ella ni lo escuchó. —Qué… interesante —dijo la pelirroja, como si yo fuera una cucaracha que había aprendido a bailar claqué. Yo respiré hondo. Elsie me agarró del brazo porque sabía que mi cerebro ya estaba afilando cuchillos imaginarios. —¿Interesante por qué? —pregunté con una sonrisa tan falsa que debería haber ganado un premio. —Porque… —la pelirroja se acomodó un rizo, lista para escupir veneno— no pensé que Orión todavía hablara con… gente de su infancia. ¿Gente? ¿GENTE? Señora, yo soy una mujer completa, con hormonas, sueños y pensamientos que no debería tener en público. Estaba a punto de responder cuando, de pronto, cuatro chicos aparecieron como si los hubieran invocado con un hechizo. —¡Orión! —gritó uno de ellos— ¡Vámonos, hermano! ¡Mi papá me va a matar si no llegó a ayudar al restaurante! Los cuatro se acercaron como una avalancha de testosterona juvenil. Altos, sonrientes, musculosos… Un buffet visual. Mi mandíbula casi tocó el suelo. Mi cerebro empezó a repartir números como si fuera una tómbola: El de la camisa azul para el desayuno. El de la gorra para el almuerzo. El de la sonrisa bonita para la cena. Y el de los brazos grandes… para cualquier emergencia emocional. Elsie me dio un codazo. —Greta. —¿Qué? —respondí sin despegar los ojos del desfile masculino. —Cierra la boca, te está entrando aire. —susurró mi amiga. La pelirroja frunció el ceño al ver que ya no era el centro de atención. Yo, en cambio, estaba ocupada imaginando cómo sería si los cuatro me levantaran como si fuera una reina en un festival medieval. —Greta —susurró Elsie otra vez—. Tus pensamientos están haciendo eco. Contrólate. Uno de los chicos, el de la sonrisa bonita, se acercó un poco más. Tenía esa mirada que decía “sé exactamente el efecto que tengo”. —Hola —dijo—. Soy Mateo. Me extendió la mano. —¿Y tú eres…? —Gretchen —respondió Elsie por mí, porque mi cerebro estaba de vacaciones. —Greta —corregí, tarde, como siempre. Mateo sonrió, y esa sonrisa… Ay, esa sonrisa. Era como si hubiera sido diseñada en un laboratorio para derretir mujeres. —Bonito nombre —dijo, sin soltar mi mano de inmediato—. No te había visto por aquí. ¿Eres nueva o solo te escondías? —Eh… yo… —intenté responder, pero mi voz salió como si hubiera tragado un calcetín. Elsie intervino, porque si no lo hacía, yo iba a decir algo tipo “me escondo de los impuestos”. —Estamos aquí por la bienvenida de Orión —explicó ella—. Mis papás le prepararon algo en nuestra casa. Mateo asintió, mirándome con más interés. —Ah, con razón. Entonces sí son familia cercana. —Yo no —dije rápido. Demasiado rápido. Elsie me pisó el pie. —Amiga cercana —corrigió ella, sonriendo como si fuera mi representante legal. Mateo rió. —¿Y qué harán más tarde? —preguntó Mateo, inclinándose un poco hacia nosotras—. ¿Se quedarán con la familia, seguirán con el chisme… o van a dejar que este pueblo les enseñe algo bonito de ver? Luego añadió, con una sonrisa que parecía hecha para derretir huesos: —Digo… por si quieren un tour guiado. Prometo ser buen guía. Y buena vista. Mi alma salió de mi cuerpo, tomó un abanico y regresó. —Pues… —intenté decir algo, pero mi cerebro estaba en modo pantalla azul. Mateo sonrió, disfrutando mi colapso. —Bueno, en realidad ya conocemos el pueblo de memoria —aclaró Elsie —. Vivimos aquí desde que nacimos, Mateo. No necesitamos ningún tour. Mateo asintió. O… bueno, hizo el gesto de asentir. Porque claramente no estaba escuchando ni una sola palabra. Sus ojos estaban fijos en mí. Como si Elsie hubiera hablado en idioma marciano. Como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Como si yo fuera el único canal de televisión disponible. —Ajá, sí, claro… —murmuró él, sin apartar la mirada de mi cara—. Conocer el pueblo… sí… muy interesante. Elsie frunció el ceño. —Mateo, dije que vivimos aquí desde que nacimos. —Sí, sí, nacidas… pueblo… memoria… —repitió él, completamente desconectado de la conversación real. Yo sentí cómo mis mejillas ardían. No sabía si por la atención descarada de Mateo… o por la mirada asesina que la pelirroja me estaba lanzando desde el hombro de Orión. Elsie chasqueó los dedos frente a Mateo. —¡Hola! ¿Me escuchas? Dije que no necesitamos guía. Mateo sonrió, por fin reaccionando… pero solo para volver a enfocarse en mí. —Bueno… Si quieres… puedo invitarte un día. A comer. O… lo que quieras. Mi cerebro explotó. Elsie me agarró del hombro porque vio que mis rodillas estaban a punto de renunciar. —Ah… yo… —balbuceé, mientras mi mente gritaba: “¡SÍ, LLEVAME, CÓMEME—NO, NO, ESO NO, GRETA, CONTRÓLATE!” La pelirroja rodó los ojos tan fuerte que casi se le salieron. —Ay, por favor —dijo—. Mateo, no molestes. Ella está ocupada. —¿Ocupada? —preguntó Mateo, mirándome con una sonrisa coqueta—. No parece ocupada. Yo asentí como una idiota. Elsie me dio otro codazo para que dejara de parecer un pavo mareado. Mateo rió, encantado con el caos. —Bueno, entonces… —dijo, cruzándose de brazos, marcando aún más sus músculos—. ¿Van a estar aquí más tarde? —Sí —respondió Elsie antes de que yo pudiera abrir la boca—. Aquí, en mi casa. Todo el día. Toda la tarde. Toda la vida si es necesario. Yo quería morirme. O casarme. No sabía cuál de las dos. Mateo sonrió satisfecho. —Perfecto. Entonces nos vemos más tarde.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR