Capítulo Dos

831 Palabras
Orión sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que debería venir con advertencias del tipo “puede causar taquicardia, sudoración y pensamientos inapropiados”. Se acercó con pasos tranquilos, como si no supiera que cada paso suyo me quitaba un año de vida. —Gretchen Rosas —repitió, cruzándose de brazos. Error. Grave error. Los bíceps se marcaron como si estuvieran posando para una sesión de fotos exclusiva para mis ojos. Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo para ir a buscar agua bendita. —Hace años que no te veía —añadió él, inclinando un poco la cabeza—. Y mírate… ya no eres la niña que me seguía para que le enseñara a lanzar piedras más lejos. Elsie me dio un codazo tan discreto como un terremoto. Yo solo quería que la tierra me tragara. O que Orión me tragara. Lo que ocurriera primero. —Bueno… ya sabes… crecí —balbuceé, intentando sonar casual, pero mi voz salió como si hubiera tragado un globo desinflado. Orión soltó una risa suave. Una risa que me derritió más que el sol de agosto. —Sí, creciste —dijo, mirándome de arriba abajo con una calma que me puso la piel de gallina—. Bastante. Mi cerebro colapsó. Mis rodillas también. Elsie me sostuvo del brazo antes de que me desplomara como una flor mal regada. —Entonces, ¿qué haces por aquí? —preguntó él, acercándose un poco más. Demasiado. Mucho. Peligrosamente cerca. —Pues… yo… eh… —intenté responder, pero mi mente estaba ocupada imaginando cómo sería si él me levantara con esos brazos y me llevara a… ¡Greta, por Dios, contrólate! Elsie intervino, porque sabía que yo estaba a segundos de decir una estupidez irreversible. —Vino a saludar, Orión —dijo ella con una sonrisa inocente que no le creía ni su propia sombra—. Y a ver si te acuerdas de ella. —¿Cómo no voy a acordarme? —respondió él sin apartar la mirada de mí—. Era imposible olvidarte. Mi corazón hizo un salto mortal hacia atrás. Elsie me apretó la mano como diciendo “si te desmayas, te revivo a bofetadas”. —¿Quieres…? Orión abrió la boca para decir algo —quizá invitarme a caminar, quizá a respirar el mismo aire que él, quizá a casarnos, uno nunca sabe— cuando de pronto una mujer apareció de la nada. Cabello rojizo, rizado, brillante. Piernas largas. Perfume caro. Y una sonrisa que gritaba “yo sí tengo su número guardado con corazones”. Antes de que yo pudiera procesarlo, ella lo abrazó por el cuello como si fuera su propiedad privada. —Cariño —dijo con una voz dulce, pegajosa, casi venenosa. Yo parpadeé. Una vez. Dos veces. Tres. Mi cerebro se reinició como una computadora vieja. ¿Cariño? ¿CARIÑO? Sentí cómo mi alma se desmayaba, mi dignidad se tiraba por un barranco y mis ovarios organizaban un motín. Un motín violento. Con antorchas. Y pancartas que decían “¡Injusticia!”. Orión, muy tranquilo, le sonrió. No la apartó. No la corrigió. No dijo “no soy tu cariño”. Nada. Solo… dejó que lo abrazara. Y yo ahí, parada como una lámpara defectuosa, sin saber si llorar, correr o arrancarle un rizo a la pelirroja para hacerle vudú. O para hacerme una peluca y ver si así él también me decía “cariño”. Mi mente, por supuesto, decidió NO ayudarme. En lugar de calmarme, empezó a imaginar cosas que no debía: Cómo sería quitarle esa mujer de encima con la misma delicadeza con la que uno quita una cucaracha del pan. Cómo sería probarlo yo primero, antes de que ella siguiera marcando territorio. Cómo sería sentir esos músculos bajo mis manos, no bajo las de ella. Cómo sería empujarla al río más cercano… suavemente… con cariño… pero empujarla. Un calor subió por mi cuello. Mis pensamientos se volvieron tan inapropiados que deberían venir con clasificación para adultos y advertencia parental. Mientras tanto, la pelirroja seguía ahí, colgada de él como si fuera un árbol frutal y ella estuviera cosechando. —Te estaba buscando —le dijo, acariciándole el brazo. Yo tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la boca y caer en el pavimento, rebotar dos veces y gritar “¡traición!”. Orión finalmente se giró hacia mí. —Greta, ella es… No escuché el resto. Mi cerebro estaba demasiado ocupado imaginando cómo sería arrastrarlo detrás de un arbusto para comprobar si esos músculos eran tan firmes como parecían. Y también imaginando cómo sería arrastrar a la pelirroja lejos de él. Pero por fuera, claro, yo sonreía como si todo estuviera bien. Como si no estuviera a punto de explotar. Como si no quisiera gritarle al universo: “¡Ese hombre es mi amor de infancia, mi fantasía adulta y mi perdición con bíceps, suéltalo!”
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR