LA SANGRE DE LA BESTIA
La nieve caía sobre el bosque del Norte Oscuro, tan espesa que Artemis apenas podía distinguir los árboles que se alzaban como centinelas espectrales a ambos lados del camino. Cada copo que tocaba su piel se derretía al instante, incapaz de sobrevivir al calor que irradiaba de su cuerpo tenso, preparado para cualquier peligro.
Ella no tenía miedo. El miedo era un lujo que había enterrado hacía más de un siglo, junto con las cenizas de su familia.
—Alfa, aún estamos a tiempo de regresar —murmuró Lyra a su espalda, su Beta y única compañera en este viaje suicida. Su voz apenas temblaba, mostrando un matiz que sólo alguien que la conociera desde cachorra podría detectar.
Artemis no se detuvo. Sus botas se hundían en la nieve con esa determinación implacable que tanto viejos como niños en su manada conocían muy bien.
—No hay regreso, Lyra. Lo sabes tan bien como yo. —respondió Artemis.
El castillo apareció ante ellas como una aparición nacida de las pesadillas. Muros de obsidiana negra que parecían absorber la poca luz del día, torres que se clavaban en el cielo gris como garras. No había guardias visibles, no había antorchas encendidas, no había señales de vida.
Solo el fuerte soplar del viento y el silencio.
Un silencio que hacía que cada instinto de supervivencia en el cuerpo de Artemis gritara que huyera.
—Dicen que nadie que ha entrado aquí ha vuelto a salir —susurró Lyra.
—Entonces seremos las primeras. —Artemis alzó su barbilla, sus ojos dorados brillando lista para un desafío—. Toca la puerta.
Lyra obedeció, aunque su mano tembló al golpear el metal oscuro tres veces. El sonido resonó como un trueno, demasiado fuerte.
La puerta se abrió sola y Artemis entró sin vacilar, aunque su loba interior se revolvía inquieta bajo su piel. El gran salón estaba vacío, iluminado apenas por pequeñas brasas en una chimenea muy alta. Las paredes estaban decoradas con armas antiguas y estandartes destrozados, trofeos de batallas que debieron ser épicas.
Artemis estaba fascinada, pero recordó que era lo que hacía en ese lugar.
—¿Rey Ragnar? —Su voz resonó por todo el lugar—. Soy Artemis, Alfa de la Manada Lobo Salvaje. Vengo a solicitar una audiencia. —Nada. Sólo el crepitar del fuego agonizante.
—Vengo en son de paz, con una propuesta que beneficia a ambos—. Dio un paso adelante, sus sentidos alerta—. Sé que estás aquí. —dijo al escuchar el latir de un acelerado corazón adicional al de Lyra.
Luego, un gruñido resonó desde las sombras al fondo del salón como el retumbar de un terremoto.
Artemis sintió cómo cada vello de su cuerpo se erizaba. Ese no era el gruñido de un lobo común. Era algo más poderoso, más... salvaje.
—Lyra, sal. Ahora.
—Alfa, no pienso dejarte…
—¡Es una orden! —gritó, pero la bestia emergió de las sombras antes de que Lyra pudiera moverse.
Era inmensa.
Tan grande que su cabeza llegaba casi hasta el techo del salón, su pelaje n***o lo hacía parecer parte de la obsidiana de las paredes, sus ojos... Diosa Selene, sus ojos ardían con un rojo carmesí que no tenía nada de natural. Espuma blanca goteaba de sus fauces repletas de colmillos del tamaño de dagas.
No había rastro de humanidad en esa mirada. Solo hambre y furia.
El lobo n***o se lanzó directo hacia ella, pero Artemis se transformó en un segundo. Sus ropas estallaron mientras su cuerpo se expandía, huesos recolocándose, pelaje largo y rojo brotando de su piel. Su loba era grande, poderosa, la expresión física de dos siglos de supervivencia y dominio, pero esta criatura la superaba en tamaño por mucho.
La mandíbula del monstruo se cerró donde su cuello humano había estado un instante antes. Artemis rodó sus garras buscando carne, encontrando el costado de la bestia y abriéndolo en cuatro surcos profundos.
La criatura aulló, un sonido tan terrible que hizo temblar las paredes de piedra. Se giró con una velocidad imposible para algo tan masivo y embistió. Artemis intentó esquivarlo, pero no fue lo suficientemente rápida.
El impacto la lanzó contra un pilar de piedra. Sintió dos de sus costillas quebrarse.
—Levántate. Levántate o mueres aquí. —le dijo a Scarlet, su loba, quien estaba en control total.
Se puso de pie justo cuando aquellos feroces colmillos volvían a lanzarse hacia ella. Esta vez, Artemis no esquivó. Se lanzó hacia adelante, directo a la garganta de la bestia.
Sus colmillos encontraron carne. Sangre caliente inundó su boca mientras mordía con toda la fuerza que sus colmillos podían generar. La bestia se sacudió violentamente, intentando desprenderla, pero Artemis se aferró con las patas delanteras a su cuello masivo, sus garras hundiéndose profundamente en el pecho de la bestia.
Tenía que terminar esto, con un movimiento brutal y rápido, desgarró el cuello de su oponente. Sintió la yugular ceder bajo sus colmillos.
La bestia se desplomó.
Artemis retrocedió, jadeando, su pelaje empapado en sangre oscura. La criatura yacía inmóvil en el suelo de piedra, un charco carmesí expandiéndose lentamente bajo su enorme cuerpo.
Debería sentirse victoriosa o aliviada por haber vencido a su oponente, pero entonces el dolor llegó. No el dolor de sus costillas rotas o sus músculos magullados. Eso era diferente, como si alguien hubiera clavado garras ardientes directamente en su corazón y las estuviera retorciendo, arrancando algo vital de su interior.
Artemis se transformó de vuelta a su forma humana, desnuda y ensangrentada, cayendo de rodillas. Se llevó una mano al pecho, sin poder respirar.
¿Qué nos está pasando, Scarlet...? —le preguntó a su loba, pero Scarlet solo se fue a una esquina de su mente guardando silencio.
La bestia tampoco se había movido. La sangre ya no fluía de su garganta. Su enorme pecho no se elevaba.
Artemis gateó hacia ella, ignorando el dolor de sus costillas, ignorando también la voz de Lyra gritando su nombre desde algún lugar lejano.
Sus manos temblaban cuando tocaron el pelaje n***o. Todavía estaba tibio.
—No... —susurró, sin entender por qué las lágrimas quemaban sus ojos—. No, no, no...
¿Por qué le dolía tanto? ¿Por qué sentía que acababa de arrancar un pedazo de su propia alma?
Y entonces, bajo su palma, sintió un latido débil. Casi inexistente, pero estaba ahí.
—¡Lyra! —Su voz sonó rota, desesperada—. ¡Lyra, necesito ayuda! ¡¡Ahora!! —No sabía por qué. No entendía esa necesidad irracional de salvar a la criatura que había intentado matarla.
Solo sabía que la aterraba hasta los huesos, que si esa bestia moría… Algo en ella moriría también.
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Sean bienvenid@s a esta nueva historia, será un desafío al ser mi primera novela de fantasía romántica. Espero que disfruten mucho de esta nueva historia.