El gran salón de Lunaris nunca había estado tan lleno. Ochenta y tres lobos de Lobo Salvaje, heridos, exhaustos y traumatizados, se mezclaban junto a los guerreros de Lunaris. El aire estaba denso con el fuerte olor de sangre, sudor y miedo que emanaba de alguno de ellos. Artemis estaba de pie en el estrado, Ragnar a su lado como una sombra protectora. Para todos los presentes no pasó desapercibida la manera en la que el rey se encargó de limpiar y cubrir el cuerpo de Artemis personalmente. Su mano no había dejado la parte baja de su espalda desde que regresaron del bosque, como si temiera que desaparecería si dejaba de tocarla. —Escúchenme todos. —dijo Artemis, su voz resonó con autoridad de Alfa, silenciando los murmullos—. Sé que están asustados. Sé que acaban de perder amigos, famil

