El rugido absolutamente letal que emergió de Ragnar cuando leyó la carta hizo temblar las ventanas del gran salón. El pergamino casi se hizo cenizas en su mano, consumido por un calor que emanaba de su piel mientras su forma parpadeaba violentamente. Sus ojos se encendieron en rojo carmesí. Los músculos de su espalda se abultaron como si su lobo estuviera tratando de arañar su camino a la superficie. —Van a matarla. —Su voz era mitad gruñido, mitad palabras—. Quieren matarte. —dijo al mismo tiempo que se giró hacia Artemis, cerrando la distancia entre ellos en dos zancadas. Sus manos, con garras y todo, la tomaron por los hombros, sus ojos escaneando cada centímetro de ella como para asegurarse de que todavía estaba intacta. —No puedo... perderte. No, ahora, después de apenas encontrart

