Llegué con el cuerpo tensado al centro del DIF donde se encontraba mi hija.
Era lunes por la tarde.
El edificio de dos pisos blanco con líneas rosas y azules se alzaba imponente frente a mí.
Podía escuchar los sonidos de las criaturas que tenían ahí. Incluso traté de detectar el llanto de Irlanda.
Después de firmar una serie de documentos, esperé poco más de una hora para poder verla.
Irlanda se soltó de la mano de la señora que la traía y se echó a correr hacia donde estaba yo.
¡Por supuesto que ella sabía quién era su madre! ¡Por supuesto que me extrañó!
La recibí con un abrazo fuerte. No quería soltarla por miedo a que se la llevaran.
Llevaba puesto un pantaloncito y una blusa que no reconocí.
Le besé su carita. Dos medias lunas oscuras decoraban sus ojos llorosos.
—Ya está mami contigo —le dije a mi niña.
Cuidadosa recorrí sus brazos, cuello, frente, le acomodé el cabello, le levanté las mangas, vi su vientre… Era el inventario del miedo.
La mujer que la acompañaba se aclaró la garganta:
—Todo ha estado en orden con la menor, señora. Le informo que dentro de una semana haremos una visita de seguimiento. Es parte del protocolo.
En ningún momento dejé de sujetar a mi hija.
—Perfecto —dije—. Vayan. Los esperamos.
—Adiós, pequeña. —Trató de despedirse tocándole la cabeza.
Irlanda me apretó el brazo. Tenía la piel fría. La atraje hacia atrás de mis piernas.
—Hasta luego —me despedí y salimos sin más.
Una vez afuera, el sol nos dio de frente.
Irlanda se cubrió los ojos enseguida. Se estaba acostumbrando a la penumbra de ese encierro, el mismo al que buscaban regresarla.
Si pretendían arrebatármela, tendrían que hacerlo conmigo enterrada.
En mi casa todo parecía igual, excepto las ollas que lucían ya lavadas.
Puse a prueba a mi hija. Ella no sabía cómo abrir la puerta principal, no hasta que vi que sí sabía.
¿Cómo aprendió? ¿Fue bueno o malo que lograra salirse? Si no me encontraban, quizá la historia hubiera sido otra… No pensé más en eso. Después de todo, ya estábamos de regreso, en nuestro hogar.
Esa semana, fui el miércoles al Santa Lucía después de terminar en la cooperativa. Apenas tenía tiempo de ir y volver para recoger a Irlanda de la escuela. Tenía que hacerlo. Con una falta encima no podía darme el lujo de añadir otra. Los servicios infantiles revisarían cualquier anomalía, aunque fuera médica. No les daría motivos para manchar mi historial.
La recepción estaba demasiado ordenada para mi ánimo.
La mujer del mostrador revisó la pantalla y luego me miró de reojo:
—Para un cambio de horario debe acordarlo con su terapeuta asignado. Ah, y veo que ya tiene una falta —me dijo—. Le recordamos que con dos faltas se le da de baja y tendría que solicitar una nueva referencia.
Asentí. No discutí. Firmé un documento de enterada. Pensé que mi vida últimamente era eso: firmar para seguir viviendo.
Cuando entré al área de terapias, Andrés estaba ahí, parecía que acababa de salir de una sesión. Llevaba su cuaderno cerrado y la atención puesta del lado contrario.
—Hola. ¡Aquí! —lo llamé, antes de que se me escapara.
Se giró. Tardó un segundo en reconocerme, pero cuando lo hizo, su expresión cambió. Sus ojos se quedaron en mí más tiempo del necesario.
Avanzó sin dudarlo, y al estar cerca ladeó la cabeza.
—¿Está todo bien? No viniste la semana pasada y hoy no es jueves.
—Sí… bueno —bajé la cabeza—. Lo que pasa es que, tengo que pedirte un cambio de horario.
Mientras yo hablaba, noté que su vista descendió, apenas un instante, hacia mi muñeca.
Yo no dejaba de mover los brazos.
La marca del suero seguía ahí: un moretón redondo y amplio.
No dijo nada. Solo me tomó la mano con cuidado, le dio la vuelta, la observó con atención profesional… o eso quise creer. Sus dedos estaban tibios. Demasiado.
—¿Cuál fue el motivo? —preguntó en voz baja.
Estaba a punto de responderle “A ti que te importa”. Pero lo consideré mejor. Algo se acomodaba dentro de mí. Pensé que ya era tiempo de dejar de ser arisca con quien no me había hecho daño. Andrés se portó amable conmigo desde que se presentó, y no dejó de serlo a pesar de mis malas maneras.
—Quiero pedirte disculpas —dije de pronto, sin responderle la pregunta—. Sé que me he portado grosera contigo. Me gustaría que nos lleváramos bien… Digo, eres mi terapeuta.
Aquellas palabras salieron de mí sin dramatismo, pero con sinceridad.
Él mostró una sonrisa pequeña.
—Me parece bien —respondió. Luego pareció pensativo—: Nada más que hay un problema.
—¿Cuál?
—Yo no tengo horarios de tarde. Lo que podemos hacer es que pida una reasignación de…
—¡No, no, no! Te quiero a ti.
De un momento a otro sentía una impaciencia sorpresiva, ridícula, por eso dije eso. Me arrepentí al instante.
Andrés se echó para atrás y levantó las manos. Su sonrisa se amplió y sus cejas se fruncieron.
—Bueno, bueno. Déjame ver. —Abrió su cuadernillo y lo ojeó—. Mi último horario es a la una.
Troné la boca.
—Ay, no, a esa hora sale mi hija de la escuela.
Nos quedamos callados.
Cambiar de terapeuta representaba volver a empezar, y quizá sería con alguien menos paciente.
—Tengo una idea —dijo por fin Andrés—. Te puedo poner las terapias los viernes a las cinco de la tarde…
—¡Sí! —acepté demasiado rápido. Encajaba perfecto con mi rutina. Podía dejar a Irlanda con Zoe durante ese tiempo.
Andrés cerró el cuaderno.
—Pero —añadió, levantando un dedo— con una condición.
Entrecerré los ojos.
—¿Cuál?
—Que me digas qué te pasó, y por qué el cambio.
Me reí, ladeando la cabeza al mismo tiempo:
—Eres bien chismoso, ¿verdad?
—Es información terapeuta-paciente —contestó, sin borrar la sonrisa.
—Está bien. Te contaré. Solo que se me hace tarde.
Él revisó su reloj de mano. Faltaba poco para la una. Volvió a abrir el cuaderno y sacó una pluma del bolsillo de su filipina.
—Soluciones hay—añadió, acercándose un poco más—. Anota tu teléfono.
Se lo escribí despacio, cuidando cada número. Mi letra era fea, no quería que se diera cuenta.
Cuando levanté la vista, descubrí que estaba atento a mis movimientos.
—Te enviaré un mensaje para que sepas que es mi número —avisó. Después guardó la pluma.
Me acomodé el bolso y di media vuelta.
Iba triunfante. Acababa de conseguir un trato conveniente.
¡No más recaídas! Pondría esfuerzo extra en el tratamiento, en las terapias, en mi cuidado personal. A mi hija no me la iban a quitar.