LUCIANO Finalmente, tras lo que se sintió como una eternidad, un bombero salió del edificio cargando algo entre los brazos. Al acercarse, vi a Fedra envuelta en una manta. Estaba cubierta de hollín y tosiendo, pero viva. Corrí hacia ella y la abracé con fuerza, ignorando el olor acre del humo. —Dios mío, Fedra, ¿estás bien? —pregunté, con la voz temblorosa. Me miró con las mejillas manchadas de lágrimas. —Estoy bien —dijo, con la voz ronca por el humo—. Me alegra tanto que estés aquí. La abracé sin querer soltarla. Me temblaban las manos. Estaba viva. Nunca me había sentido tan aliviado. —Te dije que no volvieras a entrar —dijo una voz conocida. Reconocí la voz de la llamada y vi a una oficial acercarse. —¿A qué se refiere? —le pregunté a Fedra. —Intenté salvar algunos cuadros.

