Sicarios capítulo 1

4998 Palabras
//////////////////////////////////////// ATENCIÓN: Esta historia no se relaciona en nada con la historia anterior, sin embargo sigue siendo historias homosexual, espero les guste y gracias. ////////////////////////////////////////// El problema de sus muchachos siempre había sido el aburrimiento. Nada más que eso y nada más sencillo. Estos chicos luchaban contra un aburrimiento gigante, que no podía ser opacado ni por las más altas sumas de dinero, ni por los destinos más paradisíacos, ni por las mujeres más hermosas. El aburrimiento era su principal incentivo. Su motivo más íntimo. Todos sus hombres estaban ahí, junto a él, porque se aburrían, porque la monótona rutina que la gente ordinaria vivía por vivir era una miseria que no podía soportar. Incapaces de adaptarse a la normalidad de las situaciones, sus dulces jovencitos eran las armas perfectas para su fructífero negocio. Entre las ventajas de trabajar para él, estaba la ocupación constante. Nunca estarían esperando por algo interesante porque con él todos los días lo eran. Podían trabajar de la manera que quisiesen. Las misteriosas y únicas formas de cumplir con sus pedidos eran producto de la imaginación que él se negaba a controlarles. Le servían libres. Aunque algunos más ambiciosos buscaban ir a combate y llegaban luego heridos de la batalla que acababan de perder. Era nada más que el precio de su tedio. No hace mucho, Arthur había sido como ellos también, un hombre libre y arrojado a un mundo insuficiente, un obsoleto, ignorante, confundido, inútil, que opacó sus fuerzas y sus aptitudes cada vez que tuvo la oportunidad. Es que este mundo no está preparado todavía para dar pecho a este tipo de personas, no hace más que debilitarlas y estigmatizarlas por algo en lo que son demasiado buenos. ¿Cuándo había sido culpa de la gente inteligente ser superior a los demás? Arthur luchó contra este terrible aburrimiento durante toda su vida. Hizo mil y una cosas para superarlo: buscó de todo, experimentó de todo, pero no encontró nada. Tenía un vacío hondo y doloroso en su pecho que no pudo llenar. No es que ahora mismo, mientras está sentado en su sillón de cuero con las piernas cruzadas sea un hombre completo, por supuesto que no es ese el caso, pero resulta que después de su primera incursión en la muerte a guante blanco, este vacío se ha ido colmando poco a poquito de aquella casi felicidad que la gente común tiende a llamar sadismo. Manuel entra a su despacho cantarín y jubiloso y él puede verlo desde su sillón. Sabe que ese estado placentero en el que se ha sumergido no le va a durar mucho y que en cosa de horas estará pidiendo por más. Y no puede evitar que le encante. — ¿Me mandó a llamar, jefe? –hasta la vocecilla le suena chistosa. Arthur se pone de pie y le invita a sentarse en la butaca del mismo color que está frente a él. Cuando Manuel acomoda su espalda, él vuelve a tomar asiento. — Mi querido niño, buen trabajo el de hoy. Me contaron que pudiste desde un kilómetro y medio. Mmm, cada vez mejorando. Aunque siempre fuiste mejor que los demás. ¿Cómo deberías pagar yo este pequeño don tuyo? — El dinero está depositado y pienso irme de vacaciones a las Maldivas. ¿Ha visto hoteles esos que están encima del mar? ¡Yo quiero hospedarme en uno así! — Pero Manuel –dice Arthur y su voz suena como la de un padre preocupado— ¿qué vas a hacer allá además de dártelas de holgazán todos los días? Eso no es bueno, para nada bueno. Retrasa tus vacaciones y quédate conmigo un rato más. Tengo un trabajo que no se lo confiaría ni a Alfred. Acércate y préstame atención. —Alfred, Alfred, Alfred, Romeo y Julieta. Dulce Romeo, ¿a dónde se ha ido su Julieta? — ¿El pequeño Matthew? Quemado vivo. Sus cenizas deben recorrer hoy los vientos de Ottawa. Manuel sonríe, rápida y concisamente, y se inclina hacia su jefe para ver la fotografía que ha sacado de su traje gris. — Golpe bajo para Francis –susurra. — Y uno para Alfred, para que ese condenado hijo de puta no se atreva a traicionarme nunca más. La historia de Matthew Williams y Alfred Jones había cruzado los límites de los asesinos por encargo. Bajo la mano de dos rivales, se enamoraron como colegialas, excitados en todo lado con la idea del amor prohibido. Tontos los dos, porque los descubrieron y Arthur no dudó ni un segundo en hacer sufrir a Alfred su traición y deslealtad. ¡Se había enredado con un sirviente del enemigo, por el amor de Dios! — ¿Quién es este? –pregunta Manuel echando una ojeada a la foto de Arthur. Prende un cigarro lentamente. Aspira el humo y después lo deja ir. Las narices de nuestro inglés favorito se dilatan y vuelven a apretarse otra vez. — Francis anda haciendo sus enredadas otra vez. Anda sacando niñitos nuevos. Este es su último cachorrito. Mira qué mono es. Modelo, fue modelo. Pero esta era de los nuestros, lucha contra un aburrimiento enorme, como tú, como yo, como todos, Manuel. Se lo llevó con él. El rubiecito había matado a unas cuantas de sus compañeras solo para probar las consecuencias de un veneno nuevo en el cuerpo humano, interesante, ¿no? —¡Ah! ¡Un químico! — Algo así. Pero este muchachito nos está trayendo problemas –suaviza el tono de su voz— ¿Te acuerdas de Yao? ¿Wang Yao? — ¿El embajador chino? —¡El mismo! — ¿No se lo había encargado a los Vargas? — Ah, es que Manuel, si todo el mundo fuese tan brillante como tú... —lo adula, para ganarse su confianza. Manuel le mira, sin embargo, con la mirada vacía de los que no pueden sentir nada—pero no puede ser así. Ojalá. Pero no. Fallaron. Esa dupla de ineptos falló. Y yo quiero el dinero por matar al chino. ¿Y no adivinas quién está queriendo robarnos el crédito por la muerte de Wang Yao? — Francis... —deduce con facilidad. — ¡Ese franchute! ¡Excelente Manuel! Se lo ha dejado encargado a su perrito nuevo. Tu labor ahora, querido, es ir tras ese hijo de puta y hacer lo que mejor sabes hacer. A ver, mírame, ¡mira esa carita! Quiero que con esa misma carita te presentes ante este fulanito y le saques las entrañas. ¿Lo harías por mí, Manuel? ¿Me harías ese favor? — ¿De cuánto estamos hablando? –pide que le entregue la foto, Arthur lo hace. Es de una campaña, posiblemente, de un perfume. Este objetivo es rubio, es de ojos verdes, su mirada compungida y su ceño intrigante hacen que Manuel curve la cabeza como un gatito. Bota el aire contenido, se le escapa entre los labios. Luego vuelve a aspirar su cigarro. —El doble. El doble de este último. Te pago las vacaciones y para cuando te las tomes, te quedas un mes más. ¿Si? — La verdad es que había estado empezando a impacientarme. —¡Ese es mi Manuel! –Salta Arthur, sonriendo con alegría— ¡Por eso dejo todo lo que me importa en las manos de mi sicópata favorito! — No soy un sicópata, soy una sociópata altamente funcional, le recomiendo que haga su investigación primero, sería de ayuda. Manuel se puso de pie, mirando fijamente la fotografía. Enterró la cerilla de su cigarro contra la punta de la nariz del modelo y luego la apachurró hacia un lado y otro hasta que el fuego dejó de existir. El cigarrillo muerto quedó olvidado en el sofá y Arthur lo acompañó hasta la puerta. Con una caricia final en sus pómulos rechonchos, le deseó buena suerte en silencio. — ¿Cómo se llama mi objetivo? —MH. — Amo cuando me dice las iniciales, siempre tengo tanto por dónde empezar... — Te mando el nombre por mensaje. Y también su ubicación. No creo en la soledad de esta casa. Las paredes escuchan. Manuel ascendió, se dio la vuelta y luego se perdió por el pasillo. Arthur cerró la puerta de su despacho y se sentó en su butaca. El aburrimiento amenazaba con despellejarlo vivo. Caminando fuera del palacio de Arthur Kirkland, el celular de Manuel alarmó sobre un mensaje recibido. No se le hacía conocido el nombre y se dirigió a su auto lo más rápido que pudo, abrió la puerta, casi se echó de cabeza y miró hacia el frente. La fina lluvia de verano londinense le manchaba el parabrisas despacito y en silencio. A Manuel le gustaba el silencio porque le gustaba sentirse aislado. Se había acostumbrado a esa sensación de que se desprendía como larvas entre sus piernas y sus brazos cada vez que era rechazado en cualquier parte. Sus compañeros se lo habían enseñado desde niños, sus novias no habían sido diferentes y sus padres se rindieron cuando lo vieron regresar a casa una noche con las manos llenas de sangre. Le gustaba. El aislamiento le excitaba. Lo tenía todo. No necesitaba él nada más. — Ay, pero, papito, ¿qué está haciendo usted que no me contesta el teléfono? La voz. La voz de La Mujer. Puede que haya una sola cosa mejor que el aislamiento. — ¡Catitaa! Sorry, negrita, es que estoy un poquito ocupao', pero, ¿a qué debe el honor de tu llamada? La muchacha se echó a reír. Manuel se acomodó en su asiento. Le apretaban los pantalones. — ¿Cómo que a qué se debe? ¿No se ha dado cuenta que hace más de un mes que me tiene toda abandonada? Manuelito, eso no se le hace a una dama. No ve que yo me puedo aburrir y buscar cariño en los brazos de otro... — No seai' mentirosa, no lo haríai. –Dice cómplice— Es que Cata, hoy día recién salí de un cachito. Y ya me bancaron otro. Pero no te preocupa, termino con este y te voy a ver corriendo. — Pero no me ande poniendo después de sus muñequitos, pues. –ruega ella. Manuel no quiere nada más que apretar el acelerador, llegar a la casa de Catalina, y derrumbarla contra la cama, o la pared, o el suelo, o donde sea—Yo a usted siempre le doy preferencia. — Bonita, yo quisiera pero... ya, mira, perdóname esta vez. Cuando termine con esto, me voy de vacaciones y te invito. A las Maldivas, ¿te tinca? A las Maldivas. Esas playitas afrodisiacas. Catita, te juro que allá te hago de todo. — Mmm... ¿qué me quiere hacer? Tan juguetón que se pone... — Ay, negrita, si te contara... Esta mujer, que se robaba los suspiros de Manuel, sus noches solitarias y sus intrínsecos amoríos que iban y venían como la lluvia inglesa, se llamaba Catalina Gómez. Era una colombiana que les servía como dama de compañía a algunos de los narcotraficantes más respetados de todo Reino Unido. Poseedora de una belleza escultural, muy propia de las latinas, se había encaramado con uñas y dientes para alcanzar el puesto de la reina de cualquiera sea un narco conocido. No había sido capaz de lograrlo totalmente aún, por eso pasaba el tiempo con este sicario que conoció en una de sus alegres juergas de alcohol y drogas (la cocaína era su favorita). Manuel había considerado por mucho tiempo a las mujeres como seres inferiores que no eran capaces más que de entregar felicidad momentánea a los hombres. Nunca llamaron su atención para algo más que el sexo, porque eran majaderas por naturaleza, ineptas y estúpidas, aunque agradables y graciosas para ciertas ocasiones. Pero su pensamiento retrógrado había sufrido modificaciones en cuanto conoció a Catalina y le había ella maravillado con su inteligencia y la manera en que ocupaba su trabajo para conseguir todo lo que se le ponía en mente. Por eso le había nombrado como La Mujer. Esta Mujer era inteligente. Esta Mujer era única. A esta Mujer la quería para él. oh oh El desagradable momento de impactante sorpresa se llevó a cabo mientras Manuel disfrutaba de un buen libro sentado en la mesita más apartada del café literario. Con su capuchino en los labios y las inquietantes aventuras de Sherlock Holmes y su fiel Watson devorándolo entero, vio al muchacho que había estado comiéndole los sueños desde hace dos noches deslizarse con toda la prestación y el encanto de alguien que ha caminado por las pasarelas más. importantes del mundo para ganarse la vida. Lo observar con ojos inquisidores deslizar la silla cuidadosamente hacia atrás, sentarse y acomodar su espalda en los cojines anaranjados, observar que el mesero se acercaba a él y observar también que le temblaban las rodillas. Ese tipo de reacciones en las personas promedio comunes le pasmaban y le dejaban con esa incómoda sensación bajo la lengua, como si tuviese una tableta que se deshace con lentitud, porque por más que se esforzara y tuviera muchas teorías acerca de ellas, no las entendía . La necesidad de encontrar otro ser humano con quién compartir la vida siempre le había asombrado; quizás porque él se encontraba interesante solo a sí mismo. Esos deseos ridículos y prehistóricos eran, lamentablemente, los que se interponían entre la estupidez congénita y la brillantez expresada en poquísimos seres. A primera vista, no creyó que este chico que le sonreía al mesero cuando el pobre enclenque se daba la vuelta y respiraba profundamente unas cuantas veces, fuera uno de ellos. Manuel era muy bueno leyendo a la gente, pero no pudo ver nada que se pareciera a lo que había visto en sus ojos cuando conoció a Arthur, oa Alfred, oa los hermanitos Vargas, oa La Mujer. Ellos tenían un no sé qué que le hizo sentir que ahí era a donde pertenecía, a su lado; pero ningún rasgo en el rostro, o en las muecas o en las iris verdes de su objetivo MH le hacía creer que este modelo retirado pensaba de la misma manera que él, y lo más importante, que se aburría de igual forma. Hubo un par de segundos en los que Manuel pensó que Arthur le había estado jugando una broma, pero como broma era extraña porque esto parecía ser un chiste y Arthur nunca se reía de él. Decidió entonces Manuel dejarse de dudas y echar a andar el negocio. Coquetear con un hombre nunca había sido difícil para él. En la mañana despertó junto a Catalina en su casa y le pidió que le sirviera el desayuno mientras él se hundía en la bañera y después revisaba sus cajones de ropa desnudos y mojados. Los brazos de la colombiana le rodearon la cintura y sus senos morenos, calientes y firmes (Manuel sintió que podía refugiarse en ellos y yacer ahí y no se aburriría y no le importaría nada) se apretaron contra su espalda, poniéndole el pecho hasta para sostenerlo. . Ambos sabían que un hombre y una mujer que trabajaban para los magnates más peligrosos del mundo, y si no eran ellos iguales de peligrosos, eran una mezcla explosiva, excitante y un desastre completo, porque, quizás en cualquier momento, Manuel se aburra de follar. con Catalina y Catalina se aburra de ser siempre un plato de segunda mesa y ahí se va a quedar, quién de los dos se mata primero y qué triste, qué triste, esta minita me gusta de verdad, no creo que pueda encontrar a una parecida ni en un millón de años. Pero Manuel se miró al espejo, finalmente, y Catalina se reía atrás de él, con su suéter n***o y largo que le llegaba hasta los muslos (una talla más grande) y esos pitillos azules, la parte más seductora de su cuerpo siempre han sido. sus piernas y él lo sabe. Tiene unos zapatos negros y está a punto de ponerse una boina pero mejor no porque, ¿no será demasiado? No, si usted se ve guapito con lo que se ponga, le contesta a los pensamientos Catalina. Pero al fin, que no se colocó la boina y se perfumó el cuello, las muñecas y detrás de las orejas. — ¿Funcionará? –preguntó al espejo. — Funciona conmigo. —Todo funciona contigo. Dejó a Sherlock y John en su propio pequeño apocalipsis y se puso de pie, siempre vigilando a su objetivo, que parecía distraído hojeando una revista. Tomó su capuchino en su mano izquierda, en la otra cogió el libro, y caminó como el más inocente de los muchachos de veintitrés años a través de las chicas y los chicos recostados en las bonitas mesas adornadas con motivos literarios. Colocó en su blanco rostro una de esas sonrisas que se le daban tan bien y apareció frente a él con los hombros gachos y el deseo de quedarse ahí. Al verlo y pestañar, MH se sintió confundido. — ¿Está ocupado? El hombre rubio lo niega. — ¿Te molesta si me siento contigo? —No, dale. Manuel se muestra contento. Tira la silla hacia atrás y deja el libro en la mesa al ladito de su capuchino, pone una pierna sobre la otra y se inclina hacia adelante, curioseando como lo haría un niño la revista que MH sostiene en las manos; pero él no le da gran importancia y Manuel entiende pronto que las cosas no servirán así. Entonces se decide por ignorarlo, por beber de su café y observar fijamente algún punto lejos del local, construyendo en su palacio de la memoria cada uno de los detalles que le están rodeando y que actúan en él imperceptiblemente. — ¿Te gusta leer? ¡Bingo! - Mucho. Mucho, realmente. Paso todo el tiempo libre que tengo leyendo –le muestra los dientes. El tipo en frente le sonríe débilmente. - Sherlock Holmes... — ¿Tú lo has leído? — No –admite— Prefiero otro tipo de lectura. Manuel abre la boca fingir sorpresa, pero no se atreve a pronunciar nada más. Se toma un sorbo de capuchino limpiando con su lengua los restos dulzones que le manchan la comisura de los labios; es casi un gesto provocativo natural que se expulsa de él con graciosa sinfonía. - ¿Como te llamas? –decide empezar él esta vez. — Martín, ¿y vos? –contesta. El muchacho le ve y parpadea, pues le ha dicho su nombre real. —Benjamín. No alcanza a decir, sin embargo, más, pues el mesero llega con el café de Martín tambaleándose hacia los lados y alcanzando a salpicarlo. Le mira él con el ceño fruncido y los ojos oscuros, quitándose un par de servilletas y limpiando las gotitas azucaradas de su impecable chaleco n***o. ¡La incompetencia! — Gracias –susurra Martín, dejando en la mano del mesero una propina. El joven agradece de vuelta y los deja solos, tan solos como el principio. Manuel había pensado en estrategias para impedir que su primer encuentro con aquel hombre que iba a morir en sus manos cayera en la monotonía. Lo había previsto y se había formado un mapa mental con los recursos a los que debía recurrir en caso de que la palabrería se acabara de golpe o se le secaran los labios, como ahora. Ocupar sus labios y sus mejillas gordas, mirarle de cierta manera, entrecerrar los ojos, mostrarse sorprendido por todo. La manipulación. Manuel era un hombre manipulador, era alguien capaz de manejar a todos a su alrededor con tal de obtener lo que quería. Y esa tarde, sentado junto a Martín y bebiéndose un café caliente, no fue la excepción. En poco tiempo, se hallaron los dos hablando hasta el cansancio acerca de un montón de cosas que de pronto tenían en común: la afición por los viajes, el fútbol, ​​la escritura, la soledad, la inmigración, ¡hasta los animales! Que Manuel adora a los perros pero Martín prefiere los gatos. Bueno, pero no importa, los perros y los gatos se complementan. Y su sueño es ir a Dubai. A Manuel le encantaría ir a Dubai. Martín se muere por pisar tierra cubana. Es que deberíamos juntarnos y recorrer Cuba y Dubai. A Manuel le cambió la cara cuando oyó a Martín sugerirlo. Porque supo que había mordido el anzuelo. Fueron los últimos en partir del café literario, cuando ya los muchachos de allá limpiaban las mesas con paños húmedos o pasaban las escobas entremedio de sus pies, quitando los papelillos y la mugre y la tierra que se acumulaba siempre en los rincones. Habían caído en un cómodo silencio después de contarse sus sueños y desventuras y esperaban ahora simplemente que los jóvenes trabajadores se alejaran mirándose a la cara con fijeza. ¡Qué fácil había sido hacer caer a este tipo! Manuel no creyó que fuese como ellos; si le contaba sus secretos a un extraño a los minutos de conocerse, debía de ser tan vulgar como todos. Y allí recayó siempre su problema. Lo subestimó. — Uh, ya se fueron todos... como que nos fuimos conversando –susurró con timidez, tomando en su mano el libro. — Pero fue una buena conversación. - Mmm... Manuel miró a la mesa e hizo un atisbo de levantarse que Martín imitó inmediatamente. Juntaron las sillas y llevaron las servilletas sucias en sus palmas. — ¿Tenés... tenés algo que hacer mañana en la noche? Al instante de escucharlo, Manuel corrió la mirada y le sonó con lentitud. Siempre sumiso, siempre tímido, siempre dulce. Siempre todo lo opuesto a su complicada personalidad real. Había sido esa su arma constante para hacer caer en pedazos a los hombres de su calaña. —Pucha, sí. Tengo clases mañana... pero, igual al día siguiente no tengo nada que hacer, ¿por? — No sé, juntémonos. Salimos a bailar oa tomar algo oa comer... lo que vos quieras, yo te invito. — ¿Enserio? ¡Ya! Dale, ehm, igual podríamos ir a todo eso que dijiste. Dame tu número y de ahí nos ponemos de acuerdo, ¿te tinca? E intercambiaron números y se besaron las mejillas y se despidieron, con la esperanza de verso otra vez. El día que eso se cumplió fue uno de los más bizarros que Manuel había tenido en la vida. Los recuerdos que tiene más claros son los acontecimientos pasados ​​después de ir a bailar. Llegar corriendo al motel más cercano, refregarse furioso contra el cuerpo de Martín en apenas una muralla, botar la llave de la habitación incapaz de descubrir dónde está la chapa, caer a la cama y dar vueltas hasta perder el sentido de lo que existe y lo. que no. Poseer y pertenecer. Devorar y ser devorado. Llegar al éxtasis y caer profundamente en la desesperación, casi al abismo. No había estado tan vacío ya la vez tan completo desde hace mucho tiempo, no se había sentido dos y al mismo tiempo uno desde años. Increíblemente, sintió la melancolía de las relaciones fugaces, la sintió comiéndose su n***o corazón y escupiendo todo dentro. Todas esas escenas de la noche se presentan en el espejo como un corto. Manuel las mira fijamente y luego observa su celular, mensajea a Arthur: Me acosté con él. Me debes. Quita después de su pantalón una navaja y sale de la habitación sin ningún tipo de sentimiento corriendo por su cuerpo. Allá en la cama Martín duerme ajeno a cualquier sorpresa, Manuel lo observa atentamente por unos segundos, mira su cabello desordenado, su pecho que sube y baja envuelto en las sudorosas sábanas blancas y se pone a horcajadas sobre él para evitar que el tiempo se le escapar. Decidido a terminar con todo, coloca sus manos delgadas de dedos largos alrededor del cuello del hombre dormido y presiona con suavidad. Está a punto, a punto de volver a sentir ese maravilloso estremecimiento: cómo la vida abandona un cuerpo caliente, cómo se va y deja que todo lo demás se pudra. Y él es el causante. Lo más impresionante, ¡que es él! ¡Solo él! Pero algo debía estar pasando para que las cosas no salieran como Manuel lo esperaba. Y es que Martín se removió incómodo abajo suyo y pestañó soñoliento y confundido, y el pobre Manuel, que apenas alcanzó a botar la navaja al suelo, comenzó a tiritar entero. Separó las piernas, quitándose de encima con suavidad como si fuese un juego, a la vez que Martín se incorporaba sin entender mucho. — Te desperté, disculpa. –se lamenta. Martín niega con la cabeza y le jala de los hombros, por lo que termina con la oreja pegada al pecho lampiño de su objetivo, sorprendiéndose gratamente con la frecuencia del latido de su corazón. — No importa –susurra metiendo sus dedos por el cabello chocolate, aspirando el olor de su pelo.— ¿Cómo amaneciste? -Bien. ¿Y tú? — Con hambre –confesó y ambos rieron. Después de un momento de silencio, Manuel habló. — ¿Llamo para que nos traigan el desayuno? —No, salgamos afuera. Tengo ganas de comer unas factu... — ¡Medias lunas! - ¿What? –preguntó arrugando la nariz. — Es que de donde vengo yo se les dice medias lunas. Pero al fin, que fueron a desayunar a un restaurante de estos que potencian la finura de los ingleses. Y la cuenta esta vez la pagó Manuel. oh oh — ¡Me lo debes! Arthur se volteó con una sonrisa sobre sus labios rosados. — ¿Te lo debo? — ¡Sí! — Ah, mi querido Manuel, ¿por qué deberías deberte algo que disfrutes? — ¿Y quién le dice a usted que yo lo disfruté? — ¿Cómo fue? –salta Arthur, poniéndose de pie, se mueve hasta quedar nariz con nariz, con el movimiento propio de los reptiles. — ¿Cómo fue? ¿A qué se refiere? — ¿Quién jodió a quién? —Nos turnamos. —¡Ah! Adoro verte como pasivo, muchacho. ¿Y qué posiciones usaron? — ¿Por qué quiere saber eso? Es super morboso de su parte. — Me gusta imaginar de todas las maneras posibles. — Yo lo culié a lo perrito y él me culió con las piernas en sus hombros. Supongo que suponemos que cambiamos entre medio. ¿Contenido? — Te quiero follar, Manuel –admitió más serio que de costumbre, pero Manuel se alejó negando con la cabeza. —Fue raro... —Te creo que fue raro. Martín no es necesariamente gay. — ¿A qué se refiere con que no es necesariamente gay? — No es gay. No le gustan los hombres. Eso lo sabe todo el negocio. Manuel se le quedó mirando entre asustado y confundido. — Pero si no le gustan los hombres... ¿por qué se acostó conmigo? — Mmm... no lo sé... —ironizó Arthur con la mano derecha en su mentón afeitado— ¿Tal vez porque tu encanto le sedujo a tal extremo que se dejó coger y se te metió adentro como un gracioso espadachín? — No... —murmuró el moreno comenzando a caminar por el pasillo del salón del jefe y Arthur se dejó caer en su sillón de cuero. Manuel era muy bueno usando el sarcasmo, pero incapaz de notarlo cuando otra persona lo ocupaba.— No, eso es imposible. ¿Cómo hetero curioso? ¡No no! Tiene que ser por otra razón, pero cuál, cuál... —y pensaba y pensaba Manuel, y nada corría por su mente más que la experimentación. Martín se acostó con él porque, bueno, porque le llamó la atención y quiso probar. Qué se siente hacerlo con otro hombre. ¿Y le habría gustado? Quedaron para verso de nuevo. No, tiene que haber gato encerrado, es obvio. Nadie se entrega simplemente así. Manuel no es tonto, tiene que existir otra razón. Cual, cual. Entonces se detuvo de golpe en el centro del salón. Se le iluminó la vista y sus labios formaron una línea recta en su rostro. — Sabe. - ¿What? –preguntó Arthur, a pesar de que había oído perfectamente. —Sabe, jefe. Él sabe. Por eso se acostó conmigo. Sabe, sabe quién soy. Sabe todo. Hacer. — ¡Hombre, por Dios, no seas paranoico! ¡Nadie más sabe de esta operación! ¡La he mantenido entre tú y yo! ¡Y yo no se lo he dicho a nadie! — ¡De alguna manera se tuvo que enterar! ¿O si no para qué se hubiera acostado conmigo, si no fuese solo para seguirme el juego? ¡Es obvio! Conchetumare, conchetumare, qué voy a hacer... –se lamentó agarrándose de los cabellos. ¡Era una obviedad! ¿Cómo no pudo darse cuenta? ¿Él, que es tan inteligente? ¡Y cómo Arthur se atrevió a mandarlo a eso! Le vio con los ojos ardiendo en furia. Arthur entendió de inmediato. — ¡Tú fuiste quién contrató esto! ¡Y ahora asume las consecuencias! Martín no sabe nada. ¡Nada! ¡Yo me encargué de que nadie supiera de esto! ¡Así que devuélvete a trabajar, cógetelo las veces que sea necesario, destrípalo y mándale el corazón a Francis! Te quiero con las manos rojas en tres días. ¡Si no, verás las consecuencias! ¡Nunca me has fallado antes, Manuel y no quiero que esta sea la primera vez! ¡No me obligas a ser duro contigo! Y Manuel huyó de aquel palacio despavorido. Cuando se metió a su auto se refregó la cara una y otra vez. ¿Qué otra explicación tenía acerca del comportamiento de Martín? Cerró los ojos con fuerza. Ni una más. oh oh — Es más bonito que el motel al que fuimos la otra noche –empezó Martín, abriendo la puerta de una suite lujosa. Manuel miró con desconfianza y tragó saliva, sonriéndole por obligación.
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