Capítulo 5 Boda

1231 Palabras
P.O.V. Beatrice Los nervios me están matando, han pasado unos minutos, mi padre aún sigue encerrado con Nicola en el despacho, mis oídos están atentos por si llego a escuchar cualquier ruido para ir rápido para detener a mi padre por si intenta matarlo. Veo a mi padre acercarse a mí, pero no veo ni rastro de Nicola; me pongo de pie asustada y pensando lo peor. —¿Dónde está Nicola? —preguntó impaciente. —Él está vivo, pero ha aceptado una fuerte suma de dinero a cambio de irse y terminar contigo —me contó mi padre. —No es verdad, él me ama y nunca haría eso —me niego a creer las palabras de mi padre. —Ven para que lo veas con tus propios ojos —mi padre señaló hacia la ventana. Me aproximó hasta ahí, mirando a Nicola salir con una mochila en la espalda y un maletín en la mano. Me quedé helada al ver eso. Pegué mis manos y frente a la ventana. —¡Nicola! — grité con todas mis fuerzas. Noto que él se detiene; yo con lágrimas en los ojos siento una esperanza de que él se voltee, pero no lo hace; solo continúa caminando. ¡No! —vuelvo a gritar con una voz desgarradora. Siento un fuerte y un profundo vacío en mi pecho. Un nudo en mi garganta me ahoga y una fuerte ira me invade. Giro a ver a mi padre que sonríe ladino, satisfecho por lo que ha hecho. ¡Te odio! —vociferó cerca de su cara y salió corriendo de ahí. —¡Me importa poco si me odias, pero te casarás en una semana con Estéfano Salazar! —mi padre me gritó mientras corría. Subí las escaleras brincando de dos en dos hasta subir al segundo piso y encerrarme en mi habitación. Me arrojé sobre la cama hundiendo mi rostro en la almohada. Dejó salir todas las lágrimas que tenía reprimidas, intentando aliviar el profundo dolor que invade su corazón, y es que ella amaba mucho a Nicola. Ella quería que él fuera su esposo y formar una familia, pero en vez de eso únicamente se conformó con dinero y se fue sin importarle sus sentimientos. Y ahora se casará con un hombre que no conoce, aunque investigaré todo lo que pueda de él y sabrá por qué su padre me está casando. Me levanto de la cama, teniendo todo el maquillaje arruinado y sentándome frente a la mesa donde tengo mi ordenador. Busco el nombre de Estéfano Salazar, encontrando a la rica, peligrosa y extravagante familia a la que pertenece. Sin embargo, no encuentro ninguna pista de ese hombre. Pasó horas buscando, hasta que por fin encontró un fragmento de una noticia donde dice que él mató a su prometida embarazada, dándole un tiro en la cabeza y arrojándola por las escaleras. —Mi padre es un canalla; no le importa que sea un asesino; no le interesa si vivo o muero —dije en voz baja—. Pero lo haré si a él no le importa nada. Está bien, pero no dejaré que ese hombre crea, que me tendrá controlada o que podrá hacerme lo que quiera; le enseñaré con la mujer que se está casando. Después de varios días la boda ha llegado; desde muy temprano varias mujeres desconocidas entraron a mi habitación arreglándome para la boda. Me colocaron un vestido corte sirena, con mucho encaje; me maquillaron muy elegante y levantaron mi cabello rubio sobre mi cabeza. Pusieron el velo en mi cabeza que llega hasta el piso, hicieron que me pusiera unos tacones bastante altos y por último me entregaron un ramo de rosas rojas, lilas y unas muy diminutas que no sé su nombre. Baje por las escaleras con una expresión seria y triste. Mientras era escoltada por dos gorilas. Bajamos al primer piso donde están mi madre y mi padre. —Qué linda te ves, mi niña —dijo mi madre alegre. Casi llorando. Pero no le digo nada porque como luzco hoy, para mí no es más que mi sentencia de muerte. —Ya vámonos o llegaremos tarde —nos regaña mi padre. Al salir a la entrada un auto de lujo nos esperaba; mis padres subieron primero y al final entraron. El vehículo se puso en marcha mientras que recargaba mi espalda en el asiento, mirando por la ventana. —Espero que cuando lleguemos al lugar quites esa cara —añadió mi padre regañándome. —Intentaré dar mi mejor actuación —contesté con ironía. —Más te vale porque si haces algo te juro que te arrepentirás —me amenaza, pero lo ignoro por completo. —Sí, eso ya lo dejaste muy claro —contestó y nadie más habló. Pasamos unos minutos encerrados en ese auto de lujo, siendo rodeados por varios autos que nos escoltan hasta llegar a esa enorme mansión pintada de color blanco. Entramos al lugar y el vehículo se detiene bajando mis padres y por último yo. —Hola, Alonzo, me alegra ver que han llegado —escucho la voz de un hombre; volteo a ver a un hombre vistiendo un traje oscuro, de tez entre medio, morena clara; tiene algunas canas en su cabeza y, por lo que investigué, él es el señor Óscar Salazar. Estrecha la mano de mi padre. —Hola, Óscar, te dije que estaríamos puntuales —respondió mi padre. El hombre voltea a ver a mi padre y después su mirada se posa sobre mí. Permíteme presentarte a mi esposa Gabriela y a mi hija Beatrice —nos presentó mi padre. —Qué gusto en conocerlas —dijo estrechando la mano de mi madre y después la mía—. Vámonos; los invitados nos están esperando en el jardín. Entramos a la casa; agarro la parte de abajo de mi vestido para poder seguirles el ritmo hasta que llegamos a una puerta que lleva al jardín. Esperarán aquí hasta que la música empiece para que entren —ordenó mi futuro suegro ofreciéndole el brazo a mi madre y dejándonos solos. —Espero que cuando entremos, le sonrías a los invitados —añadió mi padre, molestándome de nuevo. Solo finjo una sonrisa y lo miro fijamente—. Así mantén esa sonrisa. Dos minutos después, la marcha nupcial se escucha en el fondo. Tomó el brazo de mi padre mientras que con la otra mano sostenía el ramo y empezamos a caminar saliendo de la casa. Damos unos pasos por un camino lleno de pétalos, hasta quedar a metros del altar. Intento ver hacia el frente, pero los rayos del sol opacan mi vista, aparte que el velo impide más mi visibilidad y así continuamos caminando en medio de esas dos hileras de sillas donde la gente nos examina de pies a cabeza, aunque la verdad es que no conozco a nadie. Pero mis ojos estaban fijos al frente hasta que por fin veo a ese hombre con traje parado al lado del juez. Al llegar a su lado tomo su mano que me ha ofrecido y mi padre se aleja. Me pongo de pie enfrente de él. Veo cómo él toma la fina tela que cubre mi rostro apartándola y por fin haciendo contacto visual, percatándome de sus lindos ojos grises y su hermoso rostro cuadrado, esa mandíbula ancha, nariz perfilada y cejas anchas…
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