4. Palabras que vuelven

1753 Palabras
4. Palabras que vuelven Christy Un video se reproduce en mi computadora mientras Damien lo observa con atención: Estoy de pie frente a la cocina de mi departamento, envuelta en la luz cálida que acaricia cada rincón. —Hola. Soy Christy Alley. Chef ejecutiva, dueña de mi propio restaurante y, por encima de todo, una incansable buscadora de la perfección en el sabor. En la edición del video, se intercala un corte vibrante: imágenes mías cocinando con destreza, emplatando con maestría, cada movimiento medido pero lleno de pasión. —Durante más de diez años, he dedicado mi vida a transformar ingredientes simples en experiencias inolvidables. Mientras hablo, aparece un plano mío sentada, la sonrisa serena y orgullosa. —Mi viaje comenzó en un pequeño pueblo costero, donde nací. Mi padre, entre el aroma a sal marina y cítricos, me enseñó por primera vez el poder que tiene la comida para evocar recuerdos. La edición suma otro corte breve: un cuchillo deslizándose con precisión sobre la tabla, montaje de platos sofisticados, explosiones de texturas y colores vibrantes. —He liderado cocinas galardonadas, impartido clases magistrales y guiado a jóvenes chefs para que encuentren su propia voz. Pero sin importar dónde esté, la cocina siempre ha sido y será mi verdadero hogar. Aparezco ahora sosteniendo un plato terminado, presentándolo con orgullo a la cámara. —Creo firmemente que cada plato cuenta una historia. La mía es una historia de sabores atrevidos, técnica depurada y un profundo respeto por cada elemento que llega a la mesa. La escena se acerca al cierre. Miro directo al lente, segura. —En Masters of the Kitchen, no estoy aquí solo para competir. Estoy aquí para honrar este oficio, para superar límites y para compartir mi pasión con el mundo. La sonrisa final es decidida, confiada. —Preparemos juntos la mesa para algo extraordinario. El video cierra con un fundido a n***o y el logo del programa: Masters of the Kitchen. ***** Al terminar, volteo hacia Damien. Está serio, analizando cada detalle como si fuera un crítico más. Pero tras unos segundos, su expresión se suaviza. Me dedica una sonrisa cargada de orgullo y deseo. —Eres la mujer más sexy vestida de chef —dice mientras me atrapa entre sus brazos y me besa con entusiasmo—. Te deseo toda la suerte, preciosa. Afuera estaré organizando tu club de fans. Me dejo envolver en su abrazo, correspondiendo a sus labios con una sonrisa, aunque en mi interior algo se quiebra. No puedo evitarlo. Una punzada atraviesa mi pecho mientras una pregunta inoportuna se instala en mi mente: ¿Será que él me verá a través de la pantalla? Jonathan. Pocas veces me permito pensar en él. Desde que nos separamos, me esforcé por borrar cada huella, cada eco de su voz en mi memoria. No teníamos amigos en común, así que silenciar su recuerdo fue, en apariencia, sencillo. Pero la verdad es que su sombra sigue viva en los rincones menos esperados de mi mente. Evité verlo en su programa, aunque fue imposible no enterarme de que lo había dejado todo por amor. Se fue del canal, de la ciudad, y de mí. La prensa lo vendió como una historia de ensueño: “Jonathan Marcus, el chef estrella, deja Nueva York por la mujer de su vida.” Qué ironía. Esa mujer, en otro tiempo, había sido yo. La voz de Damien me arranca de ese pozo de memorias. —¿En qué piensas? ¿No quieres ir? —pregunta, preocupado. Él siempre parece saber cuándo mis pensamientos me arrastran hacia donde no quiero ir. Es mi refugio, mi tierra firme. Pero aun así, no puedo evitar sentir que no le correspondo como merece. Respiro hondo y recupero la sonrisa, como si pudiera disfrazar la tormenta que arde en mi pecho. —¿Qué dices? ¡Claro que quiero ir a ganar! Le hablo con una energía que no sé si me pertenece del todo. Intento convencerlo, pero también convencerme a mí misma. Me aferro a la certeza de que aún tengo algo por lo que luchar. El libro de recetas que hice con mi padre, nuestros experimentos culinarios, las ideas que esperan ser redescubiertas. Necesito ganar. Por mi restaurante, por mi legado, por mí. Y tal vez, si la vida me da una nueva oportunidad, para cerrar de una vez por todas la historia inconclusa de mi corazón. Me dejo abrazar por Damien. Él fue quien me ayudó a conseguir el préstamo que ahora pende de un hilo. Si no gano, también perderé mis restaurantes. Todo lo que he construido se esfumará. —Promete que cuando salgas, no importa el resultado, me permitirás ser tu esposo. Sus palabras me atraviesan como un cuchillo bien afilado. Me quedo helada. Esas palabras. Las mismas, casi al pie de la letra. No es solo la frase, es la carga que arrastra consigo. Es como si el pasado hubiera encontrado la forma de filtrarse en este momento, susurrándome que no puedo escapar de él. Vuelvo a escuchar la voz de Jonathan, como si estuviera a mi lado, como si el tiempo no hubiera pasado. La petición de Damien queda suspendida en el aire, pero yo ya no estoy aquí. Mi mente, traicionera, me arrastra hacia atrás, a otro tiempo, a otra vida. Flashback La luz de aquella tarde era distinta: era dorada, casi mágica, derramándose por la ventana el pequeño departamento que Jonathan y yo compartíamos cuando todo apenas comenzaba. Estábamos agotados pero eufóricos. Acababa de llegar una reseña espectacular de mi primer restaurante, y él había firmado su contrato para el programa que lo llevaría a la televisión nacional. Ambos reíamos, el sudor aún fresco en nuestras frentes, las manos con olor a ajo y albahaca. —Christy, pequeña… —me dijo, secándose las manos en el delantal mientras me miraba con esos ojos donde cabía todo el entusiasmo del mundo. Yo estaba de espaldas, pero sentí el cambio en su tono. Me giré para encontrarme con su sonrisa torcida, esa que siempre escondía algo importante. —Promete que si me va bien, me permitirás ser tu esposo. Me quedé paralizada solo un segundo, sorprendida, sintiendo cómo el pecho se me hinchaba de ternura y de fe. Jonathan se acercó, tomó mis manos aún manchadas de hierbas y las besó, sin importarle nada más. —Promételo, Christy. Quiero que lo que estamos construyendo no termine nunca. Su voz era apenas un susurro, pero tenía el peso de una promesa de eternidad. No lo pensé dos veces. —Te lo prometo —respondí, sellando las palabras con un beso que él recibió como si fuera la respuesta más importante de nuestras vidas. Recuerdo el calor de sus labios, el sabor a sal y a vino tinto. Recuerdo cómo en ese momento no tuve dudas. Ninguna. Éramos jóvenes, sí. Éramos ambiciosos, también. Pero sobre todo, éramos un “nosotros” que creíamos inquebrantable. En su abrazo encontré refugio. En su sonrisa, futuro. Creí que ese momento duraría para siempre. Pero la vida, cruel y caprichosa, tenía otros planes. Recuerdo el brillo en sus ojos, la ambición inocente, las ganas de comerse el mundo. Recuerdo también la fe ciega que tuve en nosotros, en que el amor era suficiente para soportarlo todo. Me trago el nudo en la garganta. Recuerdo cómo le sostuve el rostro entre las manos, besándolo con una devoción que sentía absoluta. Estaba convencida de que juntos conquistaríamos el mundo. Él en la televisión, yo en mis cocinas. La vida nos sonreía… hasta que dejó de hacerlo. El éxito llegó para ambos, pero también el desgaste, las ausencias, los silencios en la cama al final del día. Jonathan se convirtió en una estrella, y la estrella brillaba demasiado lejos de mí. El día que le reproché, sus ojos evitaban los míos. No lloré frente a él. Me prometí no hacerlo. Pero por dentro me sentía como una masa que no había levado, pesada, sin aire, destinada al fracaso. Desde entonces, aprendí a endurecerme. Construí mis murallas con cada plato servido, con cada cliente satisfecho. Convertí el dolor en fuego para la estufa, en filo para mis cuchillos. Y ahora, aquí estoy, a punto de enfrentar una competencia nacional, mientras me pregunto si, al otro lado de la pantalla, Jonathan verá mi rostro y pensará en todo lo que fuimos. Si por un instante, lamentará no luchar por mí. Fin del flashback La imagen se disuelve y vuelvo al presente, arrastrada de regreso por la realidad como si me arrancaran de un sueño. Con Jonathan, esas palabras eran un sueño compartido, un pacto silencioso de crecer juntos. Con Damien, en cambio, siento el peso de una deuda no saldada, de una promesa que no estoy segura de poder cumplir. Lo miro, buscando en su rostro una pista, una r*****a de duda, pero solo encuentro amor. Puro, entregado. Él no sabe que al repetir esas palabras ha encendido la mecha de un recuerdo que quema por dentro. "Amor a medias no es amor", retumba la voz de mi abuela en mi memoria. La voz de Damien sigue allí, llena de amor verdadero, de devoción que merecería una respuesta limpia, sin sombras. Pero yo, marcada por aquel recuerdo, no puedo dársela. No del todo. Y esa es la peor de las traiciones. No quiero amarlo a medias. No quiero arrastrarlo conmigo a este terreno quebradizo donde aún habitan las cenizas de otro fuego. —Cuando salga… hablaremos —respondo al fin, la voz más tensa de lo que quisiera—. Tal vez, en este tiempo que estemos alejados, encuentres a alguien mejor a quien amar. Él niega con una sonrisa segura, convencido de su verdad. —No hay nadie mejor que tú. Te amo, Christy. Su declaración me golpea de lleno. Me gustaría creerle, entregarme sin reservas. Quisiera tanto poder hacerlo. Pero las palabras de amor, cuando no nacen limpias del alma, saben amargas en la boca. Trago saliva para forzar la respuesta. —También te amo. —Y no miento del todo. Hay sentimientos por supuesto. Él parece conforme. Su mirada se ilumina como si mi declaración fuera un bálsamo que sana cualquier herida invisible. Pero yo sé la verdad. Sé que lo que le acabo de dar no es amor puro, sino un consuelo a medias. Y me siento una miserable por ello. Una mujer que, atrapada entre el pasado y el presente, no termina de pertenecer del todo a ninguno de los dos. Una mala mujer.
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