5. Aprender a respirar de nuevo
Jonathan
Paolo, mi mejor amigo y confidente de todas las locuras que se me ocurren, me había llamado tan pronto como terminó de editar mi video de casting.
—Tienes que venir ahora. No puedo esperar a que lo veas —me dijo, casi sin respirar por la emoción.
No hizo falta convencerme dos veces. Y aquí estoy, sentado junto a él en su pequeño pero impecable estudio, las luces del monitor reflejándose en nuestros rostros mientras observamos mi audición para Masters of the Kitchen.
La pantalla cobra vida con una imagen mía de pie, imponente frente a una cocina moderna. Llevo la filipina arremangada, los antebrazos al descubierto, exhibiendo la seguridad casi insolente que me caracteriza. La mirada fija a la cámara, desafiante, y esa sonrisa arrogante que, no por nada, una marca de pasta dental decidió patrocinar durante años. Tal vez ya es hora de que mi representante les haga otra llamada, pienso con sorna.
La iluminación está perfectamente medida: la luz de fondo resalta el brillo metálico del acero inoxidable, creando un efecto de pulcritud quirúrgica. Todo transmite una sola cosa: control absoluto.
Mi voz resuena con aplomo: —Hola. Me llamo Jonathan Marcus. Y si están buscando al próximo ganador de Masters of the Kitchen, ya pueden dejar de buscar. Soy yo.
Paolo suelta una pequeña risa de satisfacción mientras la imagen cambia a un corte dinámico: aparezco sazonando un filete con precisión casi teatral, como si cada grano de sal obedeciera a mi capricho. Mi expresión no deja lugar a dudas: estoy actuando para una audiencia que, inevitablemente, va a quedar cautivada.
—He cocinado para estrellas de cine, para presidentes, para los críticos más exigentes… pero, sinceramente, ninguno de ellos estaba a mi altura.
El montaje vuelve a enfocarme mientras levanto una ceja con descaro, la sonrisa ladeada, como si estuviera revelando un secreto que todos ya sospechaban pero que yo confirmo sin modestia.
—Soy un perfeccionista. En la cocina, cada plato que sale de mis manos es una obra de arte. Una extensión de mí mismo. De mi talento. De mi grandeza.
Corte vertiginoso: llamas que rugen en la sartén, close-ups de platos exuberantes, delicados montajes llenos de texturas, colores vibrantes y una música de fondo que se intensifica con cada imagen. Todo grita: espectáculo.
—No vine a este programa para hacer amigos ni para compartir recetas. Vine para demostrar, una vez más, que no hay nadie que cocine como yo.
La cámara me capta en un plano calculado, mientras presento un plato terminado ante la lente como si fuera un trofeo, y le doy una última pincelada de salsa, como firmando una obra maestra.
—Recuerden este nombre: Jonathan. Porque cuando se hable del mejor chef de esta competencia, van a estar hablando de mí.
Finalizo con una sonrisa descarada y un guiño que parece atravesar la pantalla para quedarse en la memoria del espectador.
—Bon appétit.
La imagen se funde a n***o, dando paso al logo reluciente de Masters of the Kitchen acompañado de la inconfundible melodía del programa.
Paolo se reclina en la silla con una carcajada triunfal y me da una palmada en la espalda. —Te van a adorar… o te van a odiar. Pero de que no van a dejar de hablar de ti, eso te lo firmo —dice, mientras la sonrisa en mi rostro se amplía.
Y es que ese siempre fue el plan.
*****
—¿Y bien? ¿Qué te pareció? —pregunta mi amigo mientras cierra el archivo y me entrega una memoria USB.
—Genial. Como siempre, tu trabajo es impecable. —Hago una pausa breve, intentando disimular lo que me carcome por dentro—. Pero aún no hemos hablado de tus honorarios.
Él gira su silla con naturalidad y me mira con una sonrisa que apenas logra suavizar la punzada que se clava en mi pecho.
—Somos amigos. Además, eres mi ahijado. Por supuesto que no te voy a cobrar.
Sus palabras, aunque amables, me atraviesan como un dardo envenenado. Ser su ahijado... ser su ahijado. Una mención tan simple, y sin embargo, no puedo evitar que el recuerdo me arañe por dentro. La herida sigue ahí, supurando silenciosa. Él fue mi padrino de boda.
—¿La has visto? —pregunto, casi en un murmullo, como si temiera la respuesta.
Él asiente, su expresión se ensombrece ligeramente.
—A veces Ava y yo vamos a cenar a su restaurante. Se la ve bien.
Asiento despacio. Eso debería bastarme, ¿no? Saber que ella está bien, que no le faltan motivos para sonreír. Que no sufre por mí, aunque cada fibra de mi ser desearía que sí. Suelto un suspiro cansado y me recuesto en la silla, sintiendo cómo los pensamientos vuelven a atropellarse en mi cabeza.
Vuelve. Vuelve como siempre. Su imagen, sus ojos, su risa que aún retumba en los rincones más oscuros de mi memoria.
—Regresé una vez —confieso, con la mirada perdida en algún punto entre nosotros—. Quise buscarla… decirle que fui un estúpido al dejarla ir. Que no hubo un solo día en que no la extrañara. Pero cuando llegué, la vi con ese hombre… el que ahora es su pareja.
Mi amigo me observa con una mezcla de compasión y severidad mal disimulada. Acaricia distraídamente el borde de la mesa antes de soltar, por fin, lo que tantas veces había guardado.
—Y terminaste enredándote con la mujer que asegurabas que solo era una amiga. Que la relación con ella no era más que un rumor. —Su tono es cortante, como un bisturí que abre una vieja herida—. ¿Crees que eso estuvo bien?
Es la primera vez que me lo dice en voz alta. Hasta ahora, había sido sólo una sombra en su mirada, una pregunta silenciosa entre líneas. Pero lo entiendo. Tiene razón.
Sin embargo…
Rossana estuvo allí cuando el mundo se vino abajo. Cuando me arrastraba por los bares, empapado de alcohol y arrepentimiento, hasta caer rendido en una esquina cualquiera, era ella quien me encontraba y me llevaba a casa. Cuando me encerraba durante días, consumido por la culpa y el hambre, era ella quien cruzaba la puerta con comida y palabras que intentaban rescatarme de mi propio abismo. No pedía nada. No exigía explicaciones ni promesas. Simplemente estaba.
Fue ella quien me tendió la mano para salir del fango cuando la televisora de Nueva York me dio la espalda. Fue Rossana quien movió cielo y tierra para que consiguiera el trabajo en Seattle, para que no me ahogara del todo.
Siento que se lo debo. Quizás no por amor, sino por gratitud. Por la lealtad inquebrantable que tuvo cuando yo no era más que un hombre roto.
No tengo el valor de decírselo a mi amigo, pero dentro de mí, me repito esa justificación una y otra vez, como si así pudiera acallar la voz que me acusa en silencio.
Me quedo en silencio, evitando su mirada. Su juicio pesa sobre mí, aunque trate de hacerme el fuerte. Acaricio la memoria USB entre los dedos como si fuese un amuleto inútil que no pudiera protegerme de mis propios fantasmas.
Él no dice nada más, pero su silencio lo dice todo.
Cierro los ojos un instante, y los recuerdos, inevitables como la marea, me arrastran de nuevo hacia la oscuridad de aquellos días.
Flashback
La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del departamento. Estaba empapado, la camisa pegada al cuerpo, con un frío que no sólo era físico, sino que parecía instalarse en mis huesos. La botella de whisky vacía rodaba por el suelo. En algún rincón, mi teléfono vibraba una y otra vez, pero no tenía fuerzas para responder.
La puerta se abrió de golpe. Rossana entró como una tormenta contenida. Su rostro mostraba cansancio, preocupación… y una determinación que nunca comprendí del todo.
—Dios mío… —susurró al verme hecho un guiñapo en el suelo.
Se arrodilló a mi lado, sin importar el olor agrio a alcohol que impregnaba el ambiente.
—¿Por qué haces esto? —Su voz se quebró apenas, mientras con manos temblorosas apartaba los mechones húmedos de mi frente—. No puedes seguir así, no por ella. No por alguien que ya no te mira.
Quise responder, pero las palabras se ahogaron en mi garganta. Ella no esperaba una respuesta, de todos modos. Me ayudó a incorporarme con más ternura de la que merecía, y fue en ese momento que entendí: Rossana estaba dispuesta a cargar con mis ruinas.
Esa noche, como tantas otras, me arrastró lejos del naufragio en el que yo mismo me había convertido.
Fin del flashback
Abro los ojos y vuelvo al presente, con un sabor amargo en la boca. ¿Cuántas veces se repitió aquella escena? ¿Cuántas veces fue ella mi salvavidas cuando yo no tenía más que ganas de hundirme?
—Sentí que se lo debía —digo en voz baja, como si intentara justificarme ante mí mismo más que ante mi amigo.
—¿Deber? —Él resopla con ironía—. No es la clase de deuda que se paga con una relación. No con un compromiso vacío. Tú mismo sabes que eso es una carga disfrazada de gratitud.
Me quedo quieto. Siento que sus palabras me desarman, me despojan de las mentiras que he ido construyendo para sobrevivir.
—Lo sé —admito al fin, sintiendo cómo la voz me tiembla—. Lo sé… pero, ¿qué iba a hacer? ¿Dejarla? ¿Abandonarla después de todo lo que hizo por mí?
Él apoya los codos sobre la mesa, me mira con intensidad.
—¿No crees que eso es precisamente lo que estás haciendo, quedándote por obligación? —Hace una pausa—. Rossana te amó sin condiciones, pero no te necesita como un mártir. Si te quedas por culpa, la terminas hiriendo más.
Sus palabras me atraviesan. Porque, en el fondo, siempre lo supe.
Me llevo las manos a la cara, cubriéndome los ojos un instante para no dejar que la desesperación se asome del todo.
—No es tan fácil. —La confesión se desliza entre mis dedos, un susurro ahogado por el peso de la verdad.
—Nunca lo es —responde él, con una sinceridad devastadora—. Pero lo correcto rara vez lo es.
Silencio.
La memoria USB sigue entre mis dedos, y siento que arde, como si fuera un recordatorio de todas las decisiones que aún están por tomarse. Porque, aunque ella se vea bien, aunque sonría en su restaurante y esté acompañada por otro hombre… todavía me duele.
Todavía me consume.
Suspiro, sintiendo que algo dentro de mí se desgarra un poco más.
—Quisiera dejar de pensar en ella —confieso, apenas audible—. Quisiera borrar su recuerdo, arrancarlo de raíz. Pero no puedo. No importa cuánto lo intente.
Mi amigo no dice nada.
Simplemente me observa, con esa mirada que no necesita palabras, una mezcla silenciosa de compasión y resignación que cala más hondo que cualquier frase hecha.
Porque ambos lo sabemos. Nos lo hemos dicho mil veces, aunque nunca en voz alta. No es que no pueda olvidarla.
Es que no quiero.
El peso de esa verdad se instala entre nosotros como un huésped incómodo, imposible de ignorar.
—¿Qué harás si vuelves a verla? —rompe el silencio, su voz cargada de esa gravedad que uno usa para las preguntas que teme escuchar en respuesta—. Sabes bien que la posibilidad es alta.
Volver a verla.
La sola idea provoca que un estremecimiento recorra mi espalda, como si alguien hubiera deslizado hielo por mi piel desnuda.
Intento mantener la compostura, pero el eco de su rostro en mi memoria es un aguijón constante.
—No… es imposible —respondo, más para convencerme a mí mismo que a él—. Pronto estaré dentro del programa, y planeo quedarme hasta el final.
Pero mi voz vacila, traicionándome. Porque, por mucho que lo niegue, la posibilidad existe. Flotando en algún rincón del destino, burlándose de mis esfuerzos por sepultarla.
—Aunque... —mi voz se apaga apenas, pero la chispa enciende algo en mi pecho— tal vez ella me vea.
Quizá, desde alguna parte, con esos ojos que me desarmaban, me vea en la pantalla.
Esa imagen se adueña de mi mente.
¿Será que me verá? ¿Que sus manos se detengan sobre el control remoto al reconocerme? ¿Que sus labios se curven, aunque sea un instante, al recordar lo que fuimos?
Por primera vez en mucho tiempo, me permito la fantasía. Una pequeña g****a en la muralla que he construido para protegerme de ella.
Mi amigo deja escapar un suspiro, como si pudiera leer todos esos pensamientos que me carcomen.
—Y si te ve —dice, con un matiz de amargura—, ¿qué esperas que suceda?
No sé qué responderle.
Quizás nada.
Quizás todo.
Su pregunta queda suspendida en el aire, como una flecha que no termina de clavarse pero tampoco se desvía de su blanco.
—¿Qué esperas que suceda? —repite, casi en un susurro.
Desvío la mirada. No quiero responderle. No quiero poner en palabras lo que apenas me atrevo a pensar. Pero lo cierto es que la respuesta está latiendo en mi pecho con una claridad que me desarma.
—No lo sé… —miento.
Pero mi amigo no se deja engañar. Me conoce demasiado bien.
—Claro que lo sabes —insiste con firmeza, inclinándose un poco hacia mí—. Sabes exactamente qué esperas. Estás deseando que ella te vea. Que te recuerde. Que, aunque sea por un segundo, se arrepienta de no haber regresado a buscarte.
Sus palabras son certeras, como agujas perforando la armadura que tanto me ha costado levantar.
Respiro hondo, tragando el nudo que se me forma en la garganta. Siento cómo mis dedos se crispan sobre las rodillas, tensos, como si intentaran aferrarse a algo que ya no existe.
—Sí —confieso al fin, casi en un suspiro que apenas se sostiene—. Quiero que me vea… que me vea y que duela.
Me sorprendo de mi propia sinceridad, pero una vez pronunciadas, las palabras se sienten liberadoras.
—Quiero que me vea y que por un instante, por mínimo que sea, sienta lo que yo sentí cuando la vi partir —añado, bajando la voz hasta rozar el temblor.
Mi amigo me observa en silencio. En sus ojos no hay juicio, sólo una profunda comprensión teñida de tristeza.
—Pero eso no te va a sanar —dice, sereno pero contundente—. Que ella te vea, que se arrepienta… no cambiará lo que fue. Ni lo que es ahora.
Asiento, aunque me cueste aceptar la verdad de sus palabras. Sé que tiene razón. Lo sé desde siempre. Pero a veces, las verdades que más conocemos son las que más nos negamos a aceptar.
—Lo sé —respondo, con la mirada perdida en algún punto invisible más allá de la ventana—. Pero al menos… al menos sería un consuelo. Como una última caricia, aunque sea de despedida.
El silencio vuelve a instalarnos entre ambos, pesado, denso. Sólo que esta vez no es incómodo. Es el silencio de los que han dicho lo esencial, de los que ya no necesitan palabras para comprenderse.
Mi amigo se recuesta en su silla, exhalando despacio.
—No apuestes tu paz a esa última caricia —dice al fin, en tono bajo pero firme—. Porque si no llega, podrías perder mucho más que una fantasía.
Levanto la mirada hacia él, y por primera vez en mucho tiempo, permito que mi vulnerabilidad asome por completo.
—Tal vez ya lo perdí todo —respondo.
Mi amigo se queda mirándome, con la mandíbula apretada. Sé que quiere decir algo más, pero se contiene.
Tal vez porque comprende que a veces las heridas necesitan supurar solas, sin que alguien intente cubrirlas con palabras bienintencionadas.
O tal vez porque sabe que cualquier cosa que diga, en este momento, será como arrojar piedras a un pozo sin fondo.
Afuera, la tarde comienza a apagarse, y las sombras se estiran en la habitación como si intentaran abrazar mi propia oscuridad interna.
—¿La extrañas tanto? —pregunta al fin, con una suavidad inesperada.
Cierro los ojos, dejándome arrastrar por la pregunta.
Y la veo.
La veo como si estuviera frente a mí, en aquel instante congelado en la memoria.
El cabello suelto, jugando con el viento. La risa franca, esa que no se parecía a ninguna otra. Los ojos que me miraban como si yo fuera su hogar.
Recuerdo cómo se mordía el labio cuando estaba nerviosa, cómo fruncía la nariz al intentar no reírse de mis bromas tontas.
Recuerdo la noche que llovía y nos refugiamos bajo un tejado improvisado con nuestras propias chaquetas, empapados, pero felices.
Ella se acercó, me tomó el rostro con ambas manos, como si intentara memorizarlo con la yema de los dedos, y dijo algo que jamás olvidaré.
"Si algún día te pierdes, prométeme que volverás a este momento para encontrarme otra vez."
¿Dónde quedó ese momento? ¿Dónde quedó ella? ¿Dónde quedé yo?
—No la extraño —respondo al fin, sin abrir los ojos—. La echo de menos como se echa de menos el aire cuando te ahogas.
Mi amigo exhala despacio. Se recuesta en la silla, como si cargara el peso de mi respuesta sobre sus propios hombros.
—Entonces necesitas aprender a respirar de nuevo —dice, casi como un susurro.
Quisiera creerle. Quisiera pensar que existe alguna forma de volver a llenar mis pulmones sin que su ausencia me queme por dentro.
—¿Cómo? —pregunto, apenas atreviéndome a mirar hacia él.
Él se queda en silencio un momento, como si buscara las palabras correctas.
—Dejando de esperar que ella te vea en la pantalla —responde con calma—. Y empezando a verte tú. Verte de verdad.
Suena sencillo, pero se siente imposible.
—No sé si pueda —confieso.
—Entonces empieza por intentarlo —responde él con una leve sonrisa, que mezcla la tristeza y la esperanza—. Paso a paso. Respiración por respiración.
La habitación se sumerge en un silencio cargado de significados no dichos. Afuera, la noche termina de caer, y con ella, una promesa silenciosa se instala en mi pecho.
Tal vez no estoy listo para olvidarla.
Pero quizás… estoy listo para encontrarme en el momento que me perdí.