—¿Lista para ponerte de pie, o prefieres que te traigamos ruedas y orgullo inflable? —dijo Armin, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y esa sonrisa ladina que ella conocía demasiado bien. Maroon estaba sentada en la camilla, con las piernas colgando, el cabello recogido de forma desordenada y una expresión que decía inténtalo y mueres. —Tócame con una silla de ruedas y te meto el suero por el oído —gruñó. —Así se habla, campeona —rió él. La fisioterapeuta, una mujer joven con voz dulce pero firme, asintió. —Vamos paso a paso, Maroon. Literal. Sin demostrarle nada a nadie. Ni siquiera a él. —Gracias —dijo Armin con falsa cortesía—. Finalmente alguien con sentido común. Maroon respiró hondo. Apoyó las manos en la camilla. El costado aún le dolía, pero ya no era fu

