El jet privado aterrizó suavemente al amanecer en una pista diminuta rodeada de montañas nevadas. Desde la ventana, Maroon observó fascinada los pinos cubiertos de escarcha, el cielo claro teñido de tonos lilas y azules, y el silencio imponente del paisaje. No había edificios, ni ruido, ni paparazzis. Solo la inmensidad de los Alpes. —Esto parece un maldito fondo de pantalla —murmuró ella, apretando la nariz contra el cristal. —Bienvenida a Suiza, señora Stein —le dijo Armin, tomándola de la cintura—. Nadie más que tú y yo… y un chef con estrella Michelin que vive a diez minutos en motonieve. Maroon rió, y al bajar del jet, el aire helado le golpeó la cara como un recordatorio de que estaban completamente solos en el mundo. Una camioneta de lujo con tracción especial los esperaba. El ch

