El sol de media mañana se filtraba por los vitrales del pasillo principal mientras Armin y Maroon regresaban del jardín secreto, caminando con paso tranquilo, entrelazados, como si ya no hiciera falta ocultarse de nada. Cada rincón del castillo parecía distinto. El mármol no era tan frío. Las paredes no pesaban. Incluso el silencio era menos rígido. Había algo nuevo en el aire. Vida. Y justo cuando cruzaron el umbral del gran salón, donde todos comenzaban a reunirse con maletas, recuerdos y café, la tía Ingrid —la misma que siempre hablaba en voz medida y miraba a todos como desde un trono invisible—, los vio entrar. Maroon caminaba ligeramente despeinada aún, con un brillo en los ojos que solo ella podía llevar con tanta dignidad. Armin sonreía como quien acababa de firmar un tratado d

