La puerta del garaje se cerró detrás del Lamborghini mientras el eco del motor aún vibraba en las paredes. Ambos bajaron del auto sin decir palabra, aún agitados, con los latidos acelerados por la persecución, la pelea, y por algo más primitivo que iba creciendo con cada segundo: la adrenalina convertida en deseo crudo. Maroon se recargó contra la pared mientras Armin se acercaba, y sin pedir permiso, la besó con una intensidad que quemaba. Sus labios eran fuego, sus manos, hambre. Ella enredó los dedos en su cabello, jalándolo hacia ella con fuerza. —Maldita sea, no puedes besarme así sin consecuencias —susurró ella entre jadeos. —¿Quién está besando a quién? —gruñó él, mordiéndole suavemente el cuello. Llegaron al elevador privado, jadeando y riendo como si acabaran de escapar de u

